POR OMAR ROMERO DÍAZ /
Colombia no necesita una Constituyente por capricho, ni porque a un presidente se le ocurrió un día. ¿Por qué una Constituyente ahora? Porque el poder no quiere cambiar, aunque el país ya cambió.
Empecemos por lo simple, sin miedo y sin enredos. El país la necesita porque las reglas actuales ya no responden a la realidad nacional, sino a los intereses de unos pocos.
El pueblo votó por un cambio. Votó por empleo digno, salud real, educación, pensiones justas y una economía que funcione para la mayoría.

Pero cada vez que ese cambio intenta avanzar, algo lo bloquea. Y ese “algo” no es invisible.
El problema no es el Gobierno, es el candado. Hoy Colombia tiene candados en todas partes: un Congreso que protege privilegios históricos. Altas cortes que frenan reformas con argumentos formales. Un Banco de la República que aprieta la economía cuando los datos dicen que no hay crisis ni hay desborde de la inflación. Un sistema tributario que cuida a los más ricos y carga al resto. Un sistema político electoral que no respeta la Constitución.
Eso no es equilibrio institucional. Eso es defensa del viejo poder.
La Constitución del 91 fue un avance enorme, nadie lo niega. Pero también dejó estructuras intocables, pensadas para otro momento histórico, cuando el país estaba dominado por las corruptas oligarquías políticas y económicas que nunca imaginaron que el pueblo gobernaría.

¿Qué pasa cuando el pueblo elige, pero no decide? Pasa lo que estamos viendo hoy. El pueblo elige un proyecto de transformación, pero no puede decidir plenamente porque otros poderes, no elegidos por voto popular, tienen la última palabra.
Entonces: se archivan reformas; se bloquean consultas populares; se encarece la deuda; se frena la inversión; se protege la especulación. Y luego nos dicen que es “por estabilidad”, “por técnica”, “por responsabilidad”.
Pero estabilidad para quién. Responsabilidad con quién. Técnica al servicio de quién.

La Constitución no es una vaca sagrada. Es un pacto social. Y cuando ese pacto deja de servirle a la mayoría, tiene que discutirse de nuevo. Eso no es radicalismo. Eso es sentido común.
¿Por qué ahora y no después? Porque el bloqueo ya es evidente. Hoy vemos cómo se frena la redistribución del ingreso, se protege al capital financiero, se limita la acción del Estado, se desconoce el mandato popular.
Y si el pueblo no puede transformar el país usando las reglas actuales, entonces el problema no es el pueblo, el problema son las reglas.
La Constituyente aparece no como amenaza, sino como salida democrática a un sistema que ya no quiere escuchar.

En el fondo, la pregunta es sencilla: ¿quién debe mandar en Colombia? ¿Un pequeño grupo de tecnócratas, magistrados y congresistas? ¿O el pueblo que trabaja, produce y vota?
La Constituyente no es contra la democracia. Es para profundizarla. No es contra la ley. Es para que la ley deje de ser un escudo de privilegios.
No es contra la Constitución del 91. Es para cumplir su promesa, que nunca se realizó del todo: que Colombia sea un país justo, digno y soberano.
Por eso hoy hablar de Constituyente no es un peligro. Es una necesidad histórica.



