febrero 12, 2026 3:01 am
El grave escándalo de trata y violencia de género que hunde al cantante español Julio Iglesias

El grave escándalo de trata y violencia de género que hunde al cantante español Julio Iglesias

DIARIO RED /

¿De verdad alguien se sorprende de las informaciones publicadas el pasado martes 13 de enero por eldiario.es sobre Julio Iglesias? Habría que ser muy cínico, -o muy joven- para mostrar perplejidad y consternación ante los testimonios de violencia sexual que hoy se han conocido.

Las exempleadas de Julio Iglesias, mujeres jóvenes y migrantes, obligadas a vivir y trabajar bajo el mismo techo que el todopoderoso súper billonario en sus mansiones tropicales de Punta Cana o Bahamas, han roto el silencio para denunciar las violaciones, tocamientos no consentidos, bofetadas y vejaciones físicas y verbales sufridas en un ambiente de servidumbre, de control absoluto. Eran obligadas a pesarse regularmente para no engordar, sus teléfonos eran revisados y se les prohibía salir de la propiedad bajo el pretexto de la pandemia. Según los testimonios, eran obligadas a someterse a pruebas de detección de infecciones de transmisión sexual de manera recurrente, aisladas del mundo exterior.

Pero no, nada de esto nos sorprende demasiado. Julio Iglesias se dedicó a cantar sobre lo que hacía y deshacía con el cuerpo de las mujeres en canciones asquerosamente empalagosas durante décadas, besaba sin consentimiento a las periodistas, («¿Veintidós añitos tienes? Qué boca más grande, una novia como tú me venía muy bien», le dijo a una en una entrevista) y construyó una imagen en la que los memes sobre su paternidad o su fertilidad hacían inexplicablemente, mucha gracia a mucha gente.

Su carrera artística se construyó gracias a los favores del genocida régimen franquista, que le utilizaron para construir una “Marca España” con un galán ibérico a la medida de los tiempos. El aparato propagandístico franquista se afanó en presentar a aquel niño presuntuoso como una promesa de la canción y de la sensualidad masculina. Como dirían algunas supervivientes de aquellos años, bastante bien hemos salido.

Julio Iglesias, crío mimado del régimen franquista, era un chico bien del régimen destinado a brillar. Si no era en el fútbol, sería la canción, o lo que terciase. A su abuelo materno se le atribuye la autoría de la letra del himno nazista de la División Azul “Y la sangre enemiga en sus espaldas/y la española sangre derramada / tu gloria y hazaña cantarán». Su padre, el célebre Papuchi, se afilió a Falange en 1933, apoyó el golpe y el franquismo le pagó los servicios elevándolo a médico de prestigio, un ginecólogo ejemplar que cenaba a menudo en El Pardo. Llegó a ser diputado provincial, aunque hoy se le recuerde por la decrepitud de sus últimos años, cuando se convirtió en un hazmerreír de la prensa rosa que gustaba de rodearse de “mulatas” mucho más jóvenes que él para performar algún tipo de masculinidad marchita, sino podrida. Lo mismo que haría Julio Iglesias (hijo) décadas después, en esa foto donde aparece sostenido por dos jóvenes en bikini tomada en 2021 en Punta Cana y que hoy sabemos que era una instantánea testimonio de su violencia y aquellas dos jóvenes, probablemente, sus víctimas.

Truhanes / Viñeta de Ferran Martín.

Así que, para referirnos a él, quizá potentado billonario sea un término más ajustado que artista o cantante. Julio Iglesias es, a sus 82 años, un magnate inmobiliario que, según la lista Forbes de los 100 españoles más ricos posee un patrimonio de 630 millones de euros gracias a una gestión patrimonial muy activa: posee propiedades de lujo en Miami, Marbella, un aeropuerto en Punta Cana, terrenos turísticos, -la hija de Trump le compró una de sus parcelas- bodegas, cosmética, y una habilidosa estructura societaria y fiscal para organizar todo este patrimonio.

Los Pandora Papers le vincularon con hasta 19 sociedades offshore en las Islas Vírgenes Británicas. Así que ya ven: dinero, poder político, y ambición capitalista sin medida. “Porque mi vida yo la he aprendido a vivir así”.

Según narra Ignacio Escolar en su blog de eldiario.es, -que ha publicado la investigación junto a Univisión- los testimonios de las mujeres que han denunciado a Julio Iglesias llevan siendo fiscalizados tres años y están apoyados por toda clase de pruebas, grabaciones y comprobaciones, a sabiendas de que el magante español responderá con todo, también con un fortísimo equipo de abogados y, sobre todo, de aliados en cada medio de comunicación de España y de América Latina.

En realidad, esto no debería ser motivo de orgullo periodístico: exigir a quienes rompen el silencio un proceso de credibilidad más cercano al de un tribunal militar que al de un periodismo de investigación y denuncia tiene el riesgo de acabar cayendo en el juego de los negacionistas de la violencia, esos que exigen estándares inalcanzables de pureza y victimismo para poder dar carta de legitimidad a las víctimas y a sus palabras.

Lo de Julio Iglesias, como la del expresidente franquista Adolfo Suárez y tantos otros nombres grabados en el mármol de los prohombres y los intocables, nunca fue solo una cuestión de carisma o de azar biográfico. Fue, y sigue siendo, una cuestión de poder puro, de pertenencia de clase y de una red de complicidades tejida en los despachos, los palcos y las redacciones que se sostenía sobre el cuerpo de las mujeres, su explotación y su agresión. Bajo su bronceado eterno y su éxito transnacional se escondía la impunidad del «señorito».

Las cuentas no hay que pedírselas a sus víctimas. Hay que pedírselas a él y los que lo tutelan, como la dirigencia del Partido Popular con su presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a la cabeza, -los tontos útiles de los titulares- o los que gestionan sus cuentas offshore y los entramados de violencia donde estas trabajadoras sufrieron las peores vejaciones.

Como dice la periodista española Cristina Fallarás, cada vez que una mujer rompe el silencio, ellos dejan de ser quienes eran. Algo se les quiebra para siempre. Se acabó el tiempo de los intocables.

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