octubre 29, 2026 3:21 am
El peso del hormigón y el pulso de las aulas: cuando Serbia rompió el espejo del poder

El peso del hormigón y el pulso de las aulas: cuando Serbia rompió el espejo del poder

Terremoto político en Serbia: fin de la era del Gobierno conservador de Vučić y auge de la Lista de Estudiantes.

RESUMEN AGENCIAS /

Hay tragedias que se quedan sepultadas en el luto cotidiano y hay otras que actúan como fallas tectónicas bajo los cimientos de los regímenes. Lo ocurrido el pasado domingo 25 de octubre de 2026 en Serbia pertenece sin duda al segundo orden. El país balcánico no acudió a las urnas a ratificar un programa económico ni a sopesar promesas partidistas; acudió a estampar un veredicto definitivo contra doce años de hegemonía conservadora ininterrumpida.

Dieciséis muertos bajo una marquesina mal construida en la ciudad Novi Sad, al norte de país, a orillas del Danubio, bastaron para despertar dos años de plenos, marchas y huelgas. El día de elecciones, ese movimiento estudiantil sin jefe que participó en la jornada hastiado ante la indolencia del Gobierno conservador logró convertir el duelo en mayoría absoluta: 53,7 % de los votos, 141 escaños y una participación récord del 69 % que ha puesto fin a doce años de Aleksandar Vučić, obligado a admitir la derrota en su propia sede.

Serbia no ha votado un programa: ha votado un veredicto.

Serbia es un país ubicado en el sudeste de Europa, en la península balcánica. Tiene una población cercana a los 6.6 millones de habitantes y su capital es Belgrado.

Todo comenzó bajo los escombros de la marquesina mal construida en Novi Sad. Esas dieciséis vidas aplastadas por la negligencia y la desidia institucional bastaron para encender una mecha que el poder subestimó. Lo que en principio brotó como un grito visceral de dolor se transformó, a lo largo de dos años de protestas universitarias, marchas intermitentes y huelgas de resistencia, en una maquinaria cívica tan implacable como horizontal.

Frente a las estructuras verticales y herméticas del partido gobernante, este movimiento estudiantil sin rostros jerárquicos ni jefes mesiánicos logró lo que parecía imposible: inocular la esperanza en una sociedad hastiada por la sombra de la corrupción y el desgaste democrático. El resultado electoral habla por sí solo y disipa cualquier atisbo de duda estadística.

Aleksandar Vučić, arquitecto y timonel de la política serbia desde 2012, se vio abocado a admitir la derrota desde la propia trinchera de su sede partidaria, obligado a mirar de frente el final de una era. El bloque surgido de las aulas y las calles no solo ha conquistado la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional: ha demostrado que la desfachatez institucional y el control férreo de los resortes del Estado pueden derrumbarse, tal y como ocurrió en Novi Sad, cuando los cimientos están carcomidos por la injusticia.

El presidente conservador serbio Aleksandar Vučić aceptó su derrota frente al nuevo liderazgo político de la Lista de Estudiantes que ganó ampliamente los comicios adelantados del pasado 25 de octubre de 2026.

Serbia ha cambiado de rumbo, recordándole a Europa que, a veces, un pedazo de hormigón caído es suficiente para despertar la conciencia entera de una nación.

La propuesta ganadora la Lista de los Estudiantes (Student List) en lo material ha girado alrededor de promover políticas públicas de vivienda asequible y una reforma laboral que ponga fin a la precariedad y temporalidad.

Estas elecciones, planteadas en clave plebiscitaria contra Vucic, suponían la conclusión de un largo proceso de manifestaciones y contestatario ante el partido de gobierno. Un fin de ciclo en última instancia, un grito de hartazgo de una gran mayoría de la población serbia que, lejos de medidas o posicionamientos ideológicos, ha mandado un claro mensaje a través de las urnas: quieren cambio.

