POR ARMANDO NEIRA /
Con la muerte del senador y aspirante presidencial de la oposición Miguel Uribe Turbay, el país entró en un estado de depresión colectiva. En entrevista con la Revista Cambio, el expresidente de la Comisión de la Verdad, padre Francisco de Roux Rengifo, reflexiona sobre por qué no salimos de esta estremecedora espiral de violencia.
A la 1:56 de la madrugada del pasado lunes 7 de junio murió el senador y aspirante presidencial de la oposición, Miguel Uribe Turbay, de 39 años, tras sufrir un ataque a bala durante un mitin en el barrio Modelia de Bogotá.
Desde ese momento, el país entró en una sensación de duelo nacional, acentuada por varias imágenes. La de un padre, Miguel Uribe Londoño, que hace 34 años llevaba en una mano a su hijo y en la otra el féretro de su esposa, la periodista Diana Turbay, muerta por balas disparadas por la policía durante un fallido rescate intentado para salvarla del secuestro en el que la tenía el capo Pablo Escobar; y la imagen de un nuevo huérfano de cuatro años, ante la bandera de Colombia.
El hecho es otra página de una espiral de violencia que no da tregua. La revista Cambio conversó sobre por qué no logramos tener un país en paz con el sacerdote jesuita Francisco de Roux, quien presidió la Comisión de la Verdad.

Cambio: Padre, los médicos que lucharon por salvar la vida de Miguel Uribe Turbay contaron que pusieron todos sus conocimientos científicos en este propósito, junto con su enorme fe. ¿Por qué la fe es tan importante?
Francisco de Roux: Los médicos entregaron su capacidad y su pasión para salvar a Miguel hasta donde estaba en sus manos y no pudieron. Quedaba el milagro. Hay muchos testimonios de sanación o de muerte en paz, cuando científicamente la probabilidad de la curación es cero.
¿Un milagro?
Entrar en el milagro es aceptar la audacia de confiar en el Misterio, sin ninguna seguridad de nada. Porque el milagro se da en el abandono del enfermo en manos de Dios. Y el milagro no es lograr que Dios haga lo que queremos, sino que nosotros aceptemos como de Dios lo que finalmente ocurre. El crimen espantoso contra Miguel ya ocurrió. El milagro ocurrirá cuando aceptemos la verdad que se nos comunica con su muerte.
¿Por qué, en semejante situación de dolor general vivida durante el sepelio del senador Uribe Turbay, emergieron tantas opiniones cargadas de odio?
Porque entre los muchos motivos que mueven la vida de los colombianos predomina el de la desconfianza radical, el impulso a considerar que las desgracias que nos golpean las producen los otros, los malos, de quienes sospechamos que son los enemigos de nosotros, los buenos. Y cada crimen público “da papaya” para que estalle el discurso político que clama que las desgracias de este país las producen los otros, vistos de lado y lado como los malos.

¿Hay excepciones?
Felizmente, como en este caso, emergen las palabras de María Claudia, la esposa, como han emergido las de las víctimas directas, millares de veces, voces para llamar a la paz en medio de la algarabía de odio.
El senador Uribe Turbay era hijo de la asesinada periodista Diana Turbay. ¿Por qué cree usted que no cerramos estos ciclos de violencia? ¿Cómo hacer para salir de ellos?
Nosotros no cerramos espirales de violencia porque no acabamos de abrirnos a la verdad. La verdad más profunda es que seguimos levantando logros en Colombia que terminan en la incertidumbre, porque nos resistimos a reconocer la crisis que llevamos por dentro, personal y colectivamente.
Tras este crimen, ¿a dónde deberíamos ir?
Este asesinato, en lugar de llamar a ahondar el odio, debería llevarnos a vernos en el espejo de más de 3.500 líderes sociales y políticos asesinados. Basta mencionar unos pocos nombres: Gaitán, Galán, Álvaro Gómez, Alfonso Reyes Echandía, Enrique Low, Carlos Urán, la hermana Yolanda, las indígenas Cristina y Yamile, Kimy Pernía, Guillermo Cano, Mario y Elsa, Jaime Garzón, las afro Ana Fabricia y Ruth Alicia, defensores como Eduardo Umaña Mendoza, Nidia Erika y Esperanza Amaris, monseñor Isaías Duarte Cancino, los padres Álvaro Ulcué y Sergio Restrepo, Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro, Guillermo Gaviria, Gilberto Echeverry…

