mayo 28, 2026 3:29 pm
“El ajuste global hacia un mundo postestadounidense se está acelerando”: análisis de un estratega neoconservador vinculado al diseño doctrinal de la guerra preventiva

“El ajuste global hacia un mundo postestadounidense se está acelerando”: análisis de un estratega neoconservador vinculado al diseño doctrinal de la guerra preventiva

Robert Kagan

CON INFORMACIÓN DE THE ATLANTIC Y PBS NEWS /

La hegemonía estadounidense terminó y el mundo está ajustando su geometría hacia un escenario donde Washington ya no es el árbitro inevitable. La reflexión no es de cualquier analista de la geopolítica mundial sino de uno de los estrategas del entramado de poder de Estados Unidos, muy cercano a la cúpula conservadora que rodea al arrogante y cuestionado presidente Donald Trump.

El artículo “Jaque mate en Irán”, publicado el 10 de mayo de 2026 por Robert Kagan en el medio The Atlantic, constituye un hecho político e intelectual de primer orden porque la tesis de una derrota estratégica de Estados Unidos frente a Irán no proviene de un crítico antiimperialista ni de un observador periférico, sino de uno de los ideólogos más influyentes del intervencionismo estadounidense de las últimas décadas.

Kagan, politólogo e historiador neoconservador quien cofundó el Proyect for the New American Century, el grupo de presión de los años 90 que convenció a la Casa Blanca de que Estados Unidos debía usar su poderío militar para remodelar el mundo a su imagen y voluntad; asesor además de primera línea para la infame invasión de Irak, sostiene ahora que Washington enfrenta una pérdida “decisiva” e irreparable, que no puede ser revertida ni ignorada, y que el resultado de la guerra acelera la transición hacia un escenario internacional postestadounidense.

Esa afirmación tiene un peso especial porque procede de una figura central del pensamiento neoconservador, vinculada al diseño doctrinal de la guerra preventiva y a la legitimación intelectual de la invasión de Irak durante el Gobierno de George W. Bush.

En su texto, Kagan plantea que la confrontación con Irán ha derivado en una derrota cualitativamente distinta de reveses anteriores como Vietnam o Afganistán. Según su argumento, ni la devastación militar infligida durante 37 días de bombardeos ni la presión económica posterior lograron colapsar al régimen iraní ni arrancarle concesiones significativas. Por el contrario, Irán ha conservado o consolidado una posición determinante sobre el estrecho de Ormuz, lo que altera el equilibrio regional, fortaleciendo indirectamente a China y Rusia, y debilitando de manera visible la credibilidad estratégica de Estados Unidos.

En paralelo, en una entrevista posterior con PBS News, Kagan remarcó que Washington carece de opciones realistas para reabrir el estrecho de Ormuz sin escalar hacia una invasión terrestre a gran escala, una alternativa que considera políticamente inviable para la administración Trump.

Kagan y la matriz neoconservadora

La importancia del pronunciamiento radica en la trayectoria de Robert Kagan. No se trata de un académico marginal, sino de un cofundador del Project for the New American Century, el núcleo intelectual neoconservador que en los años noventa promovió la idea de que Estados Unidos debía aprovechar su supremacía militar para rediseñar el orden mundial a su medida. Ese entramado doctrinal influyó de manera decisiva en la política exterior de la administración de George W. Bush y proporcionó parte de la justificación ideológica para la invasión de Irak en 2003.

Desde esa corriente se consolidó la doctrina de la guerra preventiva: atacar antes de que emerja una amenaza plena, impedir la formación de rivales regionales y usar la fuerza no solo para defender intereses, sino para reconfigurar estructuras políticas enteras.

Que una figura moldeada por esa visión admita ahora que la guerra contra Irán ha desembocado en una derrota estratégica irreversible equivale a una confesión desde el interior del propio aparato ideológico del poder estadounidense.

“Resulta difícil imaginar una época en la que Estados Unidos sufriera una derrota total en un conflicto, un revés tan decisivo que la pérdida estratégica no pudiera repararse ni ignorarse”: Robert Kagan.

En términos políticos, el texto de Kagan vale menos por la novedad empírica de sus observaciones que por el lugar desde donde son formuladas. Su diagnóstico sugiere que una fracción del establishment estadounidense comienza a reconocer públicamente que la superioridad militar ya no garantiza resultados políticos estables.

La guerra, lejos de restaurar la autoridad de Washington, ha puesto en evidencia límites materiales, diplomáticos y psicológicos del liderazgo estadounidense. De acuerdo con el propio Kagan, la consecuencia principal no es solo la pérdida de control sobre una crisis puntual, sino la aceleración de una reacción en cadena mediante la cual aliados y adversarios reajustan su conducta a la percepción de un Estados Unidos menos fiable y menos capaz de imponer el desenlace de los conflictos que inicia.