 

La jornada

Hubo colas de dos horas. Hubo 93 colegios electorales en 37 países para la diáspora. Hubo, también, el repertorio de siempre: papeletas fotografiadas, compra de votos, el «voto carrusel», 116 incidentes violentos registrados y escuadras ultraderechistas —los herederos de los dveri de taberna y de los grupos de choque del noveno círculo— desplegadas en el casco histórico de Belgrado y en Novi Beograd para impedir que la oposición tomara las calles antes de que se supiera el resultado. No pudieron.

A las pocas horas, Vučić compareció en la sede del Partido Radical Serbio (SNS): «Es evidente que hemos perdido estas elecciones». Entre 135 y 140 escaños para ellos, 105 para nosotros, dijo. La brevedad del reconocimiento fue, en sí misma, un dato: el hombre que durante doce años especuló con cada recuento, que gobernó por decreto emocional y por aplazamiento, eligió esta vez no alargar la agonía.

En Slavija, en la Plaza de la República, en Novi Sad y en Niš, la noche se volvió una Nochevieja triple. Se desmontó el Ćacilend, el campamento que el régimen mantenía desde 2025 en el parque Pioneiro como escaparate de una base social que ya no existía. La Radio Televisión Serbia (RTS) ofreció disculpas en antena. Varios editores dimitieron.

«Querida Serbia, esta noche se escucha la voz del pueblo. Esta noche celebramos la victoria; mañana construimos el futuro», dijo el profesor Radomir Saičić en la sede de la lista. Dejan Bodiroga, expresidente de la Euroliga y candidato, lo había formulado horas antes en el colegio electoral: «Serbia vota hoy para decidir hacia dónde va: hacia el futuro o hacia el pasado». El eslogan de campaña había sido contundente y exacto: «¿Serbia o la mafia?».

La genealogía de un derrumbe

Sería un error leer el 25-O como un arranque. Es un desenlace.

El 1 de noviembre de 2024 se desplomó la marquesina de hormigón de la estación de tren de Novi Sad. Dieciséis muertos. La obra era un emblema del modelo: contratos adjudicados por vía de excepción, subcontratas en cascada, supervisión china, inauguración con la fanfarria de un proyecto de Estado y, debajo del cemento, el vacío. La investigación periodística fue sustituyendo el relato oficial por el inventario de responsabilidades.

Lo que empezó como un duelo estudiantil en Novi Sad —la ciudad de Ilija Srdanović, el médico cardiólogo que lideró la victoria estudiantil— se convirtió en el movimiento social más grande de la Serbia independiente: huelga general el 24 de enero de 2025, 325.000 personas en Belgrado el 15 de marzo, entre 180.000 y 190.000 en Slavija el 23 de mayo de 2026. Los plenos universitarios, las asambleas de barrio, las marchas de 400 kilómetros a pie, los agricultores con tractores, los veteranos, los profesores de gimnasio.

El régimen respondió con lo de siempre: detenciones, espionaje con el software espía israelí Pegasus —la mayor oleada documentada de vigilancia del país—, campañas de tabloides contra el «cabecilla» Srdanović, fotos manipuladas con Inteligencia Artificial (IA), contramanifestaciones y, finalmente, un cálculo. El primer ministro Miloš Vučević dimitió en enero de 2025; le sustituyó Đuro Macut, un endocrinólogo sin partido, para ganar tiempo. En septiembre de 2026 Vučić disolvió la Asamblea y, el día 27, dimitió de la Presidencia —donde ya no podía repetir— para intentar un regreso al Ejecutivo. Convirtió los comicios en un plebiscito personal. Lo perdió.

Conviene retener esto: el movimiento no nació de un programa, sino de una losa de hormigón mal puesta. La política serbia lleva treinta y cinco años produciendo losas mal puestas.

La historia larga: una transición que nunca fue

Aleksandar Vučić no es un accidente ni un cuerpo extraño. Es el producto más acabado de la matriz que Serbia se dio tras el colapso yugoslavo: militante del radicalismo de Vojislav Šešelj, ministro de Información de Slobodan Milošević entre 1998 y 2000 —es decir, responsable directo de la ley de información que cerró medios independientes durante los bombardeos—, fundador del SNS en 2008 junto a Tomislav Nikolić, y desde entonces el hombre que supo transmutarse de ultranacionalista a «europeísta responsable» sin mudar el método.

