febrero 11, 2026 11:59 pm
Si la humanidad aspira a un futuro habitable, no puede lograrlo prolongando el pasado ni el presente

Si la humanidad aspira a un futuro habitable, no puede lograrlo prolongando el pasado ni el presente

POR LEONARDO BOFF

Es innegable que nos encontramos en el centro de una grave crisis mundial. Nadie sabe hacia dónde nos dirigimos. Es recomendable consultar a historiadores, quienes generalmente poseen una visión integral y un agudo sentido de las principales tendencias históricas. Cito a uno de mis autores más inspiradores: Eric Hobsbawm, en su conocido estudio ‘La era de los extremos’ (1994). Al final de sus reflexiones, llega a la siguiente conclusión:

“El futuro no puede ser una continuación del pasado … Nuestro mundo está amenazado por la explosión y la implosión… No sabemos adónde vamos. Sin embargo, una cosa es clara: si la humanidad quiere un futuro habitable, no puede lograrlo prolongando el pasado ni el presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre esta base, fracasaremos. Y el precio del fracaso, es decir, la alternativa al cambio social, es la oscuridad” (p. 562).

La oscuridad podría significar el fin de la especie Homo. Max Weber dijo algo similar en su última conferencia pública, en la que (¡por fin!) describió el capitalismo como encerrado en una «jaula de acero» que no puede romper por sí mismo. Por lo tanto, podría conducirnos a una gran catástrofe: «Lo que nos espera no es el florecimiento del otoño, sino una noche polar, gélida, oscura y ardua» (cf. M. Löwy, ‘La jaula de hierro: Max Weber y el marxismo weberiano’, México 2017). Y finalmente, el propio papa Francisco adviertió en la encíclica Fratelli tutti (2020): “Estamos todos en el mismo barco; o nos salvaremos todos o no se salvará nadie” (n.° 32).

En el ámbito ambiental y entre destacados analistas de geopolítica global, existe la convicción generalizada de que el sistema capitalista, que prioriza la búsqueda ilimitada (e injustificada) de ganancias financieras y genera dos injusticias —una social (que provoca pobreza extrema) y otra ecológica (la destrucción de ecosistemas)— no ofrece solución a la crisis actual. A Einstein se le atribuye la frase: «El pensamiento que creó la crisis no puede ser el mismo que nos saque de ella; debemos cambiar».

Dado que las prometedoras visiones del pasado sobre el futuro de la humanidad han fracasado, no pueden mostrarnos nuevos caminos, salvo quizás el ecosocialismo planetario, que nada tiene que ver con el socialismo otrora fallido. O un retorno al modo de vida de los pueblos indígenas, cuyo saber tradicional o el «bien vivir y convivir» de los andinos aún nos asegurarían un futuro en este planeta. Pero me parece que nos hemos enredado tanto en nuestra burbuja sistémica que esta propuesta, por muy atractiva que sea, resulta inviable a nivel global.

Cuando llegamos al final del camino y solo el horizonte se extiende ante nosotros, me parece que lo único que queda es elegir por nosotros mismos y explorar posibilidades inexploradas. Por naturaleza, somos un proyecto sin fin y un entramado de relaciones en todas direcciones. Debemos adentrarnos en nuestro interior y nutrir nuestras raíces con la fuente que siempre brota dentro de nosotros en forma de esperanza inquebrantable, grandes sueños, mitos alcanzables y proyectos innovadores para un camino diferente hacia el futuro.

Cuando tomo la humanidad como punto de referencia estructurador, no pienso en una antropología de antropólogos ni en las ramas del conocimiento sobre la humanidad, siempre en constante expansión. Pienso en la humanidad en su radicalismo insondable, que gira en torno al reino del misterio que, cuanto más nos acercamos a él, se revela cada vez más distante y profundo. Y sigue siendo un misterio en todo el conocimiento.

La humanidad, como misterio, nunca está separada de este proceso del que forma parte, que trasciende una visión puramente individualista de la humanidad. Es importante no olvidar jamás que la humanidad es un ser con relaciones ilimitadas, incluso con el infinito. Enumeremos algunos datos que pertenecen a nuestra naturaleza y sobre los que podemos fundamentar nuevas visiones del futuro.

En primer lugar, es importante comprender a la humanidad como una Tierra inteligente y sensible que, en un momento de su complejidad, comenzó a sentir, pensar, amar, cuidar y venerar. Así, la humanidad, hombres y mujeres, entró en el proceso cosmogénico. No en vano se llama a los humanos Homo o Adán, términos que significan «hecho de tierra» o tierra fértil y cultivable.

En el corazón de la naturaleza humana reside el amor, que, como han demostrado F. Maturana y J. Watson, constituye su base biológica. Watson afirma en su renombrado libro ‘ADN: El secreto de la vida humana’ (2005): «El amor nos impulsa a cuidarnos unos a otros; es el amor lo que ha posibilitado nuestra supervivencia y éxito en este planeta; este impulso, creo, asegurará nuestro futuro; estoy seguro de que el amor está integrado en nuestro ADN» (p. 414). No habrá transformación ni revolución humana que no esté impregnada de amor.

Junto con el amor surge el cuidado, entendido desde hace mucho tiempo como la esencia de la humanidad. Al no tener un órgano específico, es el cuidado de uno mismo, de los demás y de la naturaleza lo que asegura nuestra vida.

Fue la solidaridad y la cooperación al compartir una comida lo que antaño nos permitió dar el salto de lo animal a lo humano. Lo que fue cierto ayer sigue siéndolo y siendo esencial hoy, aunque sea poco frecuente. Como seres relacionales, la solidaridad y la cooperación son el fundamento de toda convivencia.

Además de la inteligencia del cerebro neocortical, existen las emociones del cerebro límbico, que se originó hace millones de años y es la sede del amor, la empatía, la compasión, la ética y todo lo relacionado con la excelencia. Somos seres sensibles. Sin una conexión emocional entre los humanos y la naturaleza, todo se deteriora y se marchita.

En lo más profundo de nuestro ser reside una espiritualidad natural, según afirma la ciencia moderna, reconocida como equivalente a la inteligencia y las emociones. Es más antigua que cualquier religión, pues es la fuente de la que todos bebemos, cada uno a nuestra manera. La espiritualidad es nuestra esencia y se expresa en el amor incondicional, la solidaridad, la transparencia y todo aquello que nos hace más humanos, más capaces de conectar y más abiertos.

La espiritualidad nos permite comprender que existe una energía poderosa y amorosa bajo todos los seres vivos, a la que los cosmólogos llaman el abismo, y que da origen y sustenta todo lo que existe. Los seres humanos pueden abrirse a esta energía profunda, comunicarse con ella y experimentar asombro y admiración ante la majestad del universo.

En realidad, estos valores también conllevan contradicciones inherentes que no pueden suprimirse, pero sí mantenerse dentro de ciertos límites. Al nutrir nuestras raíces en esta fuente primigenia, podemos forjar un futuro diferente, uno en el que el amor, la solidaridad y el bienestar sean el fundamento.

@LeonardoBoff

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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