La lista es larga, estremecedora, de gente tan valiosa…
Sí. Cada uno de ellos, con coraje e inspiración, desde siempre o a partir de algún momento, se decidió a luchar por la paz y a unir este país. Dispuestos a revertir esta realidad que produce cientos de miles de víctimas. Ciudadanos muertos en violencia, desposeídos, secuestrados, desplazados. Si ellos y Miguel estuvieran vivos, este país sería distinto.
¿Cómo asimilar el relato del padre del senador, don Miguel Uribe Londoño, quien recordó que hace 34 años, con una mano cargaba el féretro de su esposa, Diana, y con la otra, sostenía al pequeño Uribe Turbay, a quien ahora despide?
La historia del papá que lleva al niño de la mano para enterrar a su mamá muestra el resultado del odio y la codicia que se ensañaron sobre la familia Turbay, en Bogotá y en el Caquetá. Y esa misma historia de padres enterrando hijos, después de que de niños enterraron a su mamá, se ha repetido muchas veces, como lo muestran las fotos de Jesús Abad Colorado en El Testigo de Colombia. Es muy difícil que ese grito de dolor del alma no devore inmediatamente todas las otras intenciones buenas que van con nosotros.
¿Por qué cree usted que muchos sectores se resisten a reconocer la tragedia en la que estamos inmersos y que hay que hacer un alto en el camino?
Esta resistencia a comprender que nosotros, como sociedad, hemos causado una crisis humanitaria que llega hasta la destrucción del otro en la vida pública, es una de las razones de esta espiral de violencia. La otra es la resistencia para enfrentar la verdad de las dinámicas objetivas en las que se alimenta este odio.

¿Cómo cuáles?
- D. R.: El narcotráfico y el entramado de variables que lo alimentan, empezando por la destrucción del campesinado, la corrupción, la impunidad, la exclusión de la inmensa juventud popular y de los campesinos, de los indígenas y de los negros —o, mejor dicho, el miedo al pueblo—; la concentración rentista de las tierras, la generalización de la economía informal, el abandono de los territorios que hoy producen valor en manos de economías criminales, la ambigüedad en la seguridad.
Entre otras…
Sí. Son muchas. Más profundamente, las fallas en la educación y el descuido de la cultura. Y, finalmente, una crisis moral demoledora, por la que muchos pretenden que pueden vivir en religión mientras desprecian, desconfían u odian a sus hermanos y hermanas. Mientras no enfrentemos estos factores con soluciones reales, la violencia seguirá en Colombia.
Padre, tanto el expresidente Uribe como el presidente Petro explican la situación actual desde sus respectivas “verdades” y argumentan cómo tanto ellos como sus seguidores han sido víctimas, pero eluden las responsabilidades que ambos podrían tener para haber llegado a este punto. ¿Por qué estamos en este punto?
Porque nos cuesta aceptar que hay una responsabilidad colectiva que tenemos que asumir juntos, por supuesto a diversos niveles de obligación, pero de todos, sabiendo que pensamos distinto, que somos de colores y de etnias diferentes, y que esa diversidad, en lugar de justificar relatos de miedo y desconfianza, debería ayudarnos a comprender qué fue lo que nos pasó y, desde allí, emprender las transformaciones de esas dinámicas brutales que tenemos que atajar si queremos que haya un futuro tranquilo para los hijos y los nietos de los colombianos.

