POR OMAR ROMERO DÍAZ /
El factor de la «estupidez colectiva»: el ascenso de Abelardo de la Espriella no habría sido posible sin un caldo de cultivo social.
Fanatismo vs. razón: se ha documentado que su Gobierno ha priorizado el «fanatismo ideológico y religioso» sobre la preparación técnica. Esto crea un entorno donde la fe en el líder reemplaza el análisis racional.
Hay algo más peligroso que la fe y la maldad: la estupidez cuando se convierte en obediencia colectiva. No hablamos de falta de inteligencia. Hablamos de personas que renuncian a pensar por sí mismas y prefieren repetir lo que dice un líder, un partido o una ideología. Ahí empieza el problema.
Se defiende la mentira porque la dijo “uno de los nuestros”. Se justifica la injusticia porque la cometió nuestro grupo. Se rechaza cualquier crítica sin siquiera escucharla. Ya no importa la verdad; importa tener la razón. Y cuando eso ocurre, la razón pierde terreno frente al fanatismo como ocurrió en Colombia durante las últimas elecciones presidenciales.
Una sociedad así es fácil de manipular, porque quien no cuestiona termina creyendo cualquier cosa que le repitan suficientes veces.
Por eso ningún dirigente, partido o ideología o medio de comunicación, debe estar por encima de nuestra capacidad de pensar.

No necesitamos seguidores ciegos. Necesitamos ciudadanos capaces de cuestionar, incluso a quienes apoyan. Porque la verdadera libertad no consiste en repetir lo que otros dicen, sino en tener el valor de pensar con cabeza propia.
Y aquí está la parte más incómoda: quien renuncia a pensar termina siendo útil para quienes sí piensan y deciden por él.
Mientras unos manipulan, otros repiten. Mientras unos defienden sus intereses, otros los justifican creyendo que defienden los suyos.

Ese es el triunfo de la estupidez: no necesita tener la razón, solo necesita suficientes personas dispuestas a repetirla.
Por eso pensar, cuestionar y exigir razones no es un lujo. Es una forma de resistencia. Porque cuando dejamos de pensar, dejamos de ser ciudadanos y nos convertimos en instrumentos de quienes tienen el poder.



