febrero 12, 2026 1:30 am
Un antídoto contra el fascismo

Un antídoto contra el fascismo

POR LUCIANA CADAHIA

Frente al ascenso de las ultraderechas, el desafío no es ahondar divisiones ni alimentar fantasías de odio, sino encontrar los lazos que nos unen como seres humanos. En esa tarea, el feminismo es esencial: entendido como un impulso universalista, puede convertirse en una fuerza capaz de reconstruir la libertad sobre cimientos de igualdad y fraternidad.

De este lado de la cordillera observamos con cierto espanto cómo, en Argentina, viene en ascenso un poder fascista que creíamos haber enterrado para siempre. A diferencia del siglo pasado, este poder autoritario se viene expandiendo con las banderas de la libertad. No asume el viejo rostro de los fascismos clásicos en los que observábamos a un líder conectado espiritualmente con una masa enardecida de fieles seguidores. Muy por el contrario, viene escudado con las consignas de la libre expresión, la defensa de la propiedad privada, el acceso al consumo y la libertad individual.

Es decir, se sostiene gracias a una serie de valores supuestamente democráticos e inoculados en nuestras sociedades durante los últimos 50 años. ¿Por qué digo supuestamente democráticos? Porque todas estas consignas son el resultado de un experimento imposible llamado democracia de libre mercado. Este experimento social es harto conocido aquí en Chile, uno de los países elegidos por el poder imperial para su implementación más salvaje. Nunca hay que olvidar que el verdadero rostro de la dictadura de Pinochet siempre fue la implementación de un poder neoliberal, es decir: libertad de empresa y libertad de consumo.

¿Por qué hago todas estas asociaciones entre Chile y Argentina, y entre ambos momentos históricos, dictaduras cívico-militares y democracias neoliberales? Porque nuestra lectura del fascismo actual se quedaría trunca si no somos capaces de entenderla dentro de un arco temporal más amplio. Y la verdad que nos arroja este ejercicio de lectura en perspectiva histórica es algo muy elemental: que detrás de todo poder fascista u autoritario hay una clase dominante que lo hace posible.

En el pasado era definido como un poder reaccionario, contrario a las consignas republicanas de la libertad, la fraternidad y la igualdad. Pero en la actualidad, ha sabido colarse entre las consignas revolucionarias y usarlas para sus propios fines.

Cuando las clases dominantes gobiernan en nuestros países solemos hablar de repúblicas oligárquicas, esto es, repúblicas que hacen del derecho y las instituciones instrumentos de exclusión social y dominación política y económica. En América Latina, este poder oligárquico tiene sus propias especificidades, a saber: la acumulación por desposesión. Grandes masas poblacionales son desposeídas de derechos básicos tales como el derecho al territorio, la salud, la educación o la vivienda con el único propósito de garantizar un vínculo exclusivo entre la oligarquía y el capital. La riqueza de los territorios queda en manos de las clases dominantes para usos privatizados (como el caso del agua en Chile) o se las ofrece al poder corporativo internacional (como el caso del litio en Argentina o Bolivia).

El ascenso del nuevo fascismo, por tanto, no expresa ninguna novedad en términos absolutos. Siempre ha sido una estrategia de dominación oligárquica que emerge para frenar experiencias de gobiernos populares o fuerzas revolucionarias. Así sucedió con la Europa occidental de los años 20 del siglo pasado, con el socialismo democrático de Salvador Allende en Chile o con el gobierno peronista en Argentina. Y así está sucediendo ahora mismo en el mundo, tras los estallidos sociales que no dejan de multiplicarse desde que arrancó el siglo XXI. Pero este fascismo sí expresa una novedad en términos coyunturales. Tiene un nuevo enemigo declarado: las feministas. Por eso, cada vez que escuchen a una voz pública elaborar consignas contra el feminismo, solo deben rascar un poquito para ver cómo se conectan las odas al mundo libre con este nuevo fascismo libertario.

Es verdad que las feministas no somos sus únicas enemigas, también lo son los negros, los indígenas, los pobres, los migrantes y todo colectivo que no exprese los valores de las clases dominantes. Pero sí es verdad que la guerra declarada apunta a todas las conquistas sociales e institucionales del feminismo.

Esto puede observarse con las políticas de Donald Trump en Estados Unidos, con la destrucción estatal de Javier Milei en Argentina o de Daniel Noboa en Ecuador (por citar algunos ejemplos de nuestro continente). Y no solo se trata de un ataque institucional, también existe una fijación particular que se expresa como un maltrato público y deliberado. En Argentina, tras el frustrado intento de asesinar a Cristina Fernández de Kirchner, decidieron proscribirla y aislarla en su casa. Se trata de una medida aleccionadora, un castigo público que sirva de ejemplo para el resto de mujeres en América Latina. Junto a ello, decenas de mujeres militantes del peronismo y de la izquierda han sido detenidas, y cientos de feministas son sistemáticamente insultadas en redes y en público por el presidente Milei y demás funcionarios, influencers y trolls de su Gobierno.

El otro día escuchaba decir a Julia Mengolini, una importante periodista del feminismo argentino, algo muy sensato: las ultraderechas atacan a las mujeres porque el feminismo es un antídoto antifascista. Las estadísticas señalan que las mujeres tenemos una tendencia a votar por proyectos progresistas o socialistas. La razón es elemental: con esos proyectos de país somos más libres. Más aún, somos más libres para entender que la libertad de empresa y consumo es una farsa oligárquica que suelta un poquito la cadena a la que ese poder nos tiene amarradas. Con esta reflexión no busco ampliar la brecha que nos divide entre hombres y mujeres. Considero que esta división es una trampa del propio modelo oligárquico que solo puede dominar dividiéndonos.

El verdadero secreto de la emancipación consiste en encontrar los lazos de fraternidad que nos unen como humanos. Si el universo simbólico de la oligarquía es un mundo disgregado bajo la naturalización de la desigualdad, el universo simbólico de la fraternidad, en cambio, debe ser uno que nos haga sentir iguales.

La verdadera libertad no es aquella que alienta las peores fantasías del odio y la destrucción, sino aquella que nos permita construir una reciprocidad en la libertad. Por eso, el feminismo solo​ será un verdadero antídoto contra el fascismo si somos capaces de contagiar este entusiasmo fraterno en la forma de un universalismo popular a toda la sociedad.

Si el fascismo criollo nos quiere sumisas y aisladas, nosotras, por el contrario, debemos estar unidas en las calles, empodera​da​s en las instituciones y con la certeza histórica de que un verdadero proyecto de socialismo democrático es posible en Chile y en nuestra región. ​​

@lucianacadahia

https://palabrapublica.uchile.cl/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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