septiembre 10, 2026 5:19 am
El retorno del nazismo en Alemania

El retorno del nazismo en Alemania

RESUMEN AGENCIAS /

La victoria de Alternativa para Alemania (AfD) de claro tinte fascista en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt el pasado domingo 6 de septiembre, marca un punto de inflexión en la política alemana con repercusión en la Unión Europea (UE).

La victoria electoral del partido que lidera Ulrich Siegmund rompió el techo de la ultraderecha alemana, aunque no le garantiza el gobierno, altera la aritmética parlamentaria, tensiona el cordón sanitario y convierte al este alemán en el principal laboratorio de la crisis política de la República Federal.

Un resultado que cambia la escala del problema

Esta elección regional produjo un vuelco difícil de reducir a una anomalía local. Según el resultado provisional, Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el 43,8 % de los votos y 39 de los 83 escaños del Landtag (asamblea legislativa). Más que duplicó su 20,8 % de 2021 y dejó a la CDU (Democracia Cristiana) en el 17,2 % y 15 diputados. La participación alcanzó el 77,8 %, un máximo desde la reunificación alemana: no fue una victoria fabricada por la abstención, sino una movilización masiva que benefició sobre todo a la extrema derecha.

El dato decisivo es doble. La AfD ganó con una ventaja de 26,6 puntos sobre la CDU que ostenta el poder a nivel nacional con el canciller Friedrich Merz (en coalición con los socialdemócratas) y conquistó 38 de los 41 mandatos directos, pero quedó a tres escaños de la mayoría absoluta, fijada en 42. Por tanto, la victoria de Ulrich Siegmund no equivale todavía a su investidura. Para gobernar necesitaría un socio, una tolerancia externa o una fractura del rechazo de los demás partidos a cooperar con la AfD.

La alternativa sin la extrema derecha es igualmente excepcional: CDU, SPD (Socialdemocracia), Verdes, Die Linke (izquierda) y BSW (facción de izquierda) suman 44 escaños, de modo que solo una alianza de las cinco fuerzas alcanzaría la mayoría.

El poder antes del gobierno: normalización y bloqueo

Aun si permanece en la oposición, la AfD ya ha adquirido poder político. Puede presentar cualquier coalición alternativa como un pacto de supervivencia del “sistema”, explotar sus contradicciones internas y obligar a los demás partidos a negociar desde una posición defensiva.

El cordón sanitario evita, por ahora, que una fuerza radical acceda al Ejecutivo; al mismo tiempo, cuanto más heterogénea sea la coalición necesaria para sostenerlo, más fácil será para la AfD presentarse como la única oposición coherente.

La calificación de la AfD no es una cuestión meramente retórica. La oficina de protección de la Constitución de Sajonia-Anhalt considera a su organización regional una fuerza de extrema derecha con claros tintes fascistas, acreditada.

Lo indiscutible es que la agenda defendida por dirigentes de la AfD —deportaciones masivas, restricción del asilo, autoritarismo, hostilidad hacia minorías y presión sobre medios públicos y educación— desplaza el debate desde políticas concretas hacia quién puede pertenecer plenamente a la comunidad política.

El este alemán: agravio, inseguridad y oferta política

 

Ulrich Siegmund, el líder de AfD en Sajonia-Anhalt, quien logró un contundente triunfo electoral en los comicios del 6 de septiembre de 2026.

Sajonia-Anhalt perteneció a la desaparecida República Democrática Alemana (RDA) y sigue marcada por la pérdida demográfica, la emigración juvenil, salarios y patrimonios inferiores a los del oeste y una percepción persistente de ciudadanía de segunda categoría. La reunificación modernizó infraestructuras, pero también destruyó numerosos empleos industriales, desarticuló trayectorias profesionales y dejó una memoria de decisiones tomadas desde fuera. Ese trasfondo no determina mecánicamente el voto, pero ofrece un terreno fértil para una fuerza que convierte el agravio social en identidad política.

