¿QUEQUÉ? /
Al aproximarse el bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá (se instaló el 22 de junio de 1826) convocado por el Libertador Simón Bolívar, América Latina sigue enfrentando la disputa geopolítica entre dos corrientes de pensamiento: el bolivarismo, que busca la integración y autonomía de las naciones latinoamericanas, y el monroísmo, que representa la influencia y dominación de Estados Unidos en la región. Esa fue una de las premisas de la exposición que hizo la senadora Clara López Obregón durante su participación en el panel sobre el tema de la integración en el marco de la X Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias Sociales (CLACSO) que se realiza en Bogotá entre el 9 y 12 de junio.
Durante estos cerca de 200 años de la realización del Congreso Anfictiónico, América Latina ha enfrentado la “geopolítica de los fuertes y débiles”, expresó la congresista, quien se refirió a los retos que en materia de integración tiene la región en el nuevo panorama multipolar que está surgiendo en el siglo XXI, con la irrupción de China como potencia global.

En ese sentido, explicó, es evidente la necesidad de una geopolítica de integración que contrarreste los intereses de las élites nacionales alineadas con EE.UU. y que promueva la soberanía de los países del Sur.
A pesar de los esfuerzos por crear instancias de integración como UNASUR y CELAC, la polarización ideológica ha obstaculizado la consolidación de estas iniciativas. Sin embargo, América Latina debe buscar la autonomía en un contexto de competencia entre potencias, reafirmando el sueño de Bolívar de una integración efectiva para preservar la soberanía.
Monroísmo vs. Bolivarismo: la disputa geopolítica de América Latina
El texto de la disertación de la senadora López Obregón es el siguiente:
La América al sur del Río Grande se ha debatido entre dos grandes corrientes de pensamiento:
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El bolivarismo, heredero del espíritu del sueño de Bolívar, cuya proyección se remontaba a Miranda, de crear una gran Confederación de Naciones libremente acordada que se malogró en la desafortunada secuela del Congreso Anfictiónico de Panamá de Tacubaya en las afueras de Ciudad de México y tan cerca de Estados Unidos, citada en Panamá para culminar el trabajo allí realizado, pero que no pudo formalmente sesionar entre 1826 y1828, cuando finalmente se disolvió.
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El monroísmo, fruto de la doctrina del Destino Manifiesto de los padres fundadores de Estados Unidos que llevaron a las trece colonias independizadas en 1776 a ocupar menos de un siglo después, el grueso del continente de Norteamérica, mediante la guerra, la anexión y la compra.
Alrededor de la tensión entre estas dos corrientes se desenvuelve la geopolítica en América Latina, que es a la vez ideología de poder para el monroísmo y herramienta emancipadora para el bolivarismo.

La geopolítica de los fuertes
La concepción de dominación de la “geopolítica de los fuertes” contenida en las sucesivas expresiones de la política internacional expansionista de los Estados Unidos, desde la Doctrina Monroe y su corolario Roosevelt (de Theodore no Franklin) con la política del “Gran Garrote” (Big Stick), reformulada para la post segunda guerra mundial en “estrategia de contención” (Spykman–Kennan thesis of containment) de la Unión Soviética de la Guerra Fría; hasta el panamericanismo explicitado en la política del “Buen Vecino” de Franklin Delano Roosevelt y la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy, reemplazado por el impulso globalizador del Consenso de Washington, después del fin de la Guerra Fría. Ahora se vislumbra una segunda Guerra Fría por la competencia declarada por EE. UU. con China desde su Estrategia de Seguridad convertida en política explícita por el presidente Biden y profundizada por Trump.
La geopolítica de los débiles
La geopolítica de los débiles parte del análisis del fracaso del esfuerzo anfictiónico en el que sucumbió el proyecto de la Liga de Naciones de Bolívar. Este proyecto, en contraste con el de los Padres Fundadores de Estados Unidos, no fue de incorporación de territorios por medio de la guerra, anexión o compra sino de un intento fracasado de unificación de naciones independientes en una confederación de iguales, por medio de acuerdos y tratados.