Su carrera institucional: Vicepresidente del Gobierno en 2012 en el gabinete de Ivica Dačić, Primer ministro de 2014 a 2017, Presidente de la República de 2017 hasta su dimisión de septiembre de 2026. En 2014 se autoproclamó, sin sonrojo, «la nueva cara de la austeridad»; el FMI le aplaudió; la Unión Europea (UE) le firmó capítulos de adhesión. Y en paralelo construyó lo que la literatura llama captura del Estado: medios bajo control financiero y publicitario, judicatura domesticada, administración convertida en oficina de empleo militante, listas electorales infladas con votos de la diáspora y de los asentamientos informales, un ejército de funcionarios movilizado cada domingo.

Ese modelo tiene un origen concreto y una fecha: la privatización de los años 2000, la más salvaje época neoliberal de la antigua Yugoslavia. Un país que vendió su industria a precios de saldo, a compradores sin capital y con protección política, produjo en una década una oligarquía, una red clientelar y una clase popular pauperizada.

El multipartidismo formal funcionó como coartada: había elecciones, había alternancia cosmética, había urnas. Faltaba lo demás. El Instituto V-Dem clasifica a Serbia como «autocracia electoral» desde 2014; Freedom House, la organización estadounidense ultraconservadora, documentó el resto.

La consecuencia sociológica es la que explica el 25-O: en Serbia, «corrupción» no es un tecnicismo de Bruselas (la capital de facto de la Unión Europea). Es la palabra con la que se nombra la experiencia cotidiana del soborno en el ambulatorio, la plaza en la guardería comprada con un conocido, el hijo colocado, el concurso amañado, el sobre en la obra. Por eso la consigna del movimiento estudiantil no fue «más Europa» ni «menos nacionalismo», sino «¿Serbia o la mafia?». Acertó porque describía un régimen de vida, no una disputa de élites.

La sociología del movimiento: la fuerza de no tener cabeza

La Lista de los Estudiantes es un artefacto político raro: un movimiento de impugnación que se negó a tener jefe durante dos años y que solo aceptó tener cara el día que hubo que tenerla. La identidad acéfala —plenos, mandato revocable, portavoces rotatorios, decisiones por asamblea— no fue un capricho hípster (subcultura urbana): fue una decisión defensiva. Todos los movimientos serbios anteriores murieron absorbidos por un líder al que luego se podía comprar, desgastar o cooptar. Otpor que fue un movimiento político juvenil serbio que surgió en 1998 y falleció en 2004 disolvió su mística en partidos; las protestas de 1996-97 se agotaron en la negociación; el 5 de octubre de 2000 entregó el poder a la misma casta reciclada que hoy administra la corrupción.

Ahora, la apuesta funcionó porque el movimiento no fue solo estudiantil. Fue intergeneracional y transversal: profesores jubilados, médicos, abogados, campesinos, deportistas, la diáspora —que votó en masa— y la Serbia rural, a la que la oposición tradicional nunca había ido. Los candidatos hicieron puerta a puerta en pueblos donde el SNS gobernaba por inercia y por el reparto de favores.

Dirigentes y militantes de la Lista de Estudiantes celebran su contundente victoria electoral.

Doscientos cincuenta candidatos para 250 escaños, sin «carrier» en la papeleta, con perfiles que iban de académicos a agricultores. La lista la encabezó Ilija Srdanović, médico y profesor de Novi Sad, con un currículo de proyectos sanitarios transfronterizos con Croacia —Vukovar, precisamente— que es un pequeño manifiesto en sí mismo.

El movimiento practicó, además, una política prefigurativa: la forma era el mensaje. Asambleas abiertas, transparencia de cuentas, renuncia al personalismo, cuidado del lenguaje. En un país donde la política es espectáculo de bronca, esa sobriedad produjo un efecto de realidad. La gente no votó por un programa detallado: votó por la constatación de que existía una forma de hacer política que no daba vergüenza.

Hay un costo, y hay que decirlo: la ambigüedad ideológica fue el pegamento. La lista fue integrada desde Dveri —ultraconservadores, prorrusos, antivacunas— hasta Verdes, socioliberales, proeuropeístas, el Partido Demócrata y el Movimiento de Ciudadanos Libres. Once puntos programáticos: anticorrupción en lo burocrático, lo legal y lo institucional, lustración, independencia de medios, sanidad y educación públicas, campo y pymes, vivienda asequible, fin de la temporalidad laboral. El mínimo común denominador más alto posible.

Es un programa de reconstrucción institucional con un eje material claro —vivienda y trabajo— que interpela directamente a los jóvenes que no pueden emanciparse. Pero no es un programa de gobierno: es un contrato de convivencia.

La importancia sociopolítica

Primero, el dato duro: por primera vez en la historia de la Serbia multipartidista, un movimiento social extraparlamentario gana unas elecciones y lo hace con mayoría absoluta, contra un aparato que controlaba el 75 % del tiempo de antena de la televisión nacional. Y no gana a pesar del sistema, sino con el sistema: la derrota del ventajismo no fue una epopeya callejera, fue una paliza en las urnas. Eso desmonta la tesis de la invencibilidad del «hombre fuerte» balcánico y, de paso, la de su clientela.

Segundo, la recomposición del sistema de partidos. El SNS pierde 26 escaños, pero conserva 103: no ha desaparecido, y con el control de las estructuras locales, de buena parte del empresariado y de los medios afines seguirá siendo el eje de la oposición.

En cambio, la oposición tradicional sí se ha hundido: el Partido Socialista de Dačić, el SSP de Dragan Đilas, todos por debajo del 3 %.

Tercero, el 25-O reordena el calendario institucional. Serbia es un sistema semipresidencial en el que el jefe del Ejecutivo es la pieza fuerte y el Presidente conserva competencias relevantes —más que en Croacia, mucho más que en Eslovenia—. Con Ana Brnabić como presidenta en funciones desde la dimisión de Vučić, la Presidencia queda como último bastión del aparato.

Cuarto, el efecto regional. Hungría ya había roto el molde en abril con la victoria de Péter Magyar sobre Orbán. Serbia lo replica seis meses después, con la misma mecánica: elección plebiscitaria, participación récord, derrota admitida y celebración callejera. Los dos regímenes se sostenían mutuamente con el relato de la «estabilidad» y el reparto de contratos; los dos han caído ante coaliciones con eje anticorrupción. El arco que va de Viena a Sofía ya no puede presentarse como el «cinturón de la intemperie».

 

Las lecciones para Occidente

La antipolítica no es una fatalidad climática. Durante una década, la socialdemocracia y el liberalismo europeos se consolaron con la idea de que el desapego era estructural y que el único electorado disponible era el del desencanto. Serbia demuestra lo contrario: el desencanto se puede organizar, y cuando se organiza con paciencia y sin atajos, gana. La diferencia entre «hartazgo» y «abstención» no es sociológica: es organizativa.

El eje material vuelve a funcionar: vivienda asequible y fin de la precariedad, en un país con salarios medios de 800 euros y una generación entera emigrada. La coalición ganadora no prometió identidad ni cultura: prometió poder pagar el alquiler. Occidente lleva quince años discutiendo la política como guerra cultural, implementando draconianas políticas neoliberales y ha dejado la vivienda a los fondos buitre. La lección es que el programa material es lo que permite que un verde y un conservador rural compartan papeleta.

La «estabilidad» fue una coartada para la captura. Bruselas y Washington bendijeron a Vučić doce años por ser el hombre que firmaba acuerdos, compraba armamento francés y no rompía con nadie. La factura la pagaron los serbios: una adhesión a la UE congelada, ocho Estados miembros bloqueando clústeres, un país clasificado como autocracia electoral mientras se le llamaba socio fiable.

Ilija Srdanovic, el médico cardiólogo que lidera la victoria de la Lista de Estudiantes en Serbia.

Occidente no debe ahora apropiarse del resultado —ya lo intentó el 26-O con «la puerta de la UE está abierta» de Marta Kos, Von der Leyen, Costa, Merz y Zelenski—, sino pagar la deuda: acelerar la ampliación, condicionarla a los capítulos fundamentales y no a la alineación exterior inmediata.

No exigir pureza ideológica. La Lista de los Estudiantes integra a prorrusos, a soberanistas de Kosovo y a europeístas. Si Occidente hubiera aplicado su test habitual —sanciones a Rusia, reconocimiento de Kosovo—, habría declarado inválido al gobierno más prooccidental que Serbia ha tenido en veinte años.

Serbia no sanciona a Rusia y no reconoce a Kosovo: eso no cambia con los Estudiantes, y no pasa nada. La alineación se compra con inversión, mercado y perspectiva real de adhesión, no con homilías.

La extrema derecha callejera no decide, pero condiciona. Las escuadras que intentaron blindar el centro de Belgrado el domingo 25 de octubre fueron irrelevantes en las urnas y son decisivas en el relato: el SNS ha perdido el monopolio del patriotismo y va a intentar recomponerlo desde el radicalismo mediante una renovación que será, sobre todo, un cambio de envoltorio.

El liderazgo colectivo es una tecnología, no una ingenuidad. La obsesión occidental con el «líder fuerte y reconocible» —el Macron, el Starmer, el candidato de cartel— choca con la evidencia serbia: el movimiento estudiantil ganó porque no se dejó personalizar. Los partidos europeos deberían mirar cómo se sostiene una estructura horizontal sin que se desintegre, en lugar de reírse de ella.

Y la lección incómoda: gobernar es otra cosa. El entusiasmo del 25-O no sobrevive a un invierno de presupuestos. Los Estudiantes heredan un Estado capturado cuyos mandos medios no han sido depurados, una economía que crecía por inyección de capital chino y del Golfo ya se agrieta, un EXPO 2027 con contratos opacos, un diálogo con Pristina congelado desde 2023 y la presión estadounidense sobre el sector energético ruso. Tienen mayoría absoluta y una coalición que se romperá en el primer recorte. El suyo no es el momento del poder: es el momento de la prueba.

 

Los riesgos

El primero es la justicia: si la lustración se queda en simbólica, el movimiento habrá defraudado la expectativa central de sus votantes —«que respondan los de arriba», dijo la gente en las calles la noche del domingo de elecciones—. Si se vuelve venganza, perderá a la mitad de su coalición. El equilibrio entre depuración y reconciliación es la cuadratura del círculo serbia, y nadie lo ha resuelto en treinta años.

El segundo es la gobernabilidad interna: 141 escaños de un arco que va de los ultraconservadores a los verdes. La primera votación de un presupuesto de austeridad será el test real.

El tercero es la tentación del atajo: que la presión de las expectativas empuje a Ilija Srdanović, quien encabeza la Lista de los Estudiantes, a un presidencialismo de salvación que reproduzca lo que el movimiento vino a enterrar.

El cuarto, y el más grave, es la reacción. Un SNS ahora en la oposición con 103 escaños, medios y poder local no es un rival derrotado: es un rival en retirada ordenada, y la retirada ordenada es la forma más eficaz de preparar el regreso.

Serbia ha hecho algo que muy pocas sociedades logran: convertir el duelo por dieciséis muertos en una mayoría parlamentaria sin un solo muerto más. Ha derribado a un hombre que encarnaba el sistema entero —el informante de Milošević reciclado en estadista europeo— y lo ha hecho con papeletas, con colas de dos horas y con una lista encabezada por un médico de provincias.

Lo que viene no está escrito. La diferencia entre un movimiento y un gobierno es la misma que entre un diagnóstico y un tratamiento: el diagnóstico fue impecable, el tratamiento empieza ahora y el paciente lleva treinta y cinco años enfermo.

Occidente haría bien en no mirar para otro lado esta vez; no por generosidad hacia Belgrado, sino porque tiene delante la demostración de que su propia crisis de legitimidad no se cura con estabilidad de cartón, sino con la osadía de dejar que la calle gobierne.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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