febrero 12, 2026 1:29 am
El Apocalipsis que nunca llegó: entre la falsa retórica del desastre y los tozudos hechos económicos

El Apocalipsis que nunca llegó: entre la falsa retórica del desastre y los tozudos hechos económicos

EDITORIAL TSC /

La llegada de Gustavo Petro a la Presidencia de la República fue, para ciertos sectores de la ultraderecha colombiana, motivo de alarma y profecías de desastre. Abundaron las voces apocalípticas que, con vehemencia, auguraban el colapso de la economía, la ruina institucional y la conversión de Colombia en una réplica de la crisis venezolana en la reciente época en que Washington ahogaba a la nación vecina con todo tipo de sanciones. Sin embargo, tras un análisis serio y reposado de la realidad económica y política de Colombia durante los tres años del Gobierno del Cambio, se puede afirmar que tales advertencias se han desvanecido ante los hechos. El país no solo no ha colapsado, sino que en muchos indicadores se ha mostrado resiliente y dinámico.

Desde antes de la elección presidencial de Petro, la ultraderecha colombiana desplegó una intensa campaña mediática y discursiva. Políticos, empresarios y comentaristas de línea conservadora advertían que el triunfo del líder de izquierda sería sinónimo de expropiación, inseguridad jurídica y fuga de capitales. Se presentaba a Petro como una amenaza existencial para el modelo económico colombiano, alimentando el temor entre inversionistas y sectores medios con la imagen de una Colombia abocada al desastre venezolano.

Esta narrativa no surgió aisladamente: corresponde a una lógica global de las derechas radicales, que instrumentalizan el miedo para defender privilegios y bloquear cualquier proyecto político alternativo. En el caso colombiano, la retórica apocalíptica fue amplificada a través de una matriz manipulada por medios de comunicación corporativos, cuya agenda coincide con los intereses de los grandes grupos empresariales.

La profecía incumplida

Con el paso de los meses, la realidad ha desmontado buena parte de los infundios y argumentos apocalípticos del conservadurismo y de la oligarquía colombiana. La economía colombiana, lejos de precipitarse al abismo, ha mostrado signos de crecimiento y estabilidad. El PIB registra un promedio anual de crecimiento del 2.5 %, cifra destacable en el contexto latinoamericano actual y superior a la de varios países vecinos.

Las exportaciones han aumentado, reflejando una diversificación y dinamismo en sectores como la agricultura, la industria y los servicios. El peso colombiano, contrario a los augurios de devaluación extrema, ha mantenido una tendencia de revaluación frente al dólar, lo que evidencia confianza en los mercados internacionales y estabilidad macroeconómica. El turismo y la agricultura han mostrado un crecimiento destacado, consolidándose como motores de generación de empleo y riqueza. Lejos de la parálisis anunciada, Colombia exhibe vitalidad en sus principales renglones productivos y agroindustriales.

Más allá de los indicadores macroeconómicos, los balances de las grandes empresas —Grupo Aval, Nutresa, Argos, Sura, entre otras— muestran ganancias históricas. Los llamados «grandes cacaos» no solo no han sido víctimas de expropiaciones, sino que han fortalecido sus posiciones en el mercado y han reportado utilidades récord. Esto pone en evidencia la distancia entre el discurso alarmista, de mal fe y demagógico y la realidad de los grandes capitales nacionales, los cuales, a pesar de sus constantes quejas públicas, continúan expandiendo sus negocios.

El mito del éxodo empresarial y de la fuga de capitales se revela infundado: quienes más han criticado la gestión gubernamental, en la práctica, han seguido cosechando los frutos del desarrollo económico. Ello sugiere que la oposición de las élites empresariales responde a intereses políticos y no a una evaluación genuina de la situación nacional.

La ANDI: de gremio económico a plataforma política

En este contexto, la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI) ha asumido un papel protagónico como vocero de la oposición empresarial. Su presidente, Bruce Mac Master, ha convertido la tribuna gremial en un escenario de confrontación política, defendiendo los intereses particulares de las élites y deslegitimando sistemáticamente la gestión del Gobierno del Cambio. En la Asamblea empresarial reciente, la retórica de Mac Master volvió a ser de resistencia frente a Petro y de defensa de lo que denomina “los intereses del país”, aunque de fondo se trata de los privilegios de los sectores más poderosos.

La narrativa gremial, lejos de promover el diálogo, ha derivado en posiciones conspirativas y en la obstaculización de reformas orientadas a la equidad y al fortalecimiento de derechos sociales. El gremio ha dejado de representar el conjunto de los empresarios colombianos para erigirse como plataforma de presión política, alineada con los postulados de la ultraderecha.

Bruce Mac Master, presidente de la ANDI, gremio empresarial defensor de las políticas neoliberales que ha convertido en plataforma política para tratar de desprestigiar la gestión gubernamental del presidente Gustavo Petro.

El Gobierno del Cambio, encabezado por Petro, ha impulsado reformas en campos como la salud, la educación, la transición energética y la lucha contra la desigualdad. Aunque ha enfrentado resistencias y dificultades, es innegable que el país no ha experimentado el colapso anunciado por sus detractores.

Las políticas sociales apuntan a ampliar la cobertura y el acceso a servicios básicos, y se han hecho esfuerzos por mejorar la transparencia y la lucha contra la corrupción. El reto sigue siendo la consolidación de un Estado más inclusivo y eficiente, pero la gestión gubernamental de ninguna manera puede calificarse de catastrófica ni de improvisada.

La experiencia del primer gobierno progresista en Colombia demuestra que las voces apocalípticas de la ultraderecha colombiana han sido, en gran medida, infundadas y motivadas por intereses particulares. El país no se ha convertido en Venezuela, ni ha colapsado su economía, ni se han producido las expropiaciones o el éxodo empresarial que se prometían como destino inevitable.

En cambio, Colombia sigue creciendo, innovando y mostrando resiliencia. Los sectores productivos mantienen su dinamismo, los grandes empresarios continúan recibiendo ganancias históricas y el Estado, a pesar de sus desafíos, ha preservado la institucionalidad democrática. Esto obliga a repensar el papel de las élites conservadoras y gremiales, que han preferido alimentar el miedo, el odio y la pugnacidad antes que el diálogo y el pacto social.

La retórica del desastre, usada para defender privilegios y bloquear el cambio, ha sido rebasada por la realidad. Colombia no solo no se acabó con el ascenso de Petro: está construyendo nuevos caminos y oportunidades, desmintiendo con hechos las profecías de quienes solo trabajan por sus mezquinos intereses.

En definitiva, la gestión de Gustavo Petro ha demostrado que el país puede avanzar sin sucumbir a las predicciones catastróficas de los poderes fácticos, y que el verdadero desafío está en superar la manipulación política para avanzar hacia una Colombia más justa, incluyente y próspera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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