EDITORIAL TSC /
A lo largo de la historia republicana de Colombia, la relación con Estados Unidos ha estado marcada por una serie de episodios que reflejan una postura de sumisión y obsecuencia de la tradicional clase dominante frente a los intereses de la potencia del norte. Ha sido histórica la vergonzosa obsecuencia de los gobiernos del caduco bipartidismo de derecha frente a Washington, desde la famosa política del “respice polum” (mirar hacia el norte) de Marco Fidel Suárez, pasando por gestos indignos de las más altas autoridades, hasta episodios recientes que siguen alimentando el debate sobre la autonomía y el orgullo nacional como la indignante misiva que excancilleres de talante retardatario enviaron al secretario de Estado, Marco Rubio.
El “respice polum”: génesis de la diplomacia subordinada
El término “respeice polum” —una deformación del latín utilizada por Marco Fidel Suárez, presidente entre 1918 y 1921— resume en clave simbólica la actitud reverencial de la venal élite gobernante colombiana hacia la gran potencia del hemisferio. Bajo su mandato, Colombia orientó su política exterior hacia la complacencia con Estados Unidos, buscando en su aprobación una suerte de garantía para la estabilidad interna. Este gesto, más allá de la anécdota lingüística, expresó una voluntad política de alineamiento, que se tradujo en la aceptación silenciosa de imposiciones y en la internalización de un papel secundario en el escenario internacional.

La segunda mitad del siglo XX estuvo marcada por una profundización de la dependencia, visible tanto en el plano económico como en el político. La clase dominante colombiana, formada en gran parte en valores e intereses alineados con Occidente, encontró en el respaldo estadounidense un medio para perpetuar su hegemonía interna. El influjo de la doctrina de la Seguridad Nacional y el “enemigo interno”, el apoyo material y logístico en la lucha “anticomunista” y, posteriormente, en la llamada “guerra contra las drogas”, reforzaron la lógica de subordinación. Los tratados comerciales, el injerencista Plan Colombia, la entrega de siete bases militares en territorio colombiano y las ayudas condicionadas terminaron por consolidar una arquitectura de dependencia, en la que la voz propia quedaba relegada ante la lógica de los intereses ajenos.
Gestos y episodios recientes: la continuidad del vasallaje
La sumisión no se limita al pasado distante. En décadas recientes, nuevos episodios han dado continuidad a esta tradición. La frase “hablar bajito”, expresada por la excanciller María Emma Mejía, sintetiza la actitud temerosa de las élites a la hora de confrontar —o siquiera dialogar de igual a igual— con representantes de Estados Unidos. Esta expresión, pronunciada en un contexto diplomático, revela el temor a incomodar al interlocutor poderoso y la preferencia por la prudencia excesiva antes que por la defensa digna de los intereses nacionales.

Un episodio particularmente ilustrativo es la carta enviada por la exvicepresidenta Marta Lucía Ramírez al senador Marco Rubio, una misiva que ha sido interpretada por muchos sectores como un acto de sumisión institucional, pues en ella se solicita apoyo o comprensión ante disputas o cuestionamientos internos de la política colombiana. Este tipo de gestos, donde las más altas autoridades buscan la validación de agentes externos, perpetúan la imagen de una dirigencia incapaz de afirmar autonomía en el plano internacional.
Consecuencias y resistencias
Esta actitud de subordinación ha tenido un impacto profundo en la manera en que las políticas públicas se diseñan e implementan en Colombia. Muchos de los grandes temas —desde la seguridad y la lucha antidrogas hasta las reformas económicas— han estado condicionados por la narrativa, los intereses y la presión de Estados Unidos. Se ha generado así una cultura política donde la mirada hacia el norte se convierte en brújula y parámetro de legitimidad.

Sin embargo, también existen resistencias. Diversos sectores de la sociedad colombiana, comenzando por el Gobierno del presidente Gustavo Petro han cuestionado abiertamente esta tradición, señalando la necesidad de una política exterior soberana, plural y digna. El debate público reciente, alimentado por voces críticas, reclama una ruptura con el legado de sumisión y la construcción de una diplomacia basada en el respeto recíproco y la defensa firme de los intereses nacionales.
Ante la tensión entre Washington y Bogotá, el presidente Petro de manera digna ha señalado que ni se arrodilla ni se deja presionar ante las pretensiones de un Gobierno atrabiliario y antidemocrático como el que preside el estrafalario magnate Donald Trump.
La crítica a la clase dominante tradicional colombiana por su actitud ante Estados Unidos no es mera retórica: es el diagnóstico de una de las mayores deudas de la historia política nacional. El tránsito del “respeice polum” al “hablar bajito”, pasando por gestos indignos como la carta de la exvicepresidenta Ramírez, demuestra que la subordinación sigue siendo una constante preocupante. Superarla exige valentía intelectual y política para redefinir el lugar de Colombia en el mundo, apostando por relaciones internacionales dignas y equitativas que permitan, finalmente, hablar con voz propia.



