octubre 5, 2026 6:29 pm
Injerencismo histórico de EE.UU. y presencia de la OTAN estructuran y reconfiguran territorio, economía y soberanía de América Latina

Injerencismo histórico de EE.UU. y presencia de la OTAN estructuran y reconfiguran territorio, economía y soberanía de América Latina

EDITORIAL QUIMANTÚ /

La región no es solo un escenario pasivo, sino un laboratorio estratégico donde convergen las lógicas de seguridad global y el control de los bienes comunes.

En América Latina, la militarización como ecología de poder demuestra que la dominación extranjera (EE.UU. y la OTAN) no opera únicamente mediante la coerción diplomática o económica explícita, sino moldeando materialmente los territorios, los recursos naturales y las estructuras estatales, convirtiendo la seguridad en el mecanismo principal para garantizar el despojo y el control geopolítico del continente.

Las múltiples formas en que el militarismo occidental —articulado principalmente por los Estados Unidos y la OTAN— continúa reproduciendo estructuras de dominación que se expanden de manera amplia y contundente en la región latinoamericana bajo nuevos rostros, discursos y tecnologías.

Esa expansión del poder militar occidental y sus consecuencias sobre la soberanía, la paz y los derechos humanos tiene incidencia directa en el hemisferio. Ello hace parte de las continuidades históricas de la política imperial estadounidense, desde la Doctrina Monroe hasta la actual configuración de alianzas estratégicas, bases militares y acuerdos de “cooperación en defensa”. Las más de 800 bases distribuidas por el planeta, muchas de ellas en territorio latinoamericano, son expresión material de una lógica de control que combina injerencia política, condicionamientos económicos y dominación cultural.

En este contexto, la OTAN aparece como un instrumento de expansión global del poder euroatlántico, cuyo interés por la región latinoamericana se reactiva en un escenario de crisis energética, disputa por los recursos naturales y competencia con potencias emergentes.

La obra colectiva ‘Entrenamiento, bases y militarización en América Latina. La OTAN y Estados Unidos en América Latina’ (Editorial Quimantú, Santiago de Chile, noviembre de 2025) compilada por el periodista chileno Pablo Ruiz Espinoza reúne una serie de análisis y reflexiones articulados por una tesis común: la militarización contemporánea de América Latina no se reduce a la instalación de bases o al despliegue de tropas, sino que opera como una red de entrenamiento, interoperabilidad, cooperación en defensa, contratismo privado, inteligencia, presión económica y disputa comunicacional.

Su propósito principal es visibilizar mecanismos de poder que suelen presentarse bajo lenguajes técnicos —seguridad, asistencia, lucha contra amenazas transnacionales o modernización institucional— y discutir sus efectos sobre la soberanía, la paz y los derechos humanos.

El libro sitúa esos mecanismos en una larga duración que enlaza la Doctrina Monroe, las intervenciones del siglo XX, la Guerra Fría y las actuales asociaciones estratégicas. Su apuesta interpretativa es clara: tras el cambio de vocabulario y tecnología persiste una estructura asimétrica en la que Estados Unidos conserva capacidad privilegiada para definir amenazas, fijar estándares y condicionar agendas regionales.

La OTAN aparece, dentro de esta lectura, como proyección euroatlántica de ese poder. Conviene, sin embargo, distinguir la tesis crítica del volumen de la arquitectura formal de la Alianza: Colombia es desde 2017 su primer socio global latinoamericano, pero no es miembro ni queda amparada por la defensa colectiva del artículo 5. Esa precisión no invalida la preocupación del libro; la vuelve más exacta al desplazar el análisis desde una supuesta ampliación territorial automática hacia la difusión de doctrinas, capacidades, redes e interoperabilidad.

Espacio geopolítico decisivo en la transición hacia un nuevo orden internacional

Geopolíticamente, el volumen interpreta a América Latina y el Caribe como un espacio decisivo en la transición hacia un nuevo orden internacional donde la región constituye una codiciada zona de rivalidad para las principales potencias.

