POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /
A lo largo de la historia, la relación entre poder, hipocresía y corrupción ha sido un tema recurrente en la literatura y en la realidad política y económica mundial. La reciente polémica en torno del escándalo de los archivos del pedófilo Jeffrey Epstein, que vinculan al cuestionado presidente Donald Trump y a magnates de diversos países, pone de relieve una vez más cómo el poder puede encubrir y normalizar prácticas aberrantes bajo una fachada de virtud y respetabilidad. Esta dinámica fue denunciada con crudeza en el siglo XVIII por el marqués de Sade en uno de sus textos de ficción considerado maldito y prohibido durante siglos.
En ‘Los 120 días de Sodoma’, el marqués de Sade retrata a cuatro poderosos aristócratas que, amparados por su estatus social y económico, se entregan a los más atroces excesos y perversiones en un castillo apartado. Sade no solo describe con detalle las aberraciones cometidas, sino que, más allá del escándalo, ofrece una crítica feroz a la hipocresía de la élite: aquellos que públicamente se presentan como modelos de virtud y moralidad, en privado ejercen un poder absoluto que les permite transgredir todos los límites éticos y humanos.
La novela, en su radicalidad, desenmascara el doble discurso de una aristocracia que legisla sobre el bien común mientras se reserva el derecho a actuar impunemente. El cinismo y la doble moral son, para Sade, inherentes al ejercicio del poder cuando este no encuentra límites externos ni internos.
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El caso Epstein-Trump: la máscara contemporánea del poder
Los archivos relacionados con Jeffrey Epstein, y las conexiones que involucran a Donald Trump y a otros magnates y dirigentes político, exponen una estructura de poder que, bajo la apariencia de respetabilidad, oculta prácticas y redes de explotación y abuso. La capacidad de estos individuos para evadir la justicia, manipular la opinión pública y mantener intacta su reputación, recuerda los mecanismos de encubrimiento y cinismo descritos por Sade más de dos siglos atrás.
El caso Epstein-Trump no es solo un escándalo mediático; es la muestra de cómo, aún en sociedades modernas, el poder económico y político puede blindarse contra la rendición de cuentas, perpetuando una cultura de impunidad similar a la que Sade denunció en la Francia prerrevolucionaria.
La vigencia de esta novela radica en su capacidad para revelar que la hipocresía, el doble discurso y el cinismo no son defectos aislados, sino elementos estructurales de ciertas redes de poder. Tanto en la ficción como en la realidad actual, el poder en un deleznable sistema capitalista se disfraza de virtud, mientras oculta tras bambalinas prácticas que atentan contra la dignidad y los derechos humanos.
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El paralelismo entre la obra de Sade y el caso Epstein-Trump invita a reflexionar sobre la necesidad de mecanismos efectivos de control y transparencia, y sobre el peligro de permitir que el poder económico y político actúe sin límites éticos ni legales. La literatura, en este sentido, sigue siendo una herramienta fundamental para desenmascarar y cuestionar las estructuras de poder que, tras la fachada de respetabilidad, reproducen formas de abuso y dominación.
La novela maldita del marqués de Sade y el caso Epstein-Trump comparten una denuncia esencial: la hipocresía de quienes, desde la cima del poder, dictan normas para el resto mientras se reservan el privilegio de transgredirlas. La historia y la literatura nos recuerdan que la vigilancia y el cuestionamiento del poder son imprescindibles para evitar que el cinismo y el doble discurso sigan marcando la pauta en nuestras sociedades.
Interpelación a la lógica del poder, la violencia y la hipocresía social
‘Los 120 días de Sodoma’, escrita por Donatien Alphonse François de Sade, conocido como el marqués de Sade, constituye una de las obras literarias más radicales y polémicas de todos los tiempos. Redactada en pleno siglo XVIII, en el contexto de una Europa convulsa por las tensiones sociales y políticas previas a la Revolución francesa, la novela desafía los límites de la representación, la moral y la censura, convirtiéndose en un texto maldito que, lejos de perder vigencia, sigue interpelando la lógica del poder, la violencia y la hipocresía social.
Es una obra que debe ser analizada desde una óptica integral a partir de sus dimensiones literaria, moral, política y social, atendiendo a su contexto histórico, su recepción y censura, así como su influencia en el pensamiento moderno y su proyección en el siglo XXI.

El marqués de Sade (1740-1814) fue testigo y protagonista de una Francia marcada por el absolutismo, la decadencia de la aristocracia y el surgimiento de nuevas ideas ilustradas. Proveniente de la nobleza, su vida estuvo atravesada por escándalos, persecuciones judiciales, encarcelamientos y exilios, resultado tanto de su conducta libertina como de sus escritos transgresores. ‘Los 120 días de Sodoma’ fue redactada en 1785, durante su reclusión en la Bastilla, en condiciones precarias y sobre un rollo de papel diminuto, lo que da cuenta del carácter clandestino y urgente de la obra.
El contexto de represión y vigilancia, sumado a la inminencia de la revolución, imprime a la novela un tono de desafío y denuncia contra el orden establecido, en particular contra la doble moral y el cinismo de la aristocracia de su época.
La novela se organiza en torno a una trama central: cuatro poderosos libertinos –un duque, un obispo, un banquero y un magistrado– se aíslan en un castillo junto a víctimas y cómplices para entregarse durante 120 días a la satisfacción sistemática y progresiva de sus deseos más perversos. El relato se estructura en cuatro partes, correspondientes a cada mes, donde se narran distintas “historias” de perversiones, relatadas por mujeres experimentadas en el arte de la transgresión.

