septiembre 15, 2026 4:56 am
Los desafíos de América Latina y el Caribe ante la transición del orden mundial

Los desafíos de América Latina y el Caribe ante la transición del orden mundial

CLACSO / UNIVERSIDAD DE SANTIAGO DE CHILE /

En lo transcurrido del siglo XXI la geopolítica mundial ha transitado hacia el fin de una era. El pesimismo de las élites occidentales frente a la policrisis global no representa una catástrofe universal, sino el agotamiento de medio milenio de hegemonía euroatlántica. Vale decir, el devenir político global se desenvuelve en un complejo proceso de transición hacia un nuevo orden donde la declinación de Estados Unidos y la emergencia del eje asiático transforman las dinámicas del poder.

En este contexto surgen preguntas urgentes sobre la posición, los desafíos y las oportunidades estratégicas de América Latina y el Caribe en la geopolítica contemporánea caracterizada por la actual incertidumbre global no como una catástrofe universal, sino como el síntoma inequívoco del agotamiento de medio milenio de hegemonía euroatlántica, inaugurada a mediados del siglo XV.

 

Tres décadas después de la euforia liberal que lanzaba la consigna a grito en cuello del “fin de la historia” proclamada por el neoliberal Francis Fukuyama, el establishment occidental experimenta un profundo pesimismo frente a lo que denomina policrisis. Fenómenos como la crisis climática, el quiebre de la globalización comercial, la inseguridad alimentaria, los flujos migratorios masivos, la erosión democrática y la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) configuran una realidad ingobernable para los parámetros tradicionales.

Esta angustia sistémica está justificada, pues refleja el fin de un orden mundial moldeado a imagen y semejanza de Occidente.

 

Agotamiento del ciclo histórico euroatlántico

La más reciente obra del historiador y politólogo chileno Fernando Estenssoro Saavedra, ‘La caída del águila y el fin de Occidente. Los desafíos de América Latina y el Caribe en el nuevo orden mundial’ (CLACSO / Universidad de Santiago de Chile, septiembre de 2026) propone una interpretación de larga duración sobre la crisis del orden internacional contemporáneo.

Su planteamiento fundamental consiste en desplazar el foco desde la coyuntura —guerras, tensiones comerciales, crisis climática, migraciones, erosión democrática o Inteligencia Artificial— hacia una transformación histórica más profunda: el agotamiento del ciclo de predominio euroatlántico iniciado con la expansión europea de mediados del siglo XV. Desde esta perspectiva, la incertidumbre global no sería una catástrofe de la humanidad en su conjunto, sino, ante todo, la crisis de un orden construido por Occidente y presentado durante siglos como universal.

El libro combina historia mundial, economía política internacional y reflexión geopolítica situada. Su mérito radica en conectar procesos que suelen estudiarse por separado: la pérdida de capacidad relativa de Estados Unidos, el ascenso de China y Asia, la fragmentación de la globalización, el malestar de las sociedades occidentales y las opciones estratégicas de América Latina y el Caribe.

La “caída del águila” funciona así como metáfora de una declinación hegemónica, mientras que el “fin de Occidente” alude menos a una desaparición cultural o material que a la pérdida de su monopolio para definir las reglas, los valores y las jerarquías del sistema mundial.

La decadencia de Europa.

Del ciclo atlántico a la transición sistémica

La periodización de Estenssoro se inscribe en una lectura de larga duración: la expansión marítima ibérica, la conquista de América, el colonialismo, la Revolución Industrial, la consolidación del capitalismo y la hegemonía anglosajona constituyen momentos sucesivos de un mismo ciclo de centralidad occidental.

En este marco, 1945 (fin de la Segunda Guerra Mundial) no inaugura un orden enteramente nuevo, sino una fase estadounidense de la hegemonía atlántica; y 1991 representa su culminación unipolar, no su destino definitivo. La tesis cuestiona, por tanto, el triunfalismo posterior a la Guerra Fría y la idea de que la democracia liberal y el mercado constituían el horizonte final de la historia.

Esta reconstrucción permite interpretar la coyuntura actual como transición de época y no como mera suma de crisis. También devuelve profundidad histórica al ascenso asiático: más que una irrupción exótica, es el retorno de una región que durante largos períodos ocupó posiciones centrales en la producción, el comercio y la innovación mundial.

Policrisis, erosión del consenso y fenómeno Trump

En el plano político, el concepto de policrisis describe la interacción de perturbaciones que se retroalimentan y desbordan las capacidades institucionales existentes. Crisis climática, inseguridad alimentaria, migraciones, disrupción tecnológica, pugnacidad social y debilitamiento democrático no aparecen como episodios autónomos, sino como manifestaciones de una pérdida de gobernabilidad sistémica.

