POR MIRKO CASALE /
El pasado martes 26 de mayo, el canciller ruso, Serguéi Lavrov, llamó por teléfono a su par estadounidense, Marco Rubio, para transmitirle un preocupante pedido: «Evacúen ya las embajadas de EE.UU. y de otros países en Kiev».
La razón, según Moscú: se vienen ataques sistemáticos y selectivos contra la capital ucraniana. Y no es una amenaza al aire. Es una advertencia directa, en caliente, después de lo que pasó hace apenas cuatro días.
¿Qué pasó para que Rusia tome esta decisión? Según se informa, la madrugada del 22 de mayo, Ucrania bombardeó con drones una residencia estudiantil en Starobelsk, en la República Popular de Lugansk. Ochenta y seis jóvenes dormían allí. El resultado fue: 21 fallecidos, la mayoría, estudiantes muy jóvenes y más de 60 heridos.
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El Gobierno de Moscú lo calificó de «bárbaro». Pero la gota que rebalsó el vaso, según dijo el viceministro ruso Serguéi Riabkov, fue el cinismo de Occidente: «la OTAN lo silenció».
El mensaje es claro: Moscú prepara una ofens1va y advierte que la seguridad de diplomáticos extranjeros está en riesgo.
Otro crimen autocensurado en Occidente
En efecto, durante la madrugada del 21 al 22 de mayo, un ataque ucraniano con drones impactó la residencia estudiantil del Colegio Profesional de Starobelsk, parte de la Universidad Pedagógica de Lugansk. En su interior dormían 86 estudiantes, de entre 14 y 22 años. Según las primeras informaciones 21 habían perdido la vida y varias decenas permanecen hospitalizados, bastantes de ellos con heridas graves y hasta de peligro vital.

Algunas de las imágenes que trascendieron horas después del ataque recuerdan a los crímenes israelíes contra Gaza, con menores gimiendo entre escombros y polvo, mientras otras personas tratan de rescatarlos.
Es importante subrayar que la agresión, que fue llevada a cabo en varias olas, tuvo por objetivo una instalación puramente civil que, además de estar situada lejos de cualquier objetivo militar, encima es sobradamente conocida: de hecho, uno de los edificios afectados por los drones es la portada del artículo de Wikipedia sobre Starobelsk tanto en sus versiones en inglés, español… y hasta ucraniano.
Es decir, este caso no da ni para el clásico cinismo de Washington tipo «es que no sabíamos que era una instalación educativa, ya investigaremos qué pasó», como tartamudearon en el caso de la escuela iraní de Minab, bombardeada hace pocos meses por EE.UU. con cientos de niñas en su interior, o «es que no teníamos los mapas actualizados», como cuando la OTAN bombardeó la Embajada china en Belgrado en 1999 y lo ‘justificó’ aduciendo que sus militares usaron una guía callejera anticuada.

