febrero 12, 2026 6:06 am
Hacia un modelo de justicia territorial: en menos de 6 meses, el Estado ha restituido más de 1.030 hectáreas a pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta

Hacia un modelo de justicia territorial: en menos de 6 meses, el Estado ha restituido más de 1.030 hectáreas a pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta

El Gobierno Nacional entregó al pueblo Arhuaco 227 hectáreas en el corregimiento de Guachaca, Santa Marta, como parte de un proceso de restitución de tierras ancestrales. El predio, ahora forma parte del resguardo indígena Katanzama.

POR RICARDO VILLA SÁNCHEZ /

La entrega del predio Katanzama al pueblo arhuaco, en la franja costera de Buritaca, representa una de las acciones más significativas del presente ciclo político. No es solo una restitución de tierras. Es un paso concreto hacia la transformación territorial de la Sierra Nevada de Sant Marta, desde la Reforma Rural Integral, el fortalecimiento del gobierno propio indígena y la paz con la naturaleza.

Este acto se inscribe en un contexto de alta complejidad: una zona de confluencia entre comunidades indígenas, campesinos, colonos y poblaciones afrodescendientes, donde persisten conflictos por la tierra, amenazas a la vida, presiones externas sobre el territorio y un profundo desequilibrio en el acceso a derechos.

Frente a ello, la respuesta no puede ser la fragmentación ni el silenciamiento. Se requiere un diálogo social real, vinculante y continuo, que incluya a todos los actores presentes. La garantía de una vida digna y segura en esta región depende del equilibrio entre derechos colectivos, justicia histórica y acuerdos construidos desde el territorio, no desde arriba.

Pueblo Arhuaco recibió oficialmente el predio “Los Acantilados” y recupera su salida ancestral al mar.

La entrega de Katanzama debe entenderse como parte de un proceso mayor: la reorganización del país a partir de sus raíces territoriales. En la Sierra, esto implica reconocer que el agua es principio de orden, que la Línea Negra no es un trazo simbólico sino una arquitectura espiritual, y que el derecho al territorio es inseparable del derecho a la vida.

En menos de seis meses, el Estado ha restituido más de 1.030 hectáreas a los pueblos indígenas de la Sierra: 219 en Katanzama, 811 en Aracataca. Más que cifras, estos hechos evidencian un tránsito hacia un modelo de justicia territorial donde la propiedad se resignifica como vínculo espiritual, deber de protección y base de soberanía cultural.

Katanzama no es una finca recuperada: es un tejido vivo. Su entrega permite restaurar la continuidad entre la montaña y el mar, recuperar sitios sagrados e iniciar proyectos con sentido colectivo. Allí se construirá una Escuela de Gobierno Propio, Justicia Ancestral y Diplomacia del Agua, orientada a formar líderes, sabedores y defensores del territorio.

También se proyecta en ese lugar la sede universitaria indígena, impulsada por el Cabildo Arhuaco y la Universidad del Magdalena. Este espacio de formación superior busca articular conocimiento ancestral con educación intercultural, fortaleciendo la identidad y el arraigo de las nuevas generaciones en diálogo con el país y el continente.

La Reforma Rural Integral, en territorios como este, no puede limitarse al reparto de tierras ni a lógicas productivistas. Exige reconocer que el territorio es sagrado, que su gestión no se rige por linderos sino por sistemas de reciprocidad, y que la vida no puede separarse de su entorno natural.

La Línea Negra, reconocida jurídicamente desde 2018, recobra aquí centralidad. Es un sistema de equilibrio espiritual y ecológico, que conecta 348 puntos entre la Sierra, el mar y los corredores migratorios. La defensa de esa línea implica proteger la vida en todas sus formas: humana, espiritual, natural.

No se trata solo de cumplir con fallos judiciales o mandatos normativos. Se trata de construir una ética pública desde la diversidad, donde la justicia se exprese en equilibrio y la paz territorial incluya la voz de quienes han cuidado la Sierra por siglos.

En este proceso, la Agencia Nacional de Tierras y la Sociedad de Activos Especiales (SAE) han facilitado la restitución jurídica y física del predio. Pero la clave no es la entrega formal, sino la posibilidad de que estos espacios se conviertan en nodos vivos de formación, justicia y reconciliación.

Desde Katanzama, se afirma que es posible ordenar el país desde el agua, el cuidado y la palabra. La “Paz Total” se construye cuando se protege la vida en todas sus dimensiones, cuando el diálogo sustituye la imposición, y cuando la historia no se repite, sino que se repara.

La conmemoración de los 500 años de Santa Marta no puede celebrarse desde una visión colonial ni ornamental. Debe resignificarse como oportunidad para consolidar un nuevo pacto territorial, interétnico y espiritual. Katanzama ofrece un camino: no como símbolo, sino como experiencia concreta de país posible.

En este rincón entre el mar y la montaña, la Sierra habla.

Y Colombia, si quiere escuchar, debe caminar con ella.

@rvillasanchez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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