Los análisis poselectorales apuntan a una combinación de inseguridad material, temor al descenso social, rechazo a la inmigración y desconfianza institucional. La AfD captó antiguos abstencionistas y decenas de miles de votantes de la CDU; además, obtuvo resultados especialmente altos entre trabajadores y personas que declaran dificultades económicas.

La conclusión no debería ser que la precariedad “produce” necesariamente fascismo, sino que la extrema derecha ha logrado organizar políticamente malestares que la izquierda y los partidos de gobierno no han traducido en una promesa creíble de protección, inversión y reconocimiento.

Una derrota federal para Merz

El derrumbe de la CDU es un golpe directo al canciller Friedrich Merz y a la coalición federal entre conservadores y socialdemócratas. La competencia con la AfD empuja a la CDU hacia un dilema conocido: endurecer su discurso para recuperar votantes o preservar una frontera nítida con la extrema derecha.

La primera opción corre el riesgo de validar el marco de la AfD sin desplazarla; la segunda exige ofrecer resultados tangibles en vivienda, salarios, energía, servicios públicos y desarrollo regional.

SPD, Verdes, Die Linke y BSW también enfrentan una prueba. La defensa abstracta de la democracia será insuficiente si no se acompaña de una política material capaz de disputar el voto popular y reconstruir organizaciones locales. Sin embargo, atribuir el crecimiento de la AfD únicamente a los recortes, la política exterior o las élites económicas simplifica el fenómeno.

La extrema derecha posee agencia propia: redes militantes, medios alternativos, campañas digitales, liderazgos reconocibles y un programa nacionalista que convierte conflictos sociales complejos en culpables definidos.

La onda expansiva en la Unión Europea

La elección no modifica por sí sola la política de la Unión Europea, pero sí cambia las expectativas. Alemania ha sido uno de los pilares del consenso europeo en materia fiscal, climática, migratoria y de apoyo a Ucrania. Una AfD capaz de dominar un parlamento regional fortalece a las derechas radicales europeas, intensifica la presión sobre la CDU/CSU para endurecer posiciones y hace más plausible que futuros gobiernos alemanes dependan de electorados crecientemente euroescépticos.

La repercusión más inmediata será discursiva: migración, soberanía nacional, sanciones a Rusia, gasto militar y transición energética serán debatidos bajo una presión mayor de la derecha radical.

A medio plazo, el peligro no reside solo en una eventual retirada alemana del proyecto europeo, sino en una Unión más intergubernamental, menos garantista y más tolerante con retrocesos en derechos fundamentales. El caso de Sajonia-Anhalt ofrece a otros partidos extremistas una prueba de que la marginalidad puede convertirse en hegemonía regional.

El peso de la historia y el verdadero punto de inflexión

La referencia a 1932 —cuando los nazis participaron en un gobierno del Estado Libre de Anhalt— posee una fuerza simbólica evidente, pero no constituye una equivalencia automática. La Alemania de 2026 tiene una Constitución robusta, federalismo, tribunales independientes, sociedad civil organizada y una memoria institucional del nazismo.

Precisamente por ello, el riesgo contemporáneo no debe narrarse como repetición mecánica de la época en que regía la Constitución de Weimar, sino como una erosión gradual: normalización del lenguaje excluyente, debilitamiento de controles, captura de instituciones regionales y adaptación oportunista de los partidos tradicionales.

El punto de inflexión no es, todavía, que la AfD gobierne Sajonia-Anhalt, sino que esa posibilidad ha dejado de ser hipotética. El resultado demuestra que el cordón sanitario, por sí solo, puede contener el acceso al Ejecutivo, pero no revertir una hegemonía electoral.

La respuesta democrática deberá combinar firmeza institucional con una disputa social concreta: reducir desigualdades territoriales, reconstruir servicios y representación en el este, proteger a quienes son convertidos en chivos expiatorios y ofrecer una idea de futuro capaz de competir con la política del resentimiento.

Si los demás partidos se limitan a administrar el bloqueo, la AfD podrá convertir una derrota parlamentaria en el argumento central de su próxima victoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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