Trato desigual
Normalmente, en la prensa hegemónica, una veintena de adolescentes asesinados mientras dormían ocuparía un espacio privilegiado en titulares. No en el caso de que esos adolescentes fueran rusos atacados por algún ‘proxy’ del Norte Global, claro está. Para esas situaciones se impone el manual de, en el supuesto de al menos mencionar la noticia, hacerlo atiborrándola de fórmulas tipo «Rusia acusa», «el Kremlin dice» o «según los medios rusos», como para que los lectores duden si realmente hay algo de cierto en lo sucedido.
Esta fórmula no es nueva. De hecho, es la habitual no ya desde 2022, sino desde 2014: las víctimas civiles rusas, en la narrativa occidental, son siempre apenas un «supuesto» o un «presunto». Y la población rusa, que por cierto está lejos de ser supuesta o presunta, no es ajena a este fenómeno, que provoca un reclamo cada vez más presente entre sus integrantes.
Por ejemplo, justamente a raíz de la masacre de Starobelsk, la comisionada para Derechos Humanos de Rusia, Yana Lantrátova, se preguntaba: «¿Dónde está la BBC? ¿Dónde está la CNN?», y lo hacía figuradamente, por supuesto, porque en el fondo sabía perfectamente la respuesta.
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De hecho, por si se trataba de algún problema de falta de transporte o miedo por su seguridad, las autoridades rusas invitaron a varios corresponsales extranjeros a visitar el lugar y ver lo sucedido con sus propios ojos. La gran mayoría de los que aceptaron fueron de medios del Sur Global. La BBC de Londres rechazó oficialmente la invitación y la estadounidense CNN fingió demencia.
Sin embargo, ese aparente letargo mediático se esfumó por arte de magia un par de días después, cuando desde Rusia se llevó a cabo un ataque de represalia contra objetivos militares en Kiev y alrededores, recurriendo al uso de armamento que Moscú no utiliza con frecuencia, entre ellos el misil balístico Oréshnik.
Tras el ataque, la prensa hegemónica de inmediato abandonó la discreción y saltó sin respiro a la sobreactuación, con grandes titulares, sin dar contexto del porqué de ese ataque, sin especificar el carácter militar de los objetivos y, por supuesto, sin nada de «Kiev acusa», «Zelenski dice» ni nada que se le parezca en los titulares. Puras frases contundentes y afirmativas para presentar los hechos incontrovertiblemente como un bombardeo salvaje e injustificado. Lo que nunca hicieron con los jóvenes asesinados dos días antes en Starobelsk.
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Y no crean que este doble rasero tan acentuado fue solo cosa de la gran prensa del Occidente Colectivo: su dirigencia política estuvo a la misma altura (o, mejor dicho, bajura) y, del mutismo casi absoluto, pasaron a las lamentaciones a gritos en cuestión de horas.
Una ‘estrategia’ inhumana y fallida
Por otro lado, lo sucedido en esta localidad de Lugansk resume, a su manera, en lo que ha derivado el conflicto ruso-ucraniano desde que en el equipo de Zelenski entendieron que el resultado del mismo está decidido ya desde hace tiempo, pero se niegan, no ya a admitirlo en público, sino que tampoco son capaces de aceptarlo en privado.
Desde entonces, su táctica consiste, básicamente, en ataques contra civiles dentro de Rusia, con la idea de generar una sensación de pánico, inseguridad y malestar en la sociedad rusa y que, a consecuencia, el Kremlin deba prestarse a negociar en una situación desventajosa. Claro, el ‘problema’ es que esos ataques indiscriminados no dividen a la población de la Federación de Rusia, sino que la unen todavía más.
Hoy, con el corazón en un puño, se suceden homenajes por todo el país para despedir a esos 21 jóvenes (la gran mayoría, mujeres, por cierto) cuyos nombres nunca serán noticia para la prensa hegemónica de Occidente, que siempre somete a una estricta censura o autocensura cualquier noticia que pueda humanizar a ciudadanos rusos. Algunas de esas 18 chicas víctimas de la masacre serán enterradas con un vestido blanco de novia, tal y como se acostumbra en varias regiones y comunidades rusas cuando mueren jóvenes solteras.

De esta manera, Rusia, lejos de acobardarse u olvidar a su gente, hoy comienza a recordar a Oksana, de 22 años; a Alisa, Alexandra, Sofía, Anastasía, Alina y Alexander, de 21; a Alexandra, Anastasía, Victoria, Artióm, Alexandra y Maxim, de 20; a Anna, Daría, Yana, Irina, Elena, Verónica y Tatiana, de 19; y a Taísia, que había cumplido los 18 pocos días antes de ser asesinada.
Y si, así como en Kiev piensan que matando civiles rusos dañan la unidad de Rusia, en los grandes medios occidentales creen que ignorando esos asesinatos contribuyen a ese objetivo, harían bien en darse cuenta de que, con ese silencio y deshumanización, logran precisamente todo lo contrario.
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