ÁGORA COLOMBIA /
En Colombia se instaló una narrativa curiosa: cuando las cosas mejoran para la gente, algunos sectores gritan desastre. La apreciación del peso, la caída del dólar, la reducción de la inflación y el aumento del salario mínimo ya no son buenas noticias, sino “amenazas”, según ciertos opinadores y medios tradicionales.
Que el peso se fortalezca y el dólar deje de dispararse ahora resulta negativo. Pero durante años, cuando la devaluación encarecía la comida, los arriendos y los medicamentos, se pedía “paciencia” y “sacrificios”.
Pagar la deuda acumulada del subsidio a la gasolina, que gobiernos anteriores dejaron crecer sin asumir el costo político, hoy se presenta como un error, aunque haya servido para sanear las finanzas públicas y poner orden donde había maquillaje contable.

Un salario mínimo más digno, junto con el regreso de recargos nocturnos y dominicales eliminados en el pasado, es tratado como una amenaza económica, cuando en realidad significa recuperar derechos laborales básicos y mejorar el ingreso real de millones de trabajadores.
Incluso que la inflación ronde el 5 %, tras años de alzas que golpearon el bolsillo popular, es minimizado o relativizado. Y defender la soberanía nacional, cuestionar abusos en concesiones y cerrar peajes injustificados se presenta como populismo, no como corrección de décadas de desequilibrios.

Lo paradójico es que antes sí era “normal” regalar recursos, endeudarse sin control, favorecer a unos pocos y decirle a la gente que vivía por encima de sus posibilidades.
Conclusión: no es que todo sea malo. Es que el país ya no funciona solo para los mismos de siempre. Y cuando el poder económico y mediático pierde privilegios, lo llaman crisis. Para millones de colombianos, simplemente se llama dignidad.



