febrero 12, 2026 1:30 am
La urgencia de un pacto social planetario

La urgencia de un pacto social planetario

POR LEONARDO BOFF

Hay demasiada inconsciencia y un profundo negacionismo en el mundo, tan grave que podría costarnos la vida en este planeta. Lo cierto es que nos encontramos en una nueva fase para la Tierra y para la humanidad: la fase del surgimiento de la Casa Común. La Covid-19 nos enseñó una lección que aún no hemos aprendido: no respetó los límites ni la soberanía de las naciones. Demostró que solo hay una Casa Común y que puede verse completamente afectada. Pero no hemos aprendido ninguna lección de este hecho.

El gran teórico político italiano Antonio Gramsci lo expresó bien: la historia nos da lecciones, pero casi no tiene discípulos. Muy pocos asistieron a esta escuela, y los más negligentes fueron y son los poderosos de este mundo, pensando más en sus economías que en salvar la vida humana y la naturaleza.

Venimos de una época ya pasada y obsoleta: la del Tratado de Westfalia de 1648, que creó la soberanía de los Estados. Desde entonces, la Tierra y la humanidad han cambiado profundamente. Pueblos dispersos por los continentes regresan de su antiguo exilio y crean una Casa Común, en la que todos encajan (con sus mundos culturales particulares).

Gran parte de la tensión y las guerras actuales se desarrollan en este marco obsoleto de soberanía nacional. No hemos despertado a la nueva era, de la unificación del mundo y de la especie humana con la naturaleza, ni siquiera para salvarnos.

Es urgente que hagamos un pacto social global, como hicimos el pacto social de nuestras sociedades y el de Westfalia: un pacto cuyo propósito es salvaguardar la vida y la biosfera, extremadamente amenazadas por una razón enloquecida, que ha creado los instrumentos de su propia autodestrucción. Un centro plural y democrático que represente a los pueblos de la Tierra es imperativo para gestionar los problemas planetarios y naturales y encontrar, democráticamente, una solución para nosotros y para la naturaleza.

La Tierra y la humanidad forman parte de un vasto universo en evolución y comparten un destino común. La Tierra y la humanidad forman una entidad única, compleja y sagrada, lo cual se hace evidente al observarla desde el espacio exterior, como lo presencian los astronautas.

Además, la Tierra está viva y se comporta como un sistema único y autorregulado, formado por componentes físicos, químicos, biológicos y humanos que la hacen apta para la producción y reproducción de la vida, y por ello es nuestra Gran Madre y nuestro Hogar Común.

La ciencia nos ha demostrado que la Madre Tierra está compuesta por un conjunto de ecosistemas que han generado una magnífica multiplicidad de formas de vida, todas interdependientes y complementarias, conformando la gran comunidad de la vida.

Existe un vínculo de parentesco entre todos los seres vivos porque todos portan el mismo código genético básico que sustenta la compleja unidad de la vida en sus múltiples formas. Por lo tanto, existe una verdadera hermandad entre todos los seres, especialmente entre los humanos, algo bellamente descrito por el papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti (2025), considerando a todos, naturaleza y seres humanos, como hermanos y hermanas.

La humanidad en su conjunto forma parte de la comunidad de la vida y del momento de consciencia e inteligencia de la propia Tierra, convirtiéndonos, a través de los seres humanos, hombres y mujeres, en la Tierra misma que habla, piensa, siente, ama, cuida y venera.

Sin embargo, es importante señalar que el contrato social actual ha asumido un papel inflado y excluyente. Fue este contrato el que fomentó el antropocentrismo, denunciado por la encíclica Laudato sí del papa Francisco. Estableció estrategias de apropiación y dominación de la naturaleza y la Madre Tierra, creando inmensa riqueza para unos pocos y una pobreza humillante para la mayoría.

El modo de producción vigente en los últimos siglos, actualmente globalizado, ha dividido a la humanidad entre quienes tienen y comen y quienes no tienen y no comen. En otras palabras, no ha respondido a las demandas vitales de los pueblos, dividiendo a la humanidad en dos. Esta es una razón más para establecer un contrato social planetario que abarque a todos, permitiéndoles una vida digna y rica en potencialidades creativas.

La conciencia de la gravedad de la situación crítica de la Tierra y la humanidad hace imprescindible transformar mentalidades (cuidando la Tierra como Gaia) y corazones (estableciendo un vínculo afectuoso y cordial con todos los seres) y forjar una coalición de fuerzas en torno a valores comunes y principios inspiradores que sirvan de fundamento ético y estímulo para prácticas que busquen un modo de vida sostenible.

La Carta de la Tierra, coordinada por Mijaíl Gorbachov y un grupo de unas 20 personas de diversos orígenes (tuve el honor de participar), dedicó años a consultar a todos los estratos sociales para identificar dichos principios y valores. El resultado fue un documento de gran belleza y profundidad que puede consultarse en internet.

Adoptada por la UNESCO en 2003, propone, además de otros fines educativos, crear las bases de un contrato social planetario. Hoy se difunde y estudia en innumerables países, creando un nuevo espíritu hacia la Tierra y la vida. Llegará el día en que pueda ser la base de lo que buscamos con urgencia: un contrato social planetario que garantice a todos una buena vida y coexistencia dentro de la Casa Común.

@LeonardoBoff

 

 

 

 

 

 

 

 

Scroll al inicio