El pesimismo de las élites occidentales contrasta con el optimismo unipolar de los años noventa porque las instituciones diseñadas bajo supremacía atlántica ya no controlan los ritmos de la economía, la tecnología ni la seguridad global.

La lectura respecto de la cuestionada y pintoresca figura de Donald Trump es sintomática y no accidental: su nacionalismo económico, su impugnación de alianzas, la promesa de restaurar una grandeza perdida y su capacidad de movilizar el resentimiento social expresarían contradicciones incubadas en la propia trayectoria hegemónica estadounidense. El fenómeno revela la fractura entre sectores beneficiados por la globalización y grupos afectados por la desindustrialización, la precarización y la pérdida de expectativas.

 

Desigualdad, identidades y crisis de legitimidad

La dimensión sociológica de la obra se desprende de la relación entre cambio global y descomposición de los pactos sociales. La mundialización neoliberal debilitó empleos industriales, sistemas de protección y mediaciones colectivas, mientras concentró riqueza y amplió territorios de abandono.

En ese contexto, la desconfianza institucional, las respuestas autoritarias y el alto grado de pugnacidad social y política no son únicamente problemas culturales: expresan desigualdades materiales, inseguridad vital y pérdida de reconocimiento.

Las migraciones y las disputas identitarias se convierten entonces en campos donde se proyectan conflictos más hondos sobre ciudadanía, pertenencia y distribución.

Para América Latina y el Caribe, esta lectura resulta especialmente pertinente porque la región combina alta desigualdad, informalidad laboral, heterogeneidad productiva y democracias sometidas a expectativas sociales crecientes.

La Inteligencia Artificial y la automatización pueden elevar la productividad, pero también profundizar brechas educativas, territoriales y laborales si no existe una política pública de capacidades digitales.

El aporte sociológico del libro consiste en mostrar que la autonomía internacional carece de sustento sin cohesión social interna: una región fragmentada por la exclusión difícilmente puede formular una estrategia soberana de largo plazo.

Agotamiento neoliberal y reconfiguración productiva

Desde la economía política, el texto somete a crítica el supuesto de una globalización lineal, despolitizada e irreversible. La expansión de sanciones, subsidios industriales, controles tecnológicos, relocalización de cadenas y políticas de seguridad económica indica que el mercado mundial vuelve a organizarse mediante prioridades estatales.

La competencia ya no gira únicamente en torno al comercio, sino al dominio de semiconductores, plataformas digitales, energía, minerales críticos, infraestructura, datos y conocimiento científico.

Para América Latina y el Caribe, la transición contiene una ambivalencia. La demanda de litio, cobre, alimentos, energía y biodiversidad puede ampliar ingresos y capacidad negociadora, pero también reproducir un patrón primario-exportador, con enclaves extractivos, bajo contenido tecnológico y elevados conflictos socioambientales.

La oportunidad estratégica solo se materializa si la región convierte recursos naturales en encadenamientos productivos, investigación, infraestructura y valor agregado. En este punto, la obra acierta al desplazar la discusión desde cuánto exportar hacia bajo qué reglas, con qué socios, qué transferencia tecnológica y qué beneficios sociales.

 

Provincializar Occidente y recuperar una mirada propia

El “fin de Occidente” tiene una dimensión epistemológica y cultural. La universalización de categorías europeas y estadounidenses convirtió una experiencia histórica particular en medida del progreso, la modernidad y la racionalidad. Estenssoro invita a relativizar esa pretensión sin negar las contribuciones occidentales ni idealizar automáticamente a Asia.

Para América Latina, el desafío consiste en abandonar tanto la subordinación intelectual como el reflejo de sustituir una dependencia por otra.

Una voz propia exige reconocer la pluralidad histórica de la región: herencias indígenas, africanas, europeas, asiáticas y caribeñas; tradiciones republicanas y comunitarias; saberes científicos y territoriales. La multipolaridad cultural puede abrir espacio a un diálogo menos jerárquico entre civilizaciones, pero también puede alimentar esencialismos.

La fortaleza de una perspectiva situada reside en construir universalismos plurales —derechos, sostenibilidad, paz y dignidad— desde experiencias regionales concretas, no en clausurar el intercambio intelectual.

Del momento unipolar a una multipolaridad conflictiva

El desplazamiento del centro de gravedad hacia Asia constituye el núcleo geopolítico de la obra. China aparece como principal vector del cambio por la velocidad de su industrialización, su capacidad científica, el tamaño de su mercado y su creciente proyección institucional.

No se trata solamente del ascenso de una potencia, sino de una redistribución civilizatoria del poder en la que también intervienen India, el Sudeste Asiático y otras economías emergentes. El resultado previsible no es una sustitución mecánica de Washington por Pekín, sino una estructura más plural, competitiva e inestable.