La región combina cercanía estratégica con Estados Unidos, acceso interoceánico y abundancia de recursos sensibles —energía, minerales críticos, biodiversidad, agua y alimentos—. En ese marco, la cooperación militar deja de ser un ámbito aislado y pasa a integrarse con la seguridad de cadenas de suministro, la protección de infraestructuras, la ciberdefensa y la vigilancia marítima.

La disputa no se limita a Washington y China: el ascenso económico y tecnológico de potencias intermedias como Rusia, India, Irán, y la búsqueda latinoamericana de autonomía convierten al continente en terreno de negociación, presión y alineamientos flexibles.

Uno de los mayores aciertos del libro es mostrar que la presencia militar se organiza mediante una geografía de nodos: instalaciones, ejercicios conjuntos, academias, acuerdos de acceso, intercambio de información y cadenas logísticas. Esta mirada evita reducir el poder a la ocupación territorial directa. Su límite aparece cuando categorías como “OTAN”, “Estados Unidos” y “Occidente” se tratan como actores perfectamente homogéneos.

Un análisis más fino debería atender a divergencias entre gobiernos, burocracias militares, sectores empresariales y aliados regionales, así como a la capacidad de los Estados latinoamericanos para aceptar, negociar o resistir esos vínculos según sus propios intereses.

Reducción del espacio de las respuestas sociales

Desde la sociología, la militarización aparece como un proceso de transformación de instituciones, lenguajes y prácticas cotidianas. Cuando problemas de desigualdad, migración, protesta, narcotráfico o conflictividad territorial se definen primordialmente como amenazas, se amplía el campo de intervención de las Fuerzas Armadas y se reduce el espacio de las respuestas sociales.

El resultado puede ser una “securitización” de la vida pública: poblaciones vulnerables convertidas en objetos de vigilancia, movimientos sociales tratados como riesgos y demandas políticas traducidas a categorías de orden público.

El libro vincula este proceso con memorias aún abiertas de dictaduras, contrainsurgencia e impunidad. Su aporte consiste en señalar que la violencia institucional no depende únicamente del uso efectivo de la fuerza: también se reproduce mediante doctrinas, estigmas, formación profesional y marcos mediáticos que vuelven aceptable la excepcionalidad. En este punto, la discusión sobre racismo y xenofobia en la política migratoria estadounidense amplía el campo de análisis hacia la producción social del “enemigo”.

En el plano militar, la obra desplaza la atención desde el número de bases hacia la infraestructura relacional del poder. Entrenamiento, ejercicios, doctrina, estandarización logística, inteligencia y contratación privada pueden producir dependencia aun sin presencia permanente.

La interoperabilidad ofrece beneficios operativos reales —coordinación ante desastres, desminado, seguridad marítima o lucha contra redes criminales—, pero también puede orientar prioridades nacionales hacia agendas definidas fuera de la región y crear dependencias tecnológicas, presupuestarias y doctrinales.

El capítulo implícito más importante es, por ello, el de la gobernanza democrática de la defensa: quién define las amenazas, bajo qué controles, con qué indicadores y con qué rendición de cuentas.

Evitar que competencia entre potencias sustituya una dependencia por otra 

Políticamente, el volumen examina la tensión entre cooperación interestatal y soberanía democrática. Los convenios de defensa suelen tramitarse mediante lenguajes técnicos y ejecutivos, con menor deliberación pública que otras políticas de similar impacto.

El libro invita así a preguntar por el papel de los parlamentos, tribunales, organismos de control y comunidades afectadas. También llama la atención sobre la convergencia entre presión diplomática, sanciones, aislamiento financiero y operaciones comunicacionales. En esta lectura, la coerción contemporánea se distribuye a lo largo de un continuo que va desde la persuasión y el condicionamiento hasta el uso abierto de la fuerza.

La apuesta normativa del libro es una política exterior latinoamericana autónoma, coordinada y orientada a la paz. La Proclama de la CELAC de 2014 aporta un fundamento regional: solución pacífica de controversias, respeto al derecho internacional y proscripción del uso o amenaza de la fuerza.

