POR OMAR ROMERO DÍAZ
La ultraderecha y la oligarquía colombiana repiten el mismo libreto de siempre: que ayudar a los pobres arruina la economía, que regular el mercado espanta la inversión, que garantizar derechos es “populismo”.
Mienten. Y lo saben.
Si el mercado se regulara solo, no existirían trabajadores pobres. Si la riqueza realmente “gotea”, no habría hambre en barrios donde la gente trabaja de sol a sol. La verdad es brutal y sencilla: la pobreza no es un error del sistema, es su negocio.

El Gobierno del Cambio cometió un pecado imperdonable para la oligarquía: recordar que el Estado no existe para proteger fortunas, sino para proteger vidas. Por eso lo atacan. No por incompetente, sino por incómodo.
Cuando el Estado interviene para subir salarios, fortalecer lo público, recuperar recursos estratégicos o ponerle límites al poder financiero, la oligarquía grita “comunismo”. No porque sea cierto, sino porque se les acaba el festín.
Hablemos con hechos, no con miedo. Los países con mejor calidad de vida del mundo no son capitalismos salvajes. Son economías de mercado reguladas, con justicia social. Suecia, Noruega, Alemania, Finlandia, Dinamarca, Singapur.

Todos permiten empresa privada. Ninguno permite que el dinero gobierne sin control.
En Alemania, los trabajadores deciden en las grandes empresas. En los países nórdicos, los salarios se negocian colectivamente. Noruega convirtió su petróleo en riqueza del pueblo, no de una minoría. Singapur entendió que, si la vivienda es solo negocio, la sociedad se quiebra.
¿Eso destruyó la economía? No. La fortaleció. Lo que sí destruye países es el modelo que la oligarquía y la ultraderecha defiende con cinismo: salarios miserables, salud como negocio, educación como privilegio, vivienda como mercancía.

Un modelo donde el que nace pobre está condenado a seguir siéndolo. Por eso el Cambio molesta. Porque rompe la mentira de que no hay alternativa. Porque demuestra que gobernar para el pueblo no es radical, es eficiente.
La oligarquía no quiere reformas. Quiere retroceder. Quiere volver al país donde el Congreso bloquea, los medios maquillan y el pueblo obedece.
En 2026 no está en juego un nombre ni un partido. Está en juego si seguimos siendo una república para unos pocos o una democracia para las mayorías.

No nos dejemos engañar por los mismos de siempre, los que prometen en campaña y saquean en el poder. Los que hablan de “libertad” mientras condenan a millones a sobrevivir.
Aquí no defendemos dogmas económicos. Defendemos dignidad humana.
El Cambio no es un capricho. Es una necesidad histórica. Y por eso, pase lo que pase, el Cambio se defiende, se profundiza y se continúa.
Porque cuando el pueblo avanza, la oligarquía tiembla.



