POR RICARDO ANTUNES
En estos tiempos de trabajo digital, algoritmos, Inteligencia Artificial (IA) y semejantes, está surgiendo un nuevo espectro que se cierne sobre el mundo laboral. Este es el espectro de la uberización.
Advenimiento de una nueva aberración
El mundo del trabajo vive su fase más aguda desde la génesis del capitalismo. Estamos sumidos en una profunda “crisis estructural”, que se puede resumir de la siguiente manera. El sistema del capital ya no puede acumular sin destruir. Con las fronteras terrestres ya bajo su control, hemos entrado en la era de la acumulación del espacio ultraterrestre.
Una situación que surgió a partir de 1973, cuando el trípode destructivo –financiarización, neoliberalismo y reestructuración del capital– impulsó a las tecnologías de informatización a invadir el mundo de la producción en la industria y, más tarde, en los servicios que fueron privatizados y convertidos en excepcionales laboratorios de expansión del capital, impulsado por algoritmos, inteligencia artificial, Big Data, etc.
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En el mundo del trabajo, la explosión global del desempleo, más intensa se da en el Sur Global. El molino satánico, acuñado por Karl Polanyi, alcanzó a la era cibernética.
En el mundo del trabajo asistimos a la explosión mundial del desempleo, cada vez más exacerbada en el Sur Global, que empeoró en 2008/9 y se intensificó con el inesperado estallido de la pandemia.
Esta realidad, además de elevar el desempleo, llevó a las grandes corporaciones a tener un nuevo leitmotiv. Con el toyotismo japonés conocemos la expansión ilimitada de la subcontratación, que nos llevó al trabajo intermitente, legalizado en Brasil con la contrarreforma laboral de Michel Temer en 2017, poco después del golpe que depuso a Dilma Rousseff.
Y así llegamos al trabajo uberizado, aquel que se expande con las grandes plataformas digitales, articulando, con indiscreto encanto, invenciones digitales y algorítmicas con la fuerza laboral desempleada y ávida de cualquier trabajo. Brasil, con una tasa de informalidad de entre el 30 y el 40 %, fue un terreno fértil para este esfuerzo.
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Pero todavía era urgente encontrar un nombre para dar vida a la nueva estafa, con el fin de eludir la legislación laboral. El reconocimiento del estatus asalariado, en sí mismo, requeriría el cumplimiento de una legislación laboral que, vale recordar, fue resultado de luchas históricas de la clase trabajadora. En Brasil, la primera huelga fue la de los “gainadores”, trabajadores negros que, en 1857 en Salvador, detuvieron la carga de mercancías y personas y exigieron la extinción de las opresiones que caracterizaban la esclavitud. O la Huelga General de 1917, en São Paulo, que paralizó a varias categorías de trabajadores, en la lucha por derechos laborales básicos.
Pues bien, en pleno siglo XXI, en la era de la explosión de las tecnologías digitales que podían reducir significativamente la jornada laboral, las empresas forjaron “nuevos” tipos de trabajo, con una condición incuestionable: la negativa total a cumplir la legislación laboral. Presentándose como “empresas de servicios y tecnología”, con el estricto objetivo de borrar la condición real del empleo asalariado, el trabajo uberizado despegó. Así las grandes plataformas digitales “redefinieron” la condición del salario, milagrosamente convertido en emprendimiento.
Ha surgido una aparente paradoja: en la era de los algoritmos, la inteligencia artificial, el ChatGPT, el Big Data, etc., el capitalismo del siglo XXI ha ido recuperando formas pasadas de explotación, expropiación y expoliación del trabajo que estuvieron vigentes en los siglos XVIII y XIX. El crowdsourcing, por ejemplo, tan popular hoy en día, es la variante digital y algorítmica del antiguo outsourcing, vigente durante parte de la Revolución Industrial, donde hombres, mujeres y niños trabajaban en sus casas o en espacios fuera de las fábricas, desprovistos de cualquier legislación laboral. Actualmente nos enfrentamos a un nuevo espectro que rodea al mundo del trabajo: la epidemia de uberización.

Pero la magnitud del problema no se detuvo ahí. Otro movimiento hizo que el trabajo fuera aún más vulnerable: la llegada de la Industria 4.0, que se creó para mejorar la automatización, la digitalización, el Internet de las cosas y la Inteligencia Artificial. Su principal objetivo: reducir el trabajo humano, introduciendo más máquinas digitales, robots, ChatGPT, etc., que comenzaron a extenderse por nuevas cadenas productivas de valor añadido.
Lo que estamos viendo hoy, con la Inteligencia Artificial calibrada por el capital financiero, ya está presentando resultados catastróficos para la clase trabajadora. Si sabemos que la tecnología floreció junto con el primer microcosmos familiar, es imperativo reconocer que la tecnología actual está siendo moldeada principalmente por el sistema de capital, que sólo piensa en eso: su valorización. El resto son puras tonterías. ¿O alguien conoce alguna gran corporación global que haya ampliado la Inteligencia Artificial, reducido significativamente las horas de trabajo e incluso aumentado sustancialmente los salarios de los trabajadores?
Por tanto, los dos extremos de un mismo proceso destructivo están unidos en reacción al trabajo: al mismo tiempo que la Industria 4.0 elimina un sinfín de actividades laborales, las grandes plataformas digitales incorporan este excedente de mano de obra en condiciones que remiten a la protoforma del capitalismo.



