febrero 12, 2026 1:25 am
El peligro de seguir creyendo que la concentración de riqueza garantiza estabilidad económica

El peligro de seguir creyendo que la concentración de riqueza garantiza estabilidad económica

EDITORIAL TSC /

Durante lo que va transcurrido el Gobierno del presidente Gustavo Petro, los gremios empresariales en Colombia encabezados por ‘figuras’ de tesitura neoliberal como Bruce Mac Master (ANDI) y Jaime Cabal (Fenalco) a través de los medios corporativos de propiedad a su vez de los potentados grupos económicos y financieros del país se han dedicado a propagar un relato apocalíptico: hablan de “incertidumbre”, “desconfianza inversionista” y un supuesto “colapso económico” que, como en la “mano invisible” de Adam Smith, ni se ve ni se palpa en la actual coyuntura colombiana.

Los denominados “cacaos” con sus medios de manipulación quieren hacerle creer al país que están siendo asfixiados por un Gobierno que apenas ha comenzado a corregir las injusticias históricas. Se victimizan, posan de ‘patriotas’ preocupados por la economía nacional, cuando en realidad lo que temen es perder privilegios.

Lo que en realidad molesta a estos poderosos no es una política económica fallida, porque los números muestran lo contrario. Lo que les incomoda profundamente es que por primera vez se cuestione su papel intocable en la economía nacional. Que se hable de reforma laboral, pensional, o tributaria desde una óptica de justicia social y no desde los balances contables de sus fortunas. Que un gobierno les diga, sin rodeos, que la riqueza no puede seguir siendo patrimonio exclusivo de unos pocos mientras el pueblo sobrevive con migajas.

En un discurso reciente, el presidente Gustavo Petro fue claro: no se trata de expropiar, sino de dignificar. Dignificar al pueblo trabajador, al microempresario asfixiado por los monopolios, a la mujer excluida del sistema económico, al campesino históricamente desplazado y a la juventud popular a la que se le han negado los sueños. En ese llamado directo a la oligarquía, Petro puso sobre la mesa una verdad que incomoda: que los grandes empresarios no son dioses de la economía, que sus fortunas se han levantado gracias al trabajo de millones de trabajadores y a políticas estatales que durante décadas les favorecieron.

La historia no puede repetirse. Colombia no puede seguir atrapada en sus “cien años de soledad”, donde una élite decide, explota y acumula mientras el resto del país aguanta hambre y violencia. El país no se construyó desde los clubes exclusivos ni desde las oficinas de los CEO. Se levantó con el esfuerzo de los obreros, de los profesores, de las madres comunitarias, de los campesinos y de los jóvenes sin oportunidades.

Hoy, cuando ese pueblo empieza a exigir un lugar digno en la mesa, los “cacaos” responden con amenazas veladas, con fuga de capitales, con discursos incendiarios. No aceptan el diálogo «de tú a tú», porque se resisten a ver al pueblo como su igual. Pero ese pueblo ya no está arrodillado. Se ha levantado, exige respeto y está dispuesto a construir una democracia donde la economía esté al servicio de todos, no solo del 1 %.

El verdadero peligro para Colombia no es un gobierno que propone cambios. El verdadero peligro es seguir creyendo que la concentración de riqueza garantiza estabilidad. Esa fórmula ya fracasó. La paz no vendrá de la caridad empresarial ni del crecimiento del PIB en manos de pocos. Vendrá de un modelo económico donde el bienestar se distribuya con equidad, donde los que más tienen dejen de actuar como si fueran los únicos que cuentan.

Porque lo que los grandes empresarios no quieren reconocer y ya es hora de que lo hagan, es que este país no es viable si solo unos pocos ganan. Que la riqueza, para ser legítima, debe estar al servicio de la vida digna. Y que la transformación que Colombia necesita, les guste o no, pasa por compartir.

*Nota elaborada con el aporte de nuestro colaborador Omar Romero Díaz.

 

 

 

 

 

 

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