febrero 11, 2026 11:58 pm
Radiografía de la cultura política tradicional marcada por el aprovechamiento del Estado para fines personales y perpetuación de privilegios familiares

Radiografía de la cultura política tradicional marcada por el aprovechamiento del Estado para fines personales y perpetuación de privilegios familiares

La inefable familia Lafaurie Cabal: el cuestionado Juan José con sus padres, la senadora y precandidata uribista María Fernanda Cabal y el presidente de Fedegán, José Félix Lafaurie.

EDITORIAL TSC /

La grave denuncia presentada por el reconocido periodista Daniel Coronell en su columna de la edición de la revista ‘Cambio’ del pasado domingo 14 de diciembre, en la que se expone cómo Juan José Lafaurie Cabal, hijo de la inefable senadora uribista y precandidata presidencial María Fernanda Cabal y del cuestionado presidente de Fedegán, José Félix Lafaurie, simuló ser un pequeño productor agrícola para acceder a subsidios públicos, constituye una radiografía exacta de cómo los sectores de la ultraderecha y la oligarquía en Colombia han utilizado el Estado como botín y como instrumento de saqueo para satisfacer sus mezquinos y criminales intereses personales y familiares.

Según la investigación, Lafaurie Cabal declaró activos por 130 millones de pesos, recibió 400 millones en subsidios y posteriormente obtuvo otros 95 millones, todo ello bajo la figura de recursos públicos destinados a pequeños productores.

El caso ha generado un amplio debate sobre el manejo de los fondos estatales y la ética de quienes ocupan posiciones de poder, convirtiéndose en un tema de relevancia nacional y foco de discusión sobre la transparencia y la legalidad en la administración pública.

La columna de Coronell detalla cómo Lafaurie Cabal, gracias a su evidente vínculo con una familia de alto perfil político y empresarial, logró acceder a subsidios que, por ley y espíritu, están destinados a apoyar a pequeños productores rurales. El mecanismo consistió en la subdeclaración de activos y la presentación de su solicitud como si no contara con recursos ni respaldo familiar. La denuncia apunta a un aprovechamiento de las estructuras estatales, en particular de Finagro, entidad de la cual era parte de la junta directiva su propio padre, lo que plantea serios interrogantes sobre conflicto de interés, transparencia y favoritismo en la asignación de recursos públicos.

Este caso pone en evidencia una práctica recurrente en los sectores políticos tradicionales, especialmente en la derecha colombiana: el uso de estructuras estatales para beneficio personal y familiar. La denuncia fortalece la percepción de que ciertos actores políticos ven al Estado como un botín, no como un instrumento de servicio público.

El hecho de que la familia Lafaurie Cabal, con amplia influencia en el Congreso y en entidades como Finagro, esté involucrada, refuerza la idea de que existe una red de poder capaz de manipular normativas y procedimientos en función de intereses propios. Esto erosiona la confianza ciudadana en las instituciones y aviva el debate sobre la necesidad de reformas profundas para blindar los recursos públicos de la cooptación política.

La acción de Lafaurie Cabal no solo es provocadora por la magnitud de los recursos obtenidos, sino que representa una clara muestra de doble moral: quienes desde la tribuna política exigen transparencia y austeridad, terminan beneficiándose de privilegios y lagunas legales. El abuso de poder aquí se manifiesta en el uso de información privilegiada y la manipulación de los criterios de asignación de subsidios. Éticamente, el caso desnuda el desprecio por el sentido público de los fondos estatales y evidencia una cultura política donde el interés privado prevalece sobre el bien común.

La responsabilidad pública exige que los funcionarios y sus familias sean ejemplo de integridad, y este episodio es un recordatorio de la distancia entre el discurso y la práctica en ciertos sectores políticos.

Desde el punto de vista judicial, la actuación de Juan José Lafaurie Cabal podría constituir varios delitos, entre ellos fraude a subvenciones, falsedad en documento público y abuso de poder. La ley colombiana establece requisitos claros para acceder a subsidios de pequeños productores, y la declaración de activos por debajo de la realidad puede considerarse una falsificación voluntaria para obtener un beneficio indebido.

Además, el posible conflicto de interés por la relación directa con el directivo de Finagro abre la puerta a investigaciones por tráfico de influencias y corrupción administrativa. El caso podría derivar en sanciones penales y administrativas, dependiendo de la actuación de los organismos de control y de la voluntad política para investigar a fondo.

La cuestionada familia Lafaurie Cabal ha sido protagonista en la vida política y empresarial de Colombia, y este episodio ilustra cómo la concentración de poder en ciertos círculos familiares facilita el acceso a recursos y privilegios estatales. La articulación entre el poder legislativo (representado por María Fernanda Cabal) y el ejecutivo/agroempresarial (José Félix Lafaurie en Fedegán, quien hizo parte de la directiva de Finagro) crea un escenario propicio para el tráfico de influencias y la toma de decisiones orientadas al beneficio propio.

Este caso evidencia cómo la estructura familiar puede convertirse en una red de protección y promoción de intereses particulares, en detrimento de los principios republicanos y democráticos que deberían guiar la gestión pública.

Como es apenas natural, la denuncia ha generado una fuerte reacción en redes sociales y medios de comunicación, donde se ha discutido ampliamente el carácter ilegal y provocador de la acción.

Para amplios sectores de la opinión pública, el caso representa un ejemplo paradigmático del abuso de poder y la falta de ética en la clase dirigente de la ultraderecha colombiana, particularmente del uribismo.

El escándalo ha fortalecido las demandas de transparencia y ha puesto en tela de juicio la legitimidad de quienes ocupan cargos públicos. Políticamente, el caso va a tener necesariamente repercusiones en la ya  averiada imagen de la derecha colombiana y en la credibilidad de quienes dirigieron en el inmediato pasado las entidades estatales encargadas de la administración de subsidios. La presión ciudadana y mediática será clave para determinar si este episodio se convierte en un punto de inflexión en la lucha contra la corrupción o si, por el contrario, queda impune como tantos otros.

El caso Lafaurie Cabal es mucho más que una denuncia puntual: es el reflejo de una cultura política marcada por el aprovechamiento del Estado para fines personales y la perpetuación de privilegios familiares. Las implicaciones políticas, éticas y judiciales de este episodio ponen de relieve la urgencia de fortalecer los mecanismos de control, transparencia y rendición de cuentas en Colombia. Solo así será posible recuperar la confianza en las instituciones y avanzar hacia una democracia donde el interés público prevalezca sobre el particular. La denuncia de Coronell no solo expone una ilegalidad, sino que invita a una profunda reflexión sobre el sentido de la función pública y el papel de la ética en la vida política nacional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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