mayo 25, 2026 2:33 am
Antiimperialismo latinoamericano: una sensibilidad cultural e histórica y un repertorio de acción colectiva

Antiimperialismo latinoamericano: una sensibilidad cultural e histórica y un repertorio de acción colectiva

POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /

El antiimperialismo latinoamericano constituye una de las tradiciones intelectuales y políticas más persistentes de la región. No se reduce a una reacción episódica frente a agresiones externas, sino que conforma una gramática de interpretación histórica, una sensibilidad cultural y un repertorio de acción colectiva orientado a pensar la dominación, la soberanía y la emancipación.

Su trayectoria enlaza la crítica al colonialismo ibérico, la desconfianza frente a los nuevos poderes imperiales del siglo XIX, la denuncia de la subordinación económica propia del capitalismo periférico, las luchas nacional-populares del siglo XX y, más recientemente, las discusiones sobre neoimperialismo, financiarización, extractivismo, poder tecnológico y disputas geopolíticas en un orden mundial en transformación.

Desde esta perspectiva, el antiimperialismo no es solo negación del imperio: es también una afirmación de autonomía, integración regional, justicia social y capacidad popular para decidir el propio destino histórico.

Antiimperialismo: conceptos y enfoques

El campo semántico del antiimperialismo exige distinguir, aunque sin aislar completamente, varias nociones clave. Por imperialismo puede entenderse, en un sentido clásico, la expansión del poder de un Estado o de un bloque de poder más allá de sus fronteras mediante mecanismos militares, políticos, económicos y culturales.

En la tradición marxista, el concepto fue asociado a la internacionalización del capital, la concentración monopólica y la disputa entre potencias por mercados, materias primas y áreas de influencia. En un sentido más amplio, imperialismo remite a una estructura jerárquica del sistema internacional en la que ciertas potencias condicionan la soberanía efectiva de otras sociedades.

Colonialismo, en cambio, designa una relación de dominación más directa, basada en la ocupación territorial, la administración externa y la subordinación jurídica y racial de poblaciones colonizadas. Si bien el colonialismo puede ser una forma de imperialismo, no todo imperialismo adopta la figura colonial clásica.

La noción de dependencia fue decisiva para la reflexión latinoamericana del siglo XX. Permite explicar por qué la independencia formal de los Estados no eliminó su subordinación material.

La dependencia alude a una inserción estructuralmente desigual en la economía mundial: exportación de bienes primarios, vulnerabilidad financiera, transferencia de excedentes, restricción tecnológica y subordinación de las estrategias nacionales de desarrollo a centros externos de decisión.

A su vez, intervención nombra el conjunto de acciones por las cuales un poder externo influye, presiona o interfiere en la política doméstica de otro país, ya sea por medios militares, diplomáticos, económicos, judiciales, mediáticos o encubiertos.

En América Latina, la memoria de bloqueos, invasiones, tutela diplomática, apoyo a golpes de Estado y condicionalidades financieras convirtió la idea de intervención en un eje constitutivo del imaginario antiimperialista.

El prefijo anti no debe interpretarse únicamente como oposición negativa. En el plano teórico, delimita un punto de vista relacional: ver la historia latinoamericana desde las tensiones entre dominación y autonomía. En el plano político, designa una toma de partido. Ser antiimperialista implica identificar estructuras de subordinación, nombrar adversarios, construir solidaridades y proyectar alternativas.

Por eso el antiimperialismo puede expresarse en distintos registros ideológicos, desde republicanismos radicales y nacionalismos populares hasta marxismos, indigenismos, pensamientos decoloniales y corrientes latinoamericanistas. No existe una única escuela antiimperialista, sino una constelación de enfoques que combinan historia intelectual, geopolítica, economía política, sociología del Estado, estudios culturales y análisis de movimientos sociales.

Desde un enfoque histórico, el antiimperialismo aparece como una tradición sedimentada en coyunturas críticas: independencias, guerras, ocupaciones, ciclos de reforma, revoluciones y restauraciones conservadoras.

Desde la geopolítica, se lo entiende como lectura de la posición subordinada de la región en el sistema mundial y como respuesta a las estrategias de control territorial, marítimo, energético y comercial de las grandes potencias.

Desde la economía política, ilumina la articulación entre capital transnacional, élites locales y formas de acumulación dependiente.

Desde la sociología y la crítica cultural, permite estudiar cómo la dominación se naturaliza en el sentido común y cómo la resistencia produce símbolos, lenguajes, memorias y horizontes de pertenencia colectiva.

