febrero 12, 2026 1:29 am
El agua entra a la bolsa: la humanidad ingresa a la línea de fuego

El agua entra a la bolsa: la humanidad ingresa a la línea de fuego

POR OMAR ROMERO DÍAZ /

Hace una semana la humanidad ha sido traicionada. El agua sí, el agua, el bien más sagrado, frágil y elemental de la vida ha sido arrojada a la jauría de los mercados financieros. Wall Street ha puesto precio a la sed del mundo y lo ha sellado con un código que pasará a la infamia: “ticker” NQH2O.

A partir de ahora, los derechos de uso del agua cotizan en el Nasdaq como si fueran petróleo o trigo. Y aunque para algunos esto es “modernización”, para quienes defendemos la vida es, sin rodeos, la apertura de una nueva guerra global: la guerra por el agua.

¿Cómo llegamos al absurdo de que un bien de la vida sea tratado como un bien de lujo?

Los especuladores dirán que se trata de “ordenar el recurso”, de “atraer inversión”, de “dar eficiencia”. Mentira.

Lo que están haciendo los epígonos del neoliberalismo (vale decir, los seguidores del “libre mercado”) es abrir un nuevo casino financiero donde los grandes fondos podrán apostar con la sed de millones. El agua se volvió mercancía. Se volvió activo financiero. Se volvió botín.

Hoy cotiza a 513 dólares por acre-pie, más de 1.200 metros cúbicos, como si la lluvia fuera propiedad de Wall Street. Como si los glaciares fueran fondos de cobertura. Como si los ríos fueran mineras de datos.

Del derecho humano al privilegio bursátil

Pero aquí está la verdad que no cabe en sus hojas de cálculo: el agua no es un producto. El agua es un derecho humano. El agua es la vida misma.

Y pretender que este elemento esencial se rija por las dinámicas violentas del mercado la escasez artificial, la burbuja, la competencia y la especulación es un acto de barbarie económica.

Quienes celebran la salida a bolsa del agua dicen que beneficiará a agricultores y municipios. Pero la historia ya nos enseñó lo contrario. En 2008, la especulación elevó en un 50 % el precio del trigo y dejó hambre, inestabilidad y muerte en varios países.

¿Y ahora pretenden convencernos de que con el agua será distinto? ¡No! Con el agua será peor. Mucho peor.

Porque la humanidad puede aguantar el hambre unos días. Pero sin agua, no se aguanta ni la vida misma.

La lógica de la sed convertida en negocio

La salida a bolsa del agua abre la puerta a un escenario aterrador: el control de ríos, cuencas, glaciares y acuíferos en manos de fondos de inversión. Los mismos que compran deuda de países enteros ahora podrán comprar y vender la capacidad de beber.

¿Quién cree que un pueblo campesino podrá competir contra fondos buitres como BlackRock o Vanguard para asegurar su acceso?

¿Quién cree que un municipio pobre podrá enfrentar la puja de los multimillonarios del planeta? ¿Quién cree que la sed del mundo pueda regularse con algoritmos?

Si el petróleo ha generado invasiones, dictaduras y conflictos interminables, ¿qué puede generar el agua, que es infinitamente más necesaria que cualquier combustible?

Ya lo estamos viendo: sequías que arrasan países enteros, ríos que desaparecen, glaciares que se derriten, zonas agrícolas convertidas en desiertos. Todo eso ahora será un nuevo negocio para unos pocos y un sufrimiento descomunal para las mayorías.

Este paso histórico no es un avance. Es una declaración de guerra silenciosa: la guerra entre quienes especulan y quienes necesitan vivir.

El deber de la humanidad: detener esta locura ahora

 

No podemos permitir que la vida se negocie en un piso 27 de Manhattan. No podemos permitir que el agua sea materia de apuestas financieras.

No podemos permitir que el mercado ese dios ciego y violento determine quién bebe, quién produce, quién sobrevive y quién muere.

Hay que decirlo sin miedo: poner el agua en la bolsa es inmoral, insensato, escandaloso e inhumano.

Es necesario levantar un movimiento global que exija: la prohibición de la especulación financiera sobre el agua.

La consagración del agua como bien común y derecho humano fundamental. Una gobernanza pública, comunitaria y ambientalmente responsable. La protección constitucional del agua frente a cualquier privatización o captura corporativa.

Porque aquí no se discute economía. Aquí se discute civilización.

Si permitimos que el agua sea tratada como oro o petróleo, habremos dado el paso final hacia un mundo donde todo se compra, todo se vende y nada vale.

Un mundo donde la vida no es derecho sino mercancía. Un mundo sin humanidad.

El agua no tiene dueño. El agua no tiene precio. El agua no tiene ticker. El agua es de los pueblos. Y los pueblos deben levantarse hoy para defenderla.

Porque está en juego no una política pública, no un modelo económico, no una tendencia bursátil. Está en juego la vida misma.

Y ante eso solo cabe una consigna: ¡el agua no se vende; el agua se defiende!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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