La geopolítica de la integración
A partir de estos antecedentes, en el espíritu del Congreso Anfictiónico se desarrolla la necesidad de concretar, 200 años después, la geopolítica de la integración, signada por los esfuerzos de los gobiernos progresistas contemporáneos por formalizar los instrumentos de una integración efectiva, frente a la reacción de los sectores representados en las élites nacionales tradicionales, atadas a los intereses económicos de Estados Unidos. En este contexto se ubica el éxito de la consigna de NO ALCA en Montevideo en 2003 cuando fracasó el proyecto de creación de una zona de libre comercio que involucraba a todas las Américas y el surgimiento de la resistencia de los movimientos sociales latinoamericanos en defensa de lo comunal, el territorio, la vida y la Madre Tierra; contraparte autonómica, étnica y feminista enfrentada al hegemonismo de EE.UU. y hasta de los propios Estados nacionales.
En la coyuntura actual de cambio de equilibrio del poder mundial y en la perspectiva de sacar adelante una política internacional multipolar como reafirmación de autodeterminación, se plantea el imperativo de la integración, no solo comercial, sino política, económica, de seguridad, salud, cultural, que permita a los países del Sur y el Caribe preservar su soberanía dentro de un no alineamiento conjunto, frente al recrudecimiento de la política del Gran Garrote adoptada por el presidente Trump.

La América Mediterránea y la América ABC
En este contexto, recobran máxima relevancia los escritos de Nicolas Spykman, quien escribió a comienzos de los años cuarenta del siglo pasado y contribuyó a sentar las bases académicas de la estrategia de la contención de la Unión Soviética que ha utilizado Estados Unidos a lo largo de la Guerra Fría y hasta nuestros días, ahora frente a China. Concibe al hemisferio occidental como dos continentes separados por la que denomina la América Mediterránea compuesta por los países que tienen litoral sobre el Mar Caribe y la Sur América ABC (por Argentina, Brasil y Chile) que todavía hoy no está conectada por tierra y que para los efectos constituye un continente separado o de ultramar respecto de Estados Unidos.
Por su gran distancia, la América ABC goza de una independencia relativa de los Estados Unidos, aunque de retar su hegemonía sería enfrentada con la guerra, recordemos Las Malvinas, cuando EE.UU. se apartó de la activación del TIAR en la OEA para apoyar a Inglaterra en la guerra contra Argentina. En cambio, la América Mediterránea reviste una importancia estratégica vital para los Estados Unidos pues es el puente entre Norte y Sur América y también entre el Océano Atlántico y el Pacífico a través del istmo de Panamá. Sobre ella, Estados Unidos ejerce absoluta superioridad naval y aérea “que puede ser desafiada sólo por fuerzas de fuera de la zona, ya sea en América del Sur o en Europa o Asia”. De ahí que, para América Central, el Caribe, “México, Colombia y Venezuela esto implique una posición de total dependencia respecto de Estados Unidos” que la considera fundamental para su propia seguridad nacional.
Geopolítica de la integración como geopolítica de los débiles
Esta realidad geopolítica ha frenado el sueño de Bolívar y los reiterados esfuerzos de integración de los países latinoamericanos y explica el surgimiento de formas de resistencia geopolítica. Se trata de la estrategia ya mencionada que el profesor Andrés Rivarola Puntigliano de la Universidad de Estocolmo ha sistematizado como la Escuela Latinoamericana de la geopolítica de la integración. Siguiendo al académico escandinavo Ola Tunander, la denomina la “geopolítica de los débiles”. Su objetivo explícito es “mostrar que la región no solo ha sido receptora, sino que aporta interpretaciones y contribuciones propias con respecto al pensamiento geopolítico … siendo una de las más importantes de dichas contribuciones: la geopolítica de la integración” … síntesis de distintas corrientes de pensamiento (que constituyen) una perspectiva geopolítica particular, desde la periferia.