En esta transición aumentan los riesgos de guerras por delegación, carreras armamentistas, coerción económica y formación de bloques. América Latina y el Caribe deben evitar ser tratados como retaguardia estratégica automática de una potencia o como simple reserva de recursos de otra.

Una política de no alineamiento activo —basada en diversificación, cooperación Sur-Sur, defensa del derecho internacional y negociación por temas— puede ofrecer mayor autonomía que la adhesión rígida a un bloque.

Tecnología, finanzas y recursos estratégicos

La geoeconomía traduce la rivalidad de poder en instrumentos comerciales, financieros y tecnológicos. Monedas, sistemas de pago, deuda, inversión en infraestructura, normas digitales, patentes, puertos y corredores logísticos se convierten en recursos estratégicos.

La centralidad del dólar y de las instituciones financieras occidentales continúa siendo considerable, pero enfrenta iniciativas de diversificación monetaria y nuevas plataformas de financiamiento. La competencia por estándares de Inteligencia Artificial, telecomunicaciones y transición energética anticipa un orden parcialmente fragmentado.

La región dispone de activos relevantes, pero su poder de negociación depende de la coordinación. Una agenda geoeconómica común debería incluir infraestructura regional interoperable, cadenas de valor compartidas, compras públicas para innovación, protección y gobernanza de datos, integración energética, fondos de ciencia y tecnología, y capacidad conjunta para negociar condiciones ambientales y laborales. Sin estas políticas, la multipolaridad puede diversificar socios sin alterar la dependencia estructural.

Oportunidades y desafíos para América Latina y el Caribe

  • Integración pragmática: coordinar posiciones en energía, alimentos, minerales críticos, infraestructura, salud y tecnología, aun cuando no exista homogeneidad ideológica entre gobiernos.

  • Diversificación estratégica: ampliar vínculos con Estados Unidos, China, la Unión Europea, India, África y el Sudeste Asiático sin dependencias exclusivas.

  • Transformación productiva: utilizar la renta de recursos naturales para financiar innovación, industria verde, educación superior y capacidades digitales.

  • Soberanía tecnológica: desarrollar reglas regionales sobre datos, ciberseguridad, Inteligencia Artificial y plataformas, acompañadas de inversión pública y cooperación científica.

  • Autonomía democrática: fortalecer Estados capaces, sistemas fiscales progresivos y cohesión social, condiciones internas de cualquier política exterior soberana.

  • Gobernanza socioambiental: impedir que la transición energética replique lógicas extractivas, garantizando participación territorial, protección ecológica y distribución justa de beneficios.

El reto latinoamericano ante la transición mundial

 

La principal fortaleza del libro es su capacidad para ofrecer una narrativa integradora y latinoamericana de la transición mundial. En lugar de adoptar como universal el temor de las élites occidentales, pregunta quién pierde, quién gana y qué posibilidades se abren para actores históricamente subordinados.

Asimismo, vincula la transformación de la jerarquía internacional con problemas productivos, sociales y culturales, evitando reducir la geopolítica a movimientos militares o diplomáticos.

Sus tesis, sin embargo, deben leerse como una intervención interpretativa y no como una predicción cerrada. La declinación relativa de Estados Unidos no equivale necesariamente a colapso; el ascenso asiático es heterogéneo y enfrenta contradicciones demográficas, financieras, políticas y ambientales; y la multipolaridad no garantiza un orden más justo.

También conviene evitar que la crítica al eurocentrismo derive en una idealización de otras potencias. La autonomía latinoamericana dependerá menos del cambio externo por sí solo que de decisiones internas sobre integración, instituciones, conocimiento y distribución.

La obra ofrece una clave poderosa para interpretar el presente: el desorden contemporáneo puede entenderse como el tránsito desde una hegemonía euroatlántica de cinco siglos hacia una distribución más asiática y plural del poder.

Su análisis resulta especialmente relevante porque no coloca a América Latina y el Caribe en el papel de espectadores, sino ante una decisión histórica. La región puede limitarse a administrar nuevas dependencias o aprovechar la transición para construir capacidades productivas, tecnológicas, diplomáticas y culturales propias.

El mensaje final no es de celebración ingenua ni de fatalismo: el fin de un monopolio hegemónico abre márgenes de acción, pero también multiplica incertidumbres. Convertir esos márgenes en autonomía exige integración flexible, pensamiento estratégico y pactos sociales capaces de sostener políticas de largo plazo.

En ese sentido, el trabajo bibliográfico es tanto un diagnóstico del ocaso occidental como una convocatoria a que América Latina y el Caribe dejen de pensarse desde la periferia.

Acceso al libro

 

Para acceder al libro en archivo PDF, ingresar al siguiente enlace:

La caída del águila y el fin de Occidente. Los desafíos de América Latina y el Caribe en el nuevo orden mundial

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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