POR VALMIRO RANGEL RANGEL
Mi deber como ciudadano libre y militante de la izquierda democrática, desde la década de los 70 cuando inicié mis estudios en Medellín, en la Universidad de Antioquia, es el de expresar mi opinión sin temor a que algunos no les guste (problema de ellos), de paso les hago saber, que no soy de ninguna tendencia, simplemente soy militante del Pacto Histórico, por lo tanto, no me interesa congraciarme con nadie. Esto lo digo porque mi segundo escrito causó escozor, al tocar el aspecto religioso, algo muy sensible en un país donde quienes abrazan las ideas conservadoras y que por lo regular mutan hacia el fascismo (con todas sus mojigaterías y bandideces), se creen más gente que los demás- “la gente de bien”-, ¡Vaya, vaya!
Decía en el escrito anterior que los fascistas para ganarse el fervor de las masas, en su meta estratégica de acceder al poder y mantenerse en él, entre muchas estratagemas, utilizan dos que son muy recurrentes a través de la historia: una falsa religiosidad y un falso nacionalismo.

Hoy nos vamos a referir al falso nacionalismo: este se materializa, en nuestro caso, con los símbolos patrios y con el uso de la camiseta de la selección de futbol. Recordemos que en el Gobierno de Uribe se restauró el Escudo Nacional, aumentándole de tamaño a la expresión, “Libertad y Orden”, que está escrita en el blasón de este; y a todas las manifestaciones que convocaba su partido, les solicitaba a los asistentes que usaran la camiseta de la Selección Colombia. También el entonces presidente en mención puso de moda que, cuando se entonara el himno nacional, todos los colombianos sin excepción, nos colocáramos la mano en el pecho, como símbolo de expresión del amor patrio y por lo del eslogan de mano firme corazón grande.
El uso de los colores de nuestra bandera y el apropiarse de la camiseta amarilla de la Selección Colombia como símbolo de su campaña por Abelardo de la Espriella, no es ninguna casualidad. Así como afirmó que era ateo, también expresó que el fútbol no le gustaba; sin embargo, en vez de presentarse con soluciones concretas a la zona de desastre por el terremoto del pasado 10 de agosto, lo que hizo fue aparecer con varios balones de futbol que llevaban impresos el logo de su partido: “Defensores de la Patria”. Para muchos incautos eso fue un acto ridículo, para mi mirada crítica, este episodio aparentemente torpe fue una jugada fascista de falso amor por los niños y el futbol; que se ha convertido en el deporte principal para todos los colombianos.

Quienes quieran profundizar en este tema, los remito a que investiguen, cómo dictadores y presidentes fascistas como Mussolini, Hitler, Francisco Franco en España y Jair Bolsonaro en Brasil, utilizaron el futbol como instrumento de transmisión y de dominación ideológica y política.
A Mussolini, como Abelardo, no le gustaba el futbol, pero cuando se percató de las enormes posibilidades que brindaba el balón para ganarse a la opinión pública; con el oportunismo que los caracteriza, aprovechó el momento. Sabía que el fútbol es un deporte de masas y por tanto ahí era donde debía dirigirse. Su Gobierno necesita el apoyo popular, y ese apoyo popular se encontraba en el balón.
Para los fascistas el fútbol era algo más que un deporte, ya que El fútbol como fenómeno político, es un instrumento eficaz para construir un “unanimismo” en torno de un Duce, Fürer, Tigre…, que con el embeleco de la “Unidad Nacional”, lo que se inicia es la construcción y el fortalecimiento del partido único y de masas del futuro dictador, característica fundamental de fascismo. Y de paso utilizan este deporte como herramienta de propaganda, control social y adoctrinamiento de las masas.

No entraré en detalles de cómo, Mussolini, valiéndose de artimañas, trampas, intimidaciones y hasta llegar amenazar de muerte a jugadores y al técnico de la selección, Vittorio Pozzo, logró que Italia fuera bicampeona mundial en 1934 y 1938. El Duce les ganó a Franco y a Hitler, porque tenía más poder que ellos en esa época, pero estos también actuaron como aquel.
No quiero terminar, sin contar este episodio que viví en Sao Paulo, Brasil, en el año 2019 cuando el Gobierno fascista de Bolsonaro estaba en todo su esplendor: transitaba con uno de mis hijos por la Avenida Paulista, el 30 de junio de ese año (domingo por la tarde). Inesperadamente observamos que en sentido contrario al nuestro venía una manifestación, que ocupaba los ocho carriles de esa gran avenida. Nos imaginamos que la manifestación terminaba ahí al frente de donde estábamos nosotros, donde se había instalada una gran tarima y así fue. Mi acompañante se sorprendió, cuando a medida que se nos acercaba la manifestación, que gritaba elogios para Bolsonaro e improperios contra Lula, yo lo agarraba por el hombro y le decía: “Esto era lo que yo quería ver. Tómale fotos a esa vaina”. Imagínense: todos los manifestantes, llevaban puesta la camiseta verde amarela de la selección brasilera. Quienes encabezaban la manifestación, llevaban dos enormes banderas de Brasil, precedidas por dos grandes pasacalles; en el primero decía: “Deus acima de tudo” y en el segundo: “A Pátria acima de tudo”. Aquí se resume todo lo que he venido afirmando, sobre el uso del falso nacionalismo, la falsa religiosidad y el uso de la camiseta convertida en fetiche como factor de enajenación mental.

Pero la tapa de todo fue el motivo de esa manifestación: apoyar a Sergio Moro, el entonces ministro de Justicia que metió preso a Lula da Silva, para que Bolsonaro, su jefe, ganara las elecciones. Obviamente que lo apresó sin ninguna prueba y cuando afloró la verdad, Lula, quedó libre y volvió a ganar la Presidencia. Esto mismo es lo que pretende hacer Abelardo de la Espriella con Gustavo Petro, a través del ‘Libro de la Verdad’ que tiene cien acusaciones sin ninguna prueba, con las que pretende encarcelarlo; aplicando así, el libreto fascista de utilizar el poder y los instrumentos del Estado, sobre todos los judiciales, –‘lawfare’-, para acusar, perseguir y castigar a los opositores.



