POR CLARA LÓPEZ OBREGÓN /
El problema de fondo no es solo normativo —el abierto desconocimiento de los principios de soberanía y no injerencia del derecho internacional—, sino también analítico y estratégico.
Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump, al advertir que Colombia podría ser “el siguiente” país bajo presión de Estados Unidos, no son una simple provocación retórica. Encuentran sustento doctrinal en la National Security Strategy publicada por la Casa Blanca en noviembre de 2025, un documento que formaliza un giro estratégico profundo en la política exterior estadounidense y que merece ser analizado con rigor.
En ese texto, la administración Trump afirma explícitamente que Estados Unidos va a “afirmar y hacer cumplir un ‘Corolario Trump’ a la Doctrina Monroe”, con el objetivo de restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental, impedir la presencia de competidores extra hemisféricos y condicionar las relaciones políticas, económicas y de seguridad de América Latina a los intereses estratégicos de Washington (National Security Strategy, cap. II y IV). No se trata, por tanto, de un exabrupto aislado, sino de una doctrina declarada. Esta formulación revive una lógica de hegemonía regional propia del siglo XIX, ahora actualizada bajo el prisma de la competencia global con China y otros actores emergentes.

El problema de fondo no es solo normativo —el abierto desconocimiento de los principios de soberanía y no injerencia del derecho internacional—, sino también analítico y estratégico. La Estrategia de Seguridad Nacional parte del supuesto de que es posible reconstruir una hegemonía hemisférica arbitraria, pese a que el propio documento reconoce un mundo marcado por la competencia entre grandes potencias, la fragmentación de cadenas globales y la emergencia de un orden crecientemente multipolar. Esta contradicción interna debilita la viabilidad de la doctrina que propone.
La América Latina de hoy no es la de la Guerra Fría. La diversificación de relaciones económicas, la presencia creciente de China en infraestructura, comercio y financiamiento, y la autonomía política de muchos Estados hacen inviable un retorno pleno a esquemas de tutela hemisférica. Pretender disciplinar políticamente a los países de la región mediante amenazas o presiones abiertas no solo erosiona la legitimidad de Estados Unidos, sino que acelera la búsqueda de alternativas estratégicas por parte de esos mismos países.
En el caso colombiano, estas advertencias adquieren una gravedad adicional por producirse en un contexto preelectoral. La National Security Strategy afirma que Estados Unidos utilizará palancas económicas, diplomáticas y de seguridad para alinear a los países del hemisferio con sus prioridades estratégicas. Cuando ese enfoque se traduce en mensajes públicos de advertencia, el riesgo de injerencia en los debates democráticos internos deja de ser una abstracción académica y se convierte en una preocupación política concreta.

Conviene subrayar que este análisis no es una defensa referida solamente al Gobierno del presidente Petro que ha polemizado públicamente con el presidente Trump. Es, ante todo, una defensa del principio de que la cooperación internacional no puede confundirse con subordinación, y de que los desafíos compartidos —narcotráfico, migración, economías ilegales— requieren enfoques corresponsables y multilaterales, no doctrinas unilaterales de imposición.
Paradójicamente, la propia Estrategia de Seguridad Nacional reconoce que Estados Unidos rechaza la “dominación global” como objetivo viable, pero al mismo tiempo insiste en una dominación regional explícita. Esa tensión revela los límites de una visión que intenta restaurar una hegemonía que la globalización económica y el avance político del Sur Global han vuelto, en gran medida, impracticable.

Colombia y América Latina no necesitan tutelajes renovados, sino relaciones maduras entre Estados soberanos, basadas en el respeto, la cooperación y el reconocimiento de un mundo que ya no gira en torno a un solo centro de poder. Persistir en la lógica del “Corolario Trump” no fortalecerá la seguridad hemisférica; por el contrario, puede propiciar y acelerar su quebrantamiento.
En un mundo crecientemente multipolar, la verdadera fortaleza no reside en la amenaza, sino en la capacidad de construir consensos. Esa es la lección que la historia —y la propia realidad internacional contemporánea— vuelve a recordarnos.