Ese punto es crucial: una hegemonía no cae únicamente cuando pierde una guerra, sino cuando el resto del sistema internacional empieza a comportarse como si su capacidad de arbitraje hubiese dejado de ser incuestionable.

Poder de destrucción no equivale a victoria

Desde el punto de vista bélico, el caso descrito por Kagan ilustra una contradicción clásica de las guerras contemporáneas: la capacidad de infligir daños masivos no garantiza la consecución de objetivos estratégicos. Estados Unidos e Israel habrían degradado severamente capacidades iraníes y eliminado cuadros de mando, pero no lograron quebrar la voluntad política del adversario ni producir un colapso estatal. La permanencia del control iraní sobre el estrecho de Ormuz, señalada tanto por la columna periodística en The Atlantic como por la entrevista de PBS, revela que el centro de gravedad del conflicto no estaba únicamente en la destrucción de blancos, sino en la capacidad de sostener una posición estratégica decisiva bajo fuego.

La guerra demuestra también el agotamiento de una lógica operacional basada en campañas aéreas intensivas como sustituto de una solución política. Si la única salida militar efectiva fuese una invasión terrestre total —opción que Kagan presenta como políticamente inasumible—, entonces el poder de fuego estadounidense aparece sobredimensionado para destruir, pero insuficiente para traducirse en orden político durable.

El aceleramiento del mundo postestadounidense

Geopolíticamente, el argumento central del artículo es que la guerra con Irán no modifica solo la correlación militar en Oriente Medio, sino la geometría general del sistema internacional. Kagan subraya que, si Irán retiene capacidad decisiva sobre Ormuz, pasa a ser un actor de primer orden en la regulación del flujo energético mundial. Esa posición incrementa el peso de sus socios estratégicos, en particular China y Rusia, al tiempo que obliga a las monarquías del Golfo y a otros importadores de energía a reconsiderar sus márgenes de autonomía respecto de Washington.

El punto decisivo no es que Estados Unidos desaparezca como potencia, sino que pierde la condición de árbitro inevitable. A partir de allí, se acelera un orden más fragmentado, transaccional y multipolar, en el que las potencias regionales ganan margen para negociar, desafiar o equilibrar a Washington sin asumir que la respuesta estadounidense será necesariamente concluyente.

En ese sentido, la expresión “mundo postestadounidense” no indica el fin del poder norteamericano, sino el fin de su capacidad incontestada para fijar por sí solo las reglas del juego.

América Latina ante una potencia herida

La dimensión más delicada del diagnóstico es que una hegemonía en retroceso no se vuelve automáticamente menos peligrosa. Al contrario, una potencia que conserva enormes capacidades militares, financieras, tecnológicas y de inteligencia, pero que percibe deteriorada su autoridad, puede reaccionar de manera más errática y agresiva.

El hecho de que Kagan hable de una pérdida no reparable sugiere que el problema para Washington no es únicamente militar, sino sistémico: necesita demostrar en otros escenarios que aún puede disciplinar, sancionar y condicionar.

Para América Latina, históricamente tratada por Estados Unidos como zona de influencia preferente, esto significa que la fase de declive relativo puede traducirse en mayores presiones diplomáticas, financieras, judiciales, mediáticas o incluso de seguridad sobre gobiernos y procesos políticos que busquen ampliar márgenes de autonomía.

En momentos de repliegue hegemónico, los “coletazos” no suelen expresarse solo en invasiones directas, sino en operaciones de desestabilización, bloqueos, coerción económica, reordenamientos de alianzas y nuevas disputas por recursos estratégicos, rutas logísticas, minerales críticos y control político del entorno regional.

La debilidad relativa del centro puede volver más áspera su conducta sobre la periferia.

Síntoma del agotamiento de una época

El pronunciamiento de Kagan importa porque condensa una fractura dentro de la propia narrativa imperial estadounidense. Que uno de los intelectuales que defendió la expansión militar de Washington admita que la guerra con Irán no puede ganarse ni revertirse equivale a reconocer la crisis de la doctrina que durante décadas justificó la supremacía armada como instrumento para ordenar el mundo.

Históricamente, el texto puede leerse como síntoma del agotamiento de una época; políticamente, como evidencia de una pérdida de credibilidad; bélicamente, como prueba de que la destrucción no basta para imponer resultados; y geopolíticamente, como señal de la transición hacia un orden más disputado.

Pero la lección decisiva no es que Estados Unidos haya dejado de ser poderoso, sino que un poder que declina y se sabe impugnado puede volverse más imprevisible.

Por eso, el reconocimiento de la derrota no inaugura un tiempo de paz automática: inaugura una fase de reacomodo turbulento, en la que regiones como América Latina deberán leer con lucidez tanto la disminución relativa de la hegemonía estadounidense como los peligros de sus reacciones defensivas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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