En conjunto, estos enfoques muestran que el antiimperialismo latinoamericano es tanto una crítica de las relaciones internacionales como una reflexión sobre las fracturas internas de nuestras sociedades.

Tradiciones y repertorios: del siglo XIX al “primer antiimperialismo”

Los antecedentes del antiimperialismo latinoamericano se encuentran ya en la etapa independentista, aunque entonces la noción no había adquirido todavía su formulación moderna. En Simón Bolívar aparece una intuición decisiva: la independencia política solo tendría viabilidad histórica si se acompañaba de unidad regional y capacidad estatal suficiente para resistir nuevas formas de tutela externa.

En la Carta de Jamaica, Bolívar describió la violencia colonial española y anticipó la fragilidad de las nuevas repúblicas frente a la fragmentación interna y las presiones extranjeras. Su proyecto confederativo, expresado también en el Congreso Anfictiónico de Panamá, buscó impedir que la emancipación derivara en subordinación renovada. Aunque su horizonte estaba marcado por las limitaciones de las élites criollas de su tiempo, introdujo un problema fundamental del pensamiento latinoamericano: la relación entre soberanía, integración y equilibrio de poder continental.

José Martí llevó ese diagnóstico a una formulación más nítidamente antiimperialista. En el contexto de la independencia cubana y del ascenso de Estados Unidos como nueva potencia hemisférica, Martí advirtió que la emancipación inconclusa de Nuestra América podía desembocar en una nueva subordinación.

Su crítica no se dirigía solo al colonialismo español, sino también a la expansión política, económica y cultural del norte anglosajón. La oposición entre Nuestra América y la América imperial condensó una intuición central del antiimperialismo posterior: la defensa de la soberanía exige también afirmación cultural, conocimiento de las realidades propias y rechazo de las élites que gobiernan con categorías ajenas.

El pensamiento martiano no fue un antiimperialismo cerrado o esencialista, sino una política de autoconocimiento y de equilibrio entre universalismo y experiencia histórica latinoamericana.

El año 1898 suele considerarse un momento decisivo del primer antiimperialismo latinoamericano. La guerra hispano-estadounidense y la ocupación de territorios caribeños hicieron visible el pasaje de una región recién salida del colonialismo ibérico a otra fase de predominio hemisférico. A partir de entonces se multiplicaron redes intelectuales, periodísticas y políticas que denunciaron el “peligro” del expansionismo estadounidense y pensaron la unidad continental como defensa frente al nuevo imperialismo.

Ese primer antiimperialismo fue, en buena medida, una constelación de ensayistas, diplomáticos, educadores, periodistas y militantes que circularon ideas de soberanía, unión latinoamericana y crítica de la dependencia. Su importancia radica en haber transformado una percepción dispersa de amenaza en una tradición argumentativa de largo alcance.

En estos repertorios decimonónicos y de fin de siglo se consolidó además un imaginario duradero de dominación y resistencia. América Latina fue representada como espacio de despojo, fragmentación y tutela, pero también como comunidad histórica posible.

El antiimperialismo nació así estrechamente ligado al latinoamericanismo, a la idea de Patria Grande y a la convicción de que la soberanía nacional aislada era insuficiente frente a poderes imperiales de escala mayor. Esta articulación entre nación y región reaparecerá una y otra vez en el siglo XX y en el debate contemporáneo.

Experiencias nacional-populares y radicalización antiimperialista en el siglo XX

Durante el siglo XX el antiimperialismo dejó de ser exclusivamente una sensibilidad intelectual y pasó a articularse con Estados, partidos, sindicatos, movimientos campesinos, organizaciones estudiantiles y procesos revolucionarios. Las experiencias nacional-populares de la primera mitad del siglo, con sus diferencias internas, compartieron una preocupación por la soberanía económica, la industrialización, la ampliación de derechos sociales y la limitación del poder de las oligarquías asociadas al capital extranjero.

A partir de ese marco de referencia, procesos como el cardenismo en México, el varguismo en Brasil y el peronismo en Argentina elaboraron discursos y políticas que, sin ser idénticos entre sí, cuestionaron la subordinación externa e intentaron fortalecer la capacidad reguladora del Estado. El antiimperialismo apareció entonces unido al nacionalismo económico, la justicia social y la construcción de un pueblo políticamente integrado.

La segunda gran inflexión ocurrió entre las décadas de 1960 y 1970. La Revolución cubana reorganizó el horizonte político regional y convirtió el antiimperialismo en un lenguaje de liberación nacional, socialismo y solidaridad tricontinental. La influencia de la descolonización afroasiática, el tercermundismo y las luchas de liberación nacional reforzó la idea de que América Latina formaba parte de una estructura mundial de dominación que excedía la relación bilateral con Estados Unidos.