El estilo narrativo oscila entre la enumeración fría y detallada de actos atroces y la ironía, configurando un catálogo exhaustivo de la depravación humana. Los personajes principales encarnan el poder político, religioso, económico y judicial, lo que refuerza la tesis central de Sade: la corrupción y el abuso no son anomalías, sino inherentes a la lógica de los poderes instituidos.
Desde el punto de vista literario, ‘Los 120 días de Sodoma’ destaca por su estructura sistemática y casi matemática: cada día corresponde a una nueva perversión, creando un inventario que, lejos de buscar el placer estético, apunta a la saturación y el hastío. El lenguaje, deliberadamente neutro y objetivo, intensifica el horror al despojar a los actos de cualquier justificación emocional o moral.
El simbolismo es patente: el castillo aislado representa la separación de la elite del resto de la sociedad; los cuatro libertinos, la amalgama de poderes que actúan impunemente; las víctimas, la humanidad sometida. La obra, además, subvierte las convenciones novelescas de su tiempo, renunciando a la psicologización y al desarrollo narrativo tradicional, para construir un “catálogo” de transgresiones que funciona como espejo deformante de la sociedad de la época dieciochesca.
Sade lleva al extremo la crítica a la moral convencional: los protagonistas, amparados en su posición y en el aislamiento, ejercen la violencia y la perversión como afirmación de su libertad absoluta, despojando a la moral de cualquier fundamento trascendente.

La novela denuncia la hipocresía, el doble discurso y el cinismo de una aristocracia que, tras la fachada de virtud, oculta prácticas aberrantes. Sade no busca justificar ni embellecer la crueldad, sino exponerla en su crudeza, forzando al lector a confrontar la desaparición de los valores humanísticos y la lógica de la dominación. La obra, así, se convierte en un laboratorio extremo sobre la complejidad de la naturaleza humana donde se exploran los límites de la libertad, el deseo y la ley, anticipando debates filosóficos sobre el mal, la responsabilidad y la autonomía.
En el plano político y social, ‘Los 120 días de Sodoma’ es una alegoría despiadada sobre el ejercicio del poder. Los libertinos, representantes de los poderes fácticos, utilizan su posición para someter, humillar y destruir, sin más límite que su voluntad. Sade despoja al poder de cualquier legitimidad ética, como lo hiciera en el siglo XVI Maquiavelo en su clásico ‘El príncipe’, mostrando su esencia desnuda: la capacidad de decidir sobre la vida y la muerte de los otros.
El castillo, cerrado al mundo exterior, simboliza la impunidad y el aislamiento de las elites, mientras que la organización meticulosa de las perversiones revela la racionalización burocrática de la violencia. La desaparición de los valores humanísticos no es sólo una consecuencia, sino una condición necesaria para el funcionamiento de este “teatro de la crueldad”, donde la ley se convierte en instrumento de opresión.
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La historia de la recepción de ‘Los 120 días de Sodoma’ está marcada por la censura y el escándalo. El manuscrito, perdido tras la toma de la Bastilla y recuperado a comienzos del siglo XX, fue considerado durante décadas un texto prohibido, objeto de persecución judicial y moral. Sin embargo, su influencia en el pensamiento moderno es innegable: Michel Foucault lo lee como una exploración radical de la sexualidad y el poder; Georges Bataille destaca su función subversiva; Simone de Beauvoir reconoce en Sade una crítica precoz a la opresión y la doble moral.
La obra ha sido reinterpretada por el psicoanálisis, la filosofía y la teoría crítica, pasando de ser símbolo de obscenidad a referente de la reflexión sobre los límites de la libertad, la ley y el deseo.
Proyección en el siglo XXI
En el siglo XXI, ‘Los 120 días de Sodoma’ continúa generando debates en torno al poder, la moral y la libertad. Su vigencia radica en la capacidad de interpelar las formas contemporáneas de dominación, la banalización de la violencia y la persistencia de la hipocresía social.
En una era marcada por la proliferación de discursos sobre derechos humanos y la transparencia, la obra de Sade nos obliga a preguntarnos por los mecanismos ocultos de poder y la fragilidad de los valores éticos frente a la lógica de la instrumentalización. Además, el texto sigue siendo objeto de censura y controversia, lo que evidencia la incomodidad que provoca su mirada descarnada sobre la condición humana y las estructuras sociales.

Esta novela considerada “maldita” es mucho más que un catálogo de perversiones: es una obra desafiante que desnuda la lógica del poder y la hipocresía de las élites oligárquicas dominantes, anticipando los grandes debates filosóficos y políticos de la modernidad.
Su estructura, su lenguaje y su contenido polémico invitan a una reflexión profunda sobre los límites de la representación, la moral y la libertad. A pesar –o quizá por causa– de la censura y el escándalo, el legado intelectual de Sade permanece vigente, recordándonos la necesidad de confrontar las zonas oscuras de la sociedad y de la naturaleza humana, así como de repensar críticamente la relación entre poder, deseo y ley.
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