En clave anfictiónica, el proyecto de Miranda y Bolívar de crear una gran Nación o Liga de Naciones Suramericana representa también una inclinación hacia la concentración territorial, pero se diferencia claramente de la estadounidense en el método de lograrla: la acuerdo y no la imposición. Cuando el proyecto de la independencia suramericana era apenas un sueño, ya en Estados Unidos se miraba su posterior unificación con recelo. James Monroe, el mismo de la declaración que lleva su nombre, entonces embajador de EE. UU. en Francia (1794-1796), al enterarse del proyecto de Miranda que sería también el de Bolívar, expresó en carta a su gobierno:
“No podemos permitir que el general Miranda desarrolle una vasta nación en el continente americano, este proyecto desde su óptica debemos detenerlo a como dé lugar, ya que una nación con esa característica sería el acabose de la nuestra, que apenas la forman las trece colonias que se liberaron de Inglaterra. Una nación de las dimensiones que la ve el general Miranda sería única, ya que la inmensa mayoría de esos pueblos hablan español, tiene la misma religión y las mismas costumbres”.
Dos visiones de integración enfrentadas
La oposición de Estados Unidos a la unión y la integración autónoma de la América Latina y el Caribe ha sido y seguirá siendo una constante. En el debate posterior a la caída del muro de Berlín, la tensión entre el panamericanismo liderado por Estados Unidos, heredero del monroísmo, y la integración latinoamericana vista como autonomía y heredera del bolivarismo, sigue vigente. Hoy se presentan en simultánea dos visiones de integración enfrentados en las consideraciones ideológicas de los gobiernos que las impulsan. El reto consiste en avanzar con base en el consenso que solo puede encontrarse a partir del diálogo fundado en el interés superior de las naciones y no en el de las parcialidades de los gobiernos. Solo así se podría construir el sueño de la unión latinoamericana.

A partir de la entrada en escena, por primera vez, de presidentes de distintos matices de izquierda a gobernar un número elevado de países de la región que coincidió con el resquebrajamiento del mundo unipolar regido por Estados Unidos, se puso a prueba el principio de pluralismo que se predicaba en las instancias de integración. Por fuera de la OEA e incluso en su seno, se retomó la confrontación entre las dos visiones geopolíticas, la estadounidense y la latinoamericanista de carácter autonómico impulsada por el progresismo latinoamericano. Se desarrolló rápidamente un ambiente de polarización, según la orientación política e ideológica del gobierno de turno de cada país. En este nuevo contexto, la región enfrentó no solo nacionalismos continentales, sino diferencias en los modelos socioeconómicos a seguir, lo cual agudizó las contradicciones entre quienes aceptan la dependencia y quienes activamente pretenden superarla. Estos escenarios de contradicción se expresan también al interior de cada uno de los países, con consecuencias sobre los procesos e instancias de integración regional.
Esfuerzos por construir instancias efectivas de integración regional
El Grupo de Río
En 1991, con el cambio geopolítico de la desintegración soviética y la inauguración de un mundo unipolar, el Parlamento Latinoamericano había expedido una declaración exhortando al Grupo de Río, instancia de consulta y concertación periódica de los jefes de Estado de la región, para que creara la Comunidad Latinoamericana de Naciones. Con antecedentes en el Grupo de Contadora (México, Colombia, Venezuela y Panamá) que jugó un papel crucial en la devolución de la zona del Canal de Estados Unidos a Panamá y del Grupo de Apoyo a Contadora (Argentina, Brasil, Perú y Uruguay) que fueron cruciales en la consecución de la paz en Centroamérica, el Grupo de Río fue un foro político integrador y de reivindicación regional autónoma.
La CELAC

El Grupo de Río funcionó entre 1986 y 2010 cuando se decidió crear la anhelada Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que por primera vez reunió a los 33 países del Sur y del Caribe. Esta tiene dentro de sus objetivos, tanto la promoción de la integración regional y del desarrollo sostenible como la cooperación política, pero con la enorme limitación de que no es un organismo estructurado, sino un foro intergubernamental para el dialogo y el acuerdo político.
UNASUR
Con la creación de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) en 2008 se había retomado la senda de la integración política autonómica de Sur América que se había abandonado desde la creación de la OEA. Según el Tratado Constitutivo, el objetivo general objetivo era:
Tratado Constitutivo de UNASUR: “Artículo 2. Objetivo: construir, de manera participativa y consensuada, un espacio de integración y unión en lo cultural, social, económico y político entre sus pueblos, otorgando prioridad al diálogo político, las políticas sociales, la educación, la energía, la infraestructura, el financiamiento y el medio ambiente, entre otros, con miras a eliminar la desigualdad socioeconómica, lograr la inclusión social y la participación ciudadana, fortalecer la democracia y reducir las asimetrías en el marco del fortalecimiento de la soberanía e independencia de los Estados”.