En este período, el antiimperialismo se radicalizó al asociarse no solo con la defensa de la soberanía estatal, sino con la transformación de las estructuras de clase, la reforma agraria, el control de recursos estratégicos y la confrontación con aparatos represivos internos vinculados a la seguridad hemisférica.

En el plano intelectual, la teoría de la dependencia ofreció uno de los aportes más originales del pensamiento latinoamericano. Frente a visiones desarrollistas lineales que suponían que todos los países podían recorrer la misma ruta hacia la modernización, los dependentistas mostraron que el subdesarrollo no era un estadio previo del desarrollo, sino el producto histórico de una inserción subordinada en el capitalismo mundial. Esta mirada permitió comprender que el imperialismo operaba no solo como agresión externa visible, sino como reproducción estructural de jerarquías productivas, financieras y tecnológicas.

Más tarde, los enfoques de la colonialidad del poder ampliaron el diagnóstico al subrayar que la dominación moderna en América Latina no se reduce a la economía, sino que incluye clasificaciones raciales, jerarquías epistémicas y patrones culturales heredados de la conquista y rearticulados en la modernidad capitalista.

El antiimperialismo de los años sesenta y setenta fue, por ello, una formación compleja. Convivieron en él nacionalismos revolucionarios, marxismos, cristianismos de liberación, corrientes guerrilleras, sindicalismos clasistas y proyectos reformistas de izquierda. También fue un campo atravesado por tensiones: entre nación y revolución continental, entre vía armada y vía institucional, entre liderazgo estatal y autonomía popular.

Las dictaduras de seguridad nacional y la coordinación represiva regional buscaron desarticular este ciclo mediante violencia masiva, disciplinamiento social y reestructuración neoliberal. Sin embargo, la huella antiimperialista persistió como memoria, lenguaje político y reserva crítica frente al orden impuesto.

Cultura, política e imaginarios de resistencia

El antiimperialismo latinoamericano nunca fue solo una doctrina política; también fue una poética, una pedagogía y una forma de sensibilidad histórica. La literatura ensayística, la novela social, la poesía militante, el muralismo, la canción de protesta, el cine político y múltiples prácticas artísticas ayudaron a traducir en imágenes y afectos la experiencia de la dominación.

En esos registros se elaboró una narrativa de saqueo, humillación y dependencia, pero también de dignidad popular, comunidad continental y esperanza emancipatoria. La cultura fue el espacio donde la denuncia de las intervenciones extranjeras se conectó con la crítica a las oligarquías locales, al racismo, al elitismo y a la extranjerización de las élites.

Desde una perspectiva sociológica, esta dimensión es crucial porque muestra que el antiimperialismo no opera solo en programas partidarios o documentos doctrinarios. Se reproduce en escuelas, universidades, sindicatos, movimientos estudiantiles, iglesias de base, editoriales, revistas, centros culturales y organizaciones territoriales. Sus lenguajes circulan en conmemoraciones, consignas, símbolos patrióticos resignificados y memorias de lucha. De allí que el antiimperialismo pueda reaparecer, aun en contextos de retroceso político, como un repertorio disponible de interpretación de la crisis.

Cuando las sociedades perciben que la desigualdad, la deuda, la pérdida de recursos estratégicos o la judicialización de la política están conectadas con poderes externos, ese repertorio vuelve a activarse con nuevas modulaciones.

Asimismo, la relación entre cultura y política impide entender el antiimperialismo como una mera reacción estatal. Muchas de sus expresiones más duraderas nacieron en el terreno de la crítica cultural y de la producción simbólica: en la pregunta por quién narra América Latina, con qué categorías se la piensa y desde qué jerarquías se la juzga. Por eso, una parte central de la tradición antiimperialista consiste en disputar el derecho a nombrar el mundo desde la experiencia histórica latinoamericana, sin traducirla automáticamente a modelos ajenos.

Reconfiguraciones contemporáneas: nuevas formas de poder y vigencia del antiimperialismo

En el siglo XXI, el antiimperialismo latinoamericano enfrenta un escenario más complejo que el de sus formulaciones clásicas. Las relaciones de dominación no desaparecieron, pero se volvieron más reticulares, financieras, tecnológicas y jurídico-mediáticas.

Hablar hoy de neoimperialismo supone reconocer que el poder global no se ejerce únicamente mediante ocupaciones militares o imposiciones diplomáticas abiertas, sino también a través de la deuda, las cadenas globales de valor, la financiarización de las economías, la captura tecnológica, la extracción intensiva de bienes comunes, la gestión desigual de patentes y datos, la concentración de plataformas digitales, la injerencia de organismos internacionales y formas sofisticadas de desestabilización política como la guerra jurídica conocida con el apelativo anglosajón de ‘lawfare’.

América Latina sigue ocupando una posición subordinada en la división internacional del trabajo, ahora tensionada por la competencia entre grandes potencias, la disputa por minerales estratégicos, energía, biodiversidad y corredores logísticos.

Esta mutación obliga a revisar las continuidades y rupturas con las tradiciones previas. La continuidad más evidente reside en la persistencia de la asimetría estructural: la región continúa expuesta a presiones externas que condicionan sus márgenes de decisión. Sin embargo, las mediaciones cambiaron. Ya no basta con identificar una única potencia imperial ni con reducir la dominación a la relación centro-periferia en su versión más clásica. El orden actual combina declive relativo de la hegemonía estadounidense, ascenso de China, multipolaridad conflictiva, poder de corporaciones transnacionales y centralidad de infraestructuras financieras y digitales.

Esta situación abre oportunidades de diversificación externa, pero también riesgos de nuevas dependencias. Un enfoque antiimperialista actualizado no puede idealizar automáticamente cualquier desplazamiento geopolítico; debe analizar críticamente si las nuevas vinculaciones amplían la autonomía regional o reproducen extractivismos, endeudamiento y primarización por otras vías.

Los lenguajes contemporáneos del antiimperialismo son, por ello, más heterogéneos. Se expresan en luchas por soberanía alimentaria, energética, sanitaria y tecnológica; en críticas al ‘lawfare’ y a la judicialización de liderazgos populares; en debates sobre militarización, seguridad y fronteras; en resistencias socioambientales frente al extractivismo; en demandas indígenas y afrodescendientes que articulan colonialismo histórico y despojo presente; en feminismos populares que vinculan reproducción de la vida y crítica a la acumulación; y en reivindicaciones de integración regional frente a la fragmentación.

El antiimperialismo actual se desplaza así desde una narrativa estrictamente estatal a una red de conflictos donde soberanía, democracia, justicia social y defensa de los bienes comunes se entrecruzan.

Su vigencia, sin embargo, no elimina sus límites. A veces el lenguaje antiimperialista puede volverse meramente retórico, encubrir autoritarismos domésticos o simplificar conflictos complejos atribuyéndolos de manera exclusiva al enemigo externo.

Una lectura crítica exige evitar tanto la despolitización liberal que niega las asimetrías globales como el reduccionismo que absuelve a las élites locales, a las burocracias estatales o a las formas internas de dominación.

La potencia del antiimperialismo radica precisamente en articular ambas escalas: mostrar cómo lo externo y lo interno se coproducen en estructuras de dependencia, y cómo la emancipación requiere transformar al mismo tiempo la inserción internacional y el orden social doméstico.

Vigencia del antiimperialismo

Considerado en perspectiva histórica, el antiimperialismo latinoamericano aparece como una tradición política y cultural de larga duración que enlaza independencia inconclusa, crítica de la subordinación externa, imaginación regional y búsqueda de justicia social.

Desde Bolívar y Martí hasta las experiencias nacional-populares, la Revolución cubana, la teoría de la dependencia y las discusiones actuales sobre neoimperialismo, esta tradición ha ofrecido un vocabulario para nombrar la desigualdad entre naciones y para interpretar las mediaciones internas que la hacen posible. Su rasgo más fecundo no es la mera denuncia del poder externo, sino la articulación entre soberanía, integración, democratización social y producción de conocimiento propio.

En el presente, el antiimperialismo conserva vigencia en la medida en que ayuda a leer críticamente un escenario atravesado por deuda, extractivismo, subordinación tecnológica, disputa entre potencias, guerra jurídica, concentración mediática y crisis ecológica. Ofrece herramientas para identificar continuidades históricas en formas nuevas de dominio y para pensar la autonomía más allá de fórmulas nostálgicas.

Pero esa vigencia depende de su capacidad de renovarse: de incorporar la crítica feminista, ecológica, indígena y decolonial; de evitar esencialismos geopolíticos; y de no separar la dominación global de las desigualdades de clase, raza, género y territorio que estructuran la región.

En ese sentido, el antiimperialismo sigue siendo menos una consigna cerrada que una caja de herramientas crítica para pensar América Latina como problema histórico abierto y como horizonte de emancipación todavía en disputa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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