POR RICARDO VILLA SÁNCHEZ /
“El amor es la certeza de la vida,
es la sensación de la inmortalidad”.
– Jaime Bateman Cayón
Santa Marta es más que una ciudad. Es rabia contenida, poesía ancestral, canto colectivo. Es nostalgia en la piel y soledad en la memoria. Es Caribe en su forma profunda: un territorio de mezcla, de duelo, de promesa y de futuro. Santa Marta no se lleva en la maleta, sino en la sangre. La llevan los que se fueron por necesidad, los que crecieron mirando el mar como horizonte y la Sierra Nevada como refugio. La llevan incluso sin querer, como se lleva una herida o un himno no terminado.
A los 500 años de su fundación, Santa Marta no se entiende en mapas coloniales ni en calendarios oficiales. Se entiende en el fogón de leña, en el acento cantado, en los barrios sin agua, en los silencios de los cerros y los manglares. Se entiende en los que no fueron invitados a la historia: los pueblos indígenas, los afrodescendientes, los migrantes, los pescadores, las mujeres barriales, los jóvenes excluidos. Santa Marta es también lo que fue borrado de sus postales.
La Sierra Nevada —el corazón espiritual del mundo— y la Catedral que guarda el corazón de Bolívar —símbolo de su muerte solitaria y su sueño inconcluso— recuerdan que esta ciudad no fue solo cuna de la conquista: fue también puerto de resistencia. Aquí nació el colonialismo, sí, pero también puede comenzar su superación. No desde la nostalgia, sino desde la dignidad.

Santa Marta no puede seguir creciendo de espaldas al mar. Debe integrarse al Caribe con sentido de soberanía cultural, justicia social y productividad con equidad. El Gran Caribe insular y continental, no es periferia: es puente, plataforma, promesa. Y los sonidos que emergen lo anuncian: Carlos Vives con su memoria cantada, Li Saumet con su grito de selva y tambor, las décimas de los cantadores, las cumbias de los barrios, los beats de la juventud samaria que, aunque silenciada, sigue pariendo belleza en medio del abandono. Y la Sierra Nevada canta que no quiere más violencia, más sangre, sino que quiere la paz.
No basta con conmemorar. Hay que transformar. La historia no se honra con fuegos artificiales, sino con agua potable en los barrios. Con educación pública de calidad. Con salud que no dependa del bolsillo. Con trenes que unan pueblos. Con culturas vivas, protegidas, dignificadas.
El presidente Gustavo Petro lo dijo con claridad: “La historia de Colombia ha cambiado”. Y en esta ciudad que vio morir al Libertador, también puede comenzar el cumplimiento de su sueño: el de una gran Colombia, una Patria Grande libre, mestiza, fraterna, solidaria, igualitaria, humana. Ya no se trata de repetir la historia, sino de reescribirla. De cruzar la página del colonialismo sin arrancarla. De contarla desde las voces que fueron calladas.

Santa Marta tiene el corazón de Bolívar y el alma del pueblo. Tiene el agua, la montaña y el puerto. Tiene la posibilidad de ser otra ciudad: Una donde la vocación productiva no excluya al pescador ni al campesino. Una donde el turismo no privatice las playas ni folclorice las culturas. Una donde la inversión no signifique despojo, sino redistribución. Una donde el centro no se gentrifique y los cerros no se olviden. Una donde los pactos interétnicos sean ley viva. Una ciudad con justicia ecológica, memoria histórica, reconciliación profunda y democracia desde abajo.
Tal vez Santa Marta, como el hijo pródigo, ha vagado entre el olvido y el despojo. Pero ha llegado el momento de volver. De volver a sí misma. A su pueblo. A su promesa. De volver —sobre todo— al amor: a la capacidad de amarnos unos a otros y amar a la ciudad.

Acá enterraron nuestra placenta, como dicen los hermanos mayores, y reposan nuestros muertos. Acá es donde debemos cumplir una misión en esta vida.
Porque el corazón del mundo aún late. Y la promesa —esta vez— será cumplida.