La dificultad reside en convertir esa declaración en instituciones duraderas en una región marcada por el alto grado de pugnacidad ideológica, ciclos gubernamentales y capacidades estatales desiguales.

La autonomía no equivale a aislamiento: requiere diversificar vínculos, transparentar acuerdos y evitar que la competencia entre potencias sustituya una dependencia por otra.

El negocio de venta de material bélico, la militarización y control de recursos estratégicos

La dimensión económica atraviesa toda la obra. El gasto militar compite con inversión social e infraestructura, aunque su costo de oportunidad varía según la estructura fiscal y las amenazas de cada país.

Además, la compra de armamento establece relaciones de largo plazo mediante mantenimiento, repuestos, capacitación, propiedad intelectual y actualización tecnológica. De este modo, una decisión de adquisición puede fijar dependencias por décadas.

El mercado de la seguridad privada y los contratistas añade incentivos empresariales a la prolongación de conflictos y difumina responsabilidades entre Estado y actores comerciales.

El libro también vincula militarización y control de recursos estratégicos. La presencia de minerales o energía implica una política militar por lo que es preciso examinar cómo convergen inversión, infraestructura, deuda, seguridad de rutas y decisiones de defensa. Asimismo, sanciones y bloqueos pueden deteriorar producción, comercio y bienestar civil, pero sus efectos deben evaluarse junto con las políticas internas, la estructura productiva y la capacidad institucional de los países afectados.

La militarización como una ecología de poder

La principal fortaleza del volumen es su capacidad de reunir asuntos que suelen analizarse por separado: bases, entrenamiento, mercenarismo, represión, gasto, guerra biológica, comunicación y derechos humanos. Esa mirada sistémica permite comprender la militarización como una ecología de poder. También destaca su inscripción en redes sociales y pacifistas, que aporta memoria histórica, testimonios y una orientación ética coherente.

La militarización entendida como una ecología de poder propone ir más allá de la visión tradicional —que la reduce exclusivamente a una acumulación de Fuerzas Armadas o tácticas de coerción estatal— para comprenderla como un ecosistema complejo, interconectado y dinámico de dominación.

Bajo este enfoque, inspirado en los aportes de la ecología política y las teorías críticas del poder, las lógicas castrenses no operan de forma aislada, sino que penetran, reconfiguran y colonizan los tejidos sociales, económicos, territoriales y culturales.

La pluralidad de géneros produce diferencias de evidencia y profundidad entre capítulos. Por ello, el libro funciona como cartografía crítica y convocatoria al debate. Su lectura se enriquece al contrastarla con fuentes oficiales, estudios comparados y datos desagregados.

Esta contribución bibliográfica es una intervención oportuna sobre el lugar de la región en un sistema internacional fragmentado y militarizado. Su tesis más fértil no es que todo vínculo de defensa constituya por definición dominación, sino que ninguna cooperación militar es políticamente neutra: selecciona amenazas, distribuye recursos, crea capacidades y redefine relaciones entre Estado y sociedad.

La defensa democrática debe evaluarse, por tanto, por su contribución a la soberanía popular, la seguridad humana y el respeto efectivo de los derechos.

La agenda que se desprende del volumen puede formularse en cinco líneas: control parlamentario y transparencia de los acuerdos de defensa; límites estrictos al empleo militar en seguridad interna; evaluación pública de costos y dependencias tecnológicas; fortalecimiento de mecanismos regionales de solución pacífica de controversias; y educación para la paz vinculada con justicia social y protección ambiental.

La idea de América Latina y el Caribe como Zona de Paz adquiere así contenido institucional y no solo declarativo. En ese horizonte cobra sentido la afirmación que atraviesa el libro: la paz no es mera ausencia de conflicto, sino una construcción de justicia, autonomía y dignidad colectiva.

Acceso al libro

 

Para acceder al libro en archivo PDF, ingresar al siguiente enlace:

Entrenamiento, bases y militarización en América Latina. La OTAN y Estados Unidos en América Latina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Scroll al inicio