Padre, usted presidió la Comisión de la Verdad. ¿Por qué sus conclusiones no las tomamos todos como un espejo del pasado, para mirarnos y procurar construir un futuro distinto?
Porque la Comisión nunca pretendió tener la verdad definitiva, sino poner en evidencia un conjunto de verdades esclarecidas desde las víctimas de todos los lados, para continuar profundizándolas, esclareciéndolas, discutiéndolas, y para presentar desde allí recomendaciones que no son programa de gobierno, sino disyuntivas de ética pública que deben implementarse en la discusión política de la democracia. De lo contrario, la “normalización” de los asesinatos y del terror en territorios seguirá, no importa quién sea el presidente.
A propósito, ¿qué es la verdad? ¿Cómo encontrarla?
La búsqueda de esta verdad para construir futuro nunca termina. No es una verdad para acrecentar odios y estigmatizaciones, sino para acrecentar la comprensión colectiva de lo que somos y de dónde venimos y, desde allí, construir juntos desde las diferencias.
Será la justicia la que determine quién fue el autor intelectual del asesinato de Uribe Turbay. Sin embargo, hay evidencias que muestran que podrían ser un grupo que se nutre del narcotráfico. ¿Por qué?
Claro que sí. Cualquiera de los grupos armados que se distanciaron de la “Paz Total” y dominan un territorio mediante el terror y una economía criminal puede estar interesado en desestabilizar al gobierno, sembrar confusión y profundizar la ruptura social en las elecciones. Eso dispersa a las fuerzas de seguridad del Estado y permite que las organizaciones saquen ventajas en el control territorial y en las ganancias ilegales. “En río revuelto, ganancia de pescadores”. Con el asesinato de Miguel, sin importar quién haya sido el perpetrador ni cuáles fueran sus intenciones, es evidente que se produjo una profunda conmoción social, política e institucional.

En este contexto, ¿Qué hacer con el narcotráfico?
La Comisión propuso una estrategia integral que incluye la reforma agraria para garantizar a los campesinos una producción rentable en las zonas cocaleras, el control del microtráfico, programas de educación y salud pública, acciones contundentes contra los eslabones del comercio y la exportación de cocaína, y el establecimiento de una ruta hacia la regulación de la producción y su transformación industrial, privilegiando los usos medicinales y alimentarios.
Una de las características de este delito es que ahora es manejado por organizaciones transnacionales.
La Comisión pidió, como novedad, el establecimiento de un órgano mixto, integrado por magistrados nacionales y extranjeros, para enfrentar estructuras criminales internacionales que no pueden ser controladas únicamente desde Colombia. Desafortunadamente, hasta donde entiendo, esta propuesta fue rechazada por las Cortes nacionales.
Económicamente, mucha, muchísima gente vive del narcotráfico.
El narcotráfico colombiano forma parte de un sistema complejo e inmenso de industria criminal que combina la producción y comercialización de cocaína con la extracción y exportación de oro, el contrabando y la actividad financiera del “gota a gota”, que incluso penetra el sistema bancario legal.
Usted es uno de los colombianos que más conoce esa realidad en los territorios. ¿Cómo es allá la situación?
En los territorios donde se ha consolidado más este sistema criminal, el grupo armado hegemónico, que está en guerra contra cualquier otro que pretenda disputarle el poder, ejerce control total sobre los distintos negocios ilegales. Además, domina el transporte y las comunicaciones, y exige, incluso de forma clandestina, la lealtad de los mandatarios locales y de la policía, sometiendo política y económicamente a la administración pública.

¿El grupo marca la actividad cotidiana de la gente? ¿Es el motor económico?
El grupo genera un gran valor económico en regiones que el Estado y el sector empresarial consideraban improductivas. A diferencia de las FARC, que fueron una organización nacional centralizada, estas estructuras retienen el valor en los territorios que controlan e invierten una parte significativa en el desarrollo local: construyen carreteras, financian escuelas y puestos de salud, y activan bienes y servicios para el mercado interno.
Pero con violencia…
Así es. El grupo mantiene un régimen de terror y de extorsión, y los niños reclutados para la guerra son el tributo brutal que pagan las familias. Esto ha producido una fragmentación territorial en zonas significativas de Colombia. La economía criminal, con sus redes complejas, su capacidad de dominio espacial y sus nuevas formas de generar valor, también está presente en las ciudades, en continuidad con lo que ocurre en el campo.
¿Por qué en las ciudades?
Porque los grandes negocios de minería, drogas y armas se concentran en las ciudades principales. Allí se formalizan los transportes de cocaína, las operaciones de oro a gran escala, los acuerdos de contrabando masivo y, en consecuencia, también la corrupción y la extorsión de alto nivel. El contrabando voluminoso se acumula en grandes bodegas, mientras que los barrios populares están llenos de tiendas de mercancías chinas que ingresan con escaso control aduanero. Las redes de microtráfico están rigurosamente controladas por actores ilegales, al igual que los mecanismos de extorsión sobre los pequeños negocios.
¿Dónde, naturalmente, también se impone todo a la fuerza?
En los centros urbanos, los barrios están físicamente divididos por bandas criminales. La criminalidad encuentra un terreno propicio en la economía informal, que cubre casi el 60 % del empleo en Colombia, y desde allí logra convertir dinero ilegal en capital dentro del sistema bancario nacional. Este diálogo se alargaría mucho si entráramos a detallar cómo esta economía criminal penetra la política y las instituciones, y cómo multiplica la violencia en los mercados de armas y sicarios, donde los conflictos y contradicciones políticas se resuelven con amenazas o asesinatos…

Con semejante realidad, ¿usted cree que los colombianos podemos reconciliarnos?
Hay que abrazarnos desde la evidencia de nuestros límites y en la conciencia de nuestros abismos y de nuestras sospechas, y de todas las inseguridades que empujó la desconfianza. Y así, desde la comprensión de lo que nos ha pasado, intentar juntos la construcción del país que nos merecemos.
¿Usted cree que el informe final de la Comisión de la Verdad debería ser de lectura obligatoria para tener una mirada de lo que nos ha pasado?
Mientras miles de jóvenes, maestros de escuelas y colegios, universidades, la Biblioteca Nacional y las bibliotecas del Banco de la República, organizaciones sociales e historiadores, intelectuales y formadores de opinión, aquí en Colombia y en la comunidad internacional, sigan movilizando esos textos, se habrá avanzado.
¿Por qué cree que en algunos sectores hay tanta resistencia?
Aquí, en Colombia, es común escuchar a empresarios y a políticos decir que hay que dejar de mirar atrás y pensar hacia adelante, y se olvidan de que, si no incorporamos con grandeza humana la herida que cargamos, la llaga se recicla hacia adelante, y el hoy de cada día seguirá herido, aterrador y cargado de incertidumbre, en lugar de permitirnos construir la sanación para generar el entusiasmo seguro de las nuevas posibilidades.

Hay quienes creen que la Comisión tuvo un sesgo. Ahora, con la distancia, ¿cómo mira ese señalamiento?
Sí. Hay quienes piensan que la Comisión se hizo para atacar a uno de los lados políticos del país. No es cierto, todas esas verdades son incómodas para todos los lados: para las FARC y el ELN y para cualquier guerrilla; para los paramilitares y para quienes los financiaron; para quienes hicieron falsos positivos o secuestros y desapariciones; para quienes estuvieron en el Estado en cualquier lugar; para los sindicatos, la Iglesia católica y las demás confesiones. Porque nuestra verdad es incómoda. Y es dolorosa porque somos nosotros mismos.
Padre, hay una sensación de duelo general en Colombia por lo sucedido. ