POR JEAN FLORES QUINTANA /
Ante la indolencia gubernamental, los estudiantes secundarios y universitarios asumen nuevamente su protagonismo histórico.
Los letreros de las bencineras marcan hoy cifras inalcanzables, convirtiendo el alza brutal de los combustibles en una verdadera asfixia para las familias chilenas. Esta realidad actúa como el detonador material de un descontento urgente e inevitable. José Antonio Kast, el mandatario nazi-pinochetista lleva alrededor de un mes en La Moneda, tiempo suficiente para que su gestión de esta crisis energética demuestre una sumisión absoluta a los grandes capitales.
El Gobierno ultra neoliberal impone un aumento histórico de 370 pesos por litro en la gasolina y de 580 pesos en el diésel, montos que representan un misil directo contra la línea de flotación económica de las mayorías. Con el kilo de pan superando la barrera de los 3.500 pesos, el hambre golpea las puertas de los barrios populares.

Ante la indolencia gubernamental, los estudiantes secundarios y universitarios asumen nuevamente su protagonismo histórico: saltan los torniquetes de la injusticia y encienden la llama de la resistencia en las calles, respaldados por el sonido ensordecedor de los cacerolazos desde todas las poblaciones de Chile.
La derecha chilena exhibe su rostro más cínico y entreguista. Este mismo sector político, que aplaudió con entusiasmo el secuestro del presidente Nicolás Maduro y festejó los bombardeos de Donald Trump y Benjamin Netanyahu contra Irán, demuestra hoy su rotundo fracaso frente a los impactos de la crisis mundial. Atacan a Venezuela, Irán y Cuba precisamente porque estas naciones representan el ejercicio real de la soberanía política y económica, mostrando caminos de autodeterminación alejados de los dictámenes de Washington.
Kast y sus aliados desprecian esa soberanía, prefiriendo importar las crisis de sus amos del norte para traspasar el costo íntegro a la clase trabajadora chilena. De paso, blindan las intocables ganancias de las corporaciones extranjeras y avanzan rápido en el desmantelamiento de la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP). Entregar el negocio estratégico de la importación a un puñado de empresas privadas aliadas del oficialismo significa consumar, a plena luz del día, el saqueo de los recursos del pueblo chileno.
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El pomposo «Plan de Reconstrucción Nacional» de Kast constituye un fraude monumental, una coartada perfecta mediante la cual el Gobierno ultraconservador ejecuta una descarada transferencia de riqueza hacia la oligarquía. Reducen el impuesto corporativo a las megaempresas del 27 al 23 por ciento amparados en la eterna excusa de promover la inversión. Peor aún, financian este regalo a los poderosos recortando los fondos de la gratuidad universitaria, precarizando cada vez más la vida de las familias movilizadas.
Exigen austeridad extrema al pueblo común, mientras aprueban aumentos de sueldo millonarios para ellos mismos. Ver al propio Presidente de la República fijando su salario por sobre los 10 millones de pesos mensuales, en el mismo instante en que la inflación devora el sueldo mínimo en tiempo récord, resulta una burla indignante.
Frente a esta angustia social, la respuesta oficial consiste en represión pura y dura. Militarizan las estaciones de Metro en Santiago, invocan la Ley de Seguridad del Estado de manera automática y preparan decretos de Estado de Excepción. Buscan silenciar mediante las armas un reclamo nacido del hambre y la incertidumbre, intentando ocultar con carros lanzaguas el desastre económico provocado por ellos mismos a puertas cerradas.
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Queda claro que el «orden» de Kast significa el orden de los cementerios y el disciplinamiento autoritario de los estómagos vacíos: prometieron seguridad en campaña y entregaron un encarecimiento insostenible de la vida.
La soberanía representa el derecho irrenunciable de un pueblo a defenderse frente a las imposiciones del libre mercado y los intereses del Pentágono. La movilización popular constituye la respuesta legítima frente a un bloque de poder dispuesto a regalar el país a los buitres financieros, demostrando nuevamente que la resistencia ciudadana avanza con paso firme e indetenible.