Llama particularmente la atención uno de los objetivos específicos por su coincidencia con el surgimiento de movimientos sociales organizados y protagónicos: “La consolidación de una identidad suramericana a través del reconocimiento progresivo de derechos a los nacionales de un Estado Miembro residentes en cualquiera de los otros Estados Miembros, con el fin de alcanzar una ciudadanía suramericana”. Con UNASUR, se regresa por la senda del integracionismo autónomo en la tradición geopolítica hemisférica del Congreso Anfictiónico de Panamá.
La presencia en UNASUR de gobiernos de diversidad ideológica y la regla del consenso convenida para adoptar decisiones permitía avizorar que finalmente Sur América había encontrado el camino medio del pluralismo “que no responde ni a las teleologías ‘neobolivarianas’ ni a la imagen de dos América Latinas enfrentadas por divisorias ideológicas” para avanzar en su integración.
Sin embargo, la polarización ideológica se interpuso y determinó la disolución de UNASUR que podría denominarse el experimento más avanzado de integración de los débiles logrado hasta el presente en América del Sur. Con el regreso de gobiernos conservadores a partir de 2018, uno a uno fue denunciando el tratado constitutivo hasta quedar solo tres miembros, Venezuela, Surinam y Guyana. La causa inmediata fue la división continental sobre el cambio de gobierno en Venezuela impulsado por el Grupo de Lima y los Estados Unidos, pero en el fondo el problema real es la confrontación entre el panamericanismo heredero del monroísmo y el bolivarismo autónomo que no ha encontrado punto de conciliación que permita la formación de consensos sobre temas de interés común, entre países y al interior de estos.

PROSUR
En reemplazo de UNASUR, los gobiernos de corte conservador crearon en 2019 el Foro para el Progreso de América del Sur (PROSUR), “un mecanismo y espacio de diálogo y cooperación de todos los países de América del Sur, para avanzar hacia una integración más efectiva, que permita el crecimiento, progreso y desarrollo de los países suramericanos”. Sin Tratado, ni organismos de dirección, ni estructura para sacar adelante proyectos comunes, PROSUR alimenta el elevado número de instancias de integración del continente que llegan al medio centenar.
Al igual que con los esfuerzos de integración económica, las instancias de integración política autónoma no se han podido consolidar. La única que sobrevive y actúa es la OEA, hija del panamericanismo y fuertemente influenciada en su accionar por los Estados Unidos. Los jefes de Estado que comparten cumbres periódicas están en mora de ofrecer al continente un mecanismo de consenso para la toma de decisiones vinculantes que permita avanzar en medio del pluralismo político.

El nuevo entorno geopolítico
Mientras la América del Sur y del Caribe deba someterse a las decisiones de los Estados Unidos, la división será insuperable. Con todo, el cambiante entorno geopolítico internacional está abriendo espacios para la toma de decisiones autónomas en materia internacional. Conquistar esos espacios es el reto contemporáneo de América Latina. El camino de los BRICS, el Banco del Sur, el acceso a la cooperación con China de la Ruta de la Seda son caminos para adelantar el interés nacional de cada país, pero un campo minado para las relaciones con los Estados Unidos. Los países de la América Mediterránea que describió Spykman están ante la disyuntiva de seguir su propio interés nacional y determinar libremente sus opciones de política exterior y perder la relación con Estados Unidos en lo que se perfila como una segunda guerra fría.
Frente a esta disyuntiva, América Latina está llamada a buscar niveles de autonomía frente ambas potencias en clara competencia por liderar el poder mundial, insistir en el sueño anfictiónico de Bolívar para fortalecer mediante la integración la soberanía que la dispersión no puede garantizar. La geopolítica de la integración autónoma como geopolítica de la emancipación de los débiles se vislumbra como el mejor camino para mantener control sobre el propio destino. En los doscientos años del Congreso Anfictiónico sigue por concretarse el ambicioso y necesario sueño del Libertador.



