POR OMAR ROMERO DÍAZ /
El trabajo no se mendiga: se respeta.
Durante muchos años, en Colombia nos acostumbraron a una idea peligrosa: que tener trabajo era un favor, y que reclamar derechos era sinónimo de problemas. Nos dijeron que “no hiciéramos ruido”, que “mejor agradecer”, que “hay mucha gente esperando ese puesto”. Así, poco a poco, el miedo fue reemplazando la dignidad.
Pero hoy el país está cambiando. Y el mundo del trabajo también.

Desde el Gobierno del Cambio se están tomando decisiones que no son maquillaje ni discursos bonitos. Son reglas nuevas, derechos claros y obligaciones reales para los empleadores. El problema no es que no existan derechos. El problema es que, si no los conocemos y no nos organizamos, no se respetan.
Y aquí hay que decirlo sin rodeos: los derechos laborales no se regalan, se defienden.
A partir de 2026, por ejemplo, muchas excusas se acaban. Ya no pueden descontar el salario por una cita médica, por ir al colegio de los hijos, por atender una citación judicial o por ejercer derechos reconocidos por la ley. Eso no es un favor del jefe, es ley de la República. Negarlo será incumplir la norma.

Además, el Ministerio del Trabajo vuelve a hacer lo que durante años se dejó de hacer: inspeccionar de verdad. Ya no solo con papeles de adorno, sino revisando si hay discriminación, abusos, tercerización ilegal, desigualdad salarial y violencia laboral. Y lo harán sin avisar. Eso cambia todo.
Pero aquí viene la pregunta clave: ¿de qué sirve una buena ley si el trabajador está solo?
La historia laboral en Colombia es clara: cuando el trabajador está aislado, pierde; cuando se organiza, avanza. Ningún derecho que hoy existe cayó del cielo. La jornada de 8 horas, el salario mínimo, las vacaciones, la licencia de maternidad, todo eso fue producto de organización, lucha y solidaridad entre trabajadores.

Por eso hoy más que nunca hay que perderle el miedo a hablar con el compañero, a informarse, a preguntar, a crear comités, a fortalecer sindicatos o formas de organización colectiva. Organizarse no es un delito. El verdadero abuso es impedir la organización.
Quieren que creamos que reclamar es ser conflictivo. Pero conflictivo es no pagar horas extras. Conflictivo es discriminar. Conflictivo es despedir por enfermedad. Conflictivo es usar contratos para esconder relaciones laborales.
El trabajador organizado no es un problema. Es un ciudadano ejerciendo derechos.

Este momento histórico exige algo sencillo pero poderoso: unidad y conciencia. Saber qué dice la ley, guardar pruebas, exigir por las vías correctas y no aceptar que nos digan “eso aquí no se puede”, cuando la ley dice que sí.
El cambio no se sostiene solo desde el Gobierno. Se sostiene desde los lugares de trabajo, desde las fábricas, los hospitales, las oficinas, el campo y las calles. Porque al final, una verdad debe quedar clara: el trabajo no se mendiga, el trabajo se respeta.
Y ese respeto solo se garantiza cuando los trabajadores están informados, organizados y decididos a no volver atrás. continuar en el 2026 con el Gobierno del Cambio, es hacer respetar sus derechos.



