POR OMAR ROMERO DÍAZ /
Cuando el presidente Gustavo Petro pronunció aquella frase sobre “los de ojos azules” que dominan el cartel del narcotráfico, el poder mediático colombiano reaccionó con indignación. Lo acusaron de racista, de populista, de exagerado. Pero lo que Petro hizo fue mucho más profundo: rompió el espejo donde el sistema financiero global se mira sin culpa. Puso sobre la mesa la verdad que nadie quiere nombrar: el narcotráfico no se sostiene en los cultivos andinos, sino en los bancos de Wall Street.
La falsa geografía del narcotráfico
Durante décadas, el relato oficial ha culpado a América Latina de ser el epicentro del narcotráfico y Colombia uno de los países alfiles del lucrativo y criminal negocio. Las películas y los noticieros nos repiten la imagen del campesino que siembra coca, del capo con fusil, del avión clandestino que despega en la selva. Pero casi nunca muestran el rastro del dinero.
¿Dónde termina ese dinero? ¿En Belice? ¿En Panamá? ¿O en los bancos de los Estados Unidos?
La respuesta está documentada. The Guardian reveló que Wachovia Bank lavó más de 120 mil millones de dólares provenientes del narco mexicano. Cuando el escándalo estalló, el banco fue “rescatado” y fusionado con Wells Fargo, el quinto más grande de EE.UU. El mismo que luego acusó a México de lavar dinero.

Es el mundo al revés: el lavador histórico señala a los lavados.
Y eso es solo la superficie. Se estima que más de 400 mil millones de dólares de dinero del narcotráfico han pasado silenciosamente por el sistema financiero norteamericano. Sin esos flujos, muchos bancos habrían quebrado en la crisis de 2008. Así de profunda es la simbiosis entre el crimen y el capital.
La ultraderecha y el dinero que no se toca
En Colombia, esa verdad incomoda a quienes siempre han vivido de la sombra del narcotráfico sin mancharse las manos. Políticos, empresarios, medios de comunicación y banqueros que han hecho fortuna gracias a la economía del lavado. No es casual que sectores de la ultraderecha y cuestionados alcaldes cercanos al uribismo viajaron a Washington a pedir que “descertifiquen” a Colombia porque Petro “amenaza la cooperación”. En realidad, lo que Petro amenaza es el circuito financiero que mantiene a salvo el dinero del narcotráfico bajo traje y corbata.
Mientras tanto, los medios hablan desvergonzadamente y sin ningún criterio del “narcoestado latinoamericano”, pero callan frente al narco-capitalismo global, ese que tiene sede en Wall Street y sucursales en los paraísos fiscales donde se refugia el dinero que destruye naciones enteras.

¿Quién controla a quién?
La pregunta de fondo es inquietante: ¿controla el Gobierno de Estados Unidos al narcotráfico, o el narcotráfico es funcional al sistema financiero estadounidense?
El economista Antonio María Costa, exdirector de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, reconoció en 2009 que el dinero del narcotráfico fue “el único capital líquido que mantuvo a flote el sistema financiero durante la crisis global”. Dicho sin eufemismos: sin narco no habría Wall Street.
Por eso Petro incomoda. Porque no habla de campesinos ni de carteles locales. Habla de los carteles de cuello blanco, de los banqueros que lavan más dinero en una semana que un capo en toda su vida. Habla del corrupto sistema financiero como el verdadero corazón del narcotráfico global. Y cuando alguien nombra al poder, el poder reacciona con furia.

La verdad que no se puede censurar
Cuando Petro dice que “los de ojos azules” dominan el narcotráfico, no está hablando de color de piel. Habla del color del poder. Habla de la hegemonía financiera que se disfraza de civilización mientras financia guerras, lava dinero y destruye pueblos.
Y por eso lo atacan: porque está rompiendo el pacto de silencio entre el dinero y la sangre. La ultraderecha colombiana lo sabe. Por eso busca que lo frenen, que lo descertifiquen, que lo silencien. Porque si la verdad se expande, el mito se derrumba. Porque si el mundo entiende que el narcotráfico no es una exportación latinoamericana sino una importación bancaria, entonces la narrativa del poder se desmorona.
El espejo roto

El problema del narcotráfico nunca fue Colombia, ni México, ni Bolivia. El problema es el sistema financiero que necesita el dinero sucio para sobrevivir. El verdadero cartel no está en la selva; está en los edificios de cristal de Manhattan.
Y ese es el mensaje que Petro lanzó al mundo: mientras sigan lavando el dinero del dolor en los bancos del Norte, no habrá paz en el Sur.
El narcotráfico es el espejo roto del capitalismo: refleja el lujo de unos pocos construido sobre la miseria de millones. Y cuando alguien se atreve a señalarlo, los de ojos azules los verdaderos, tiemblan.
Porque ya no es un secreto: el cartel no está abajo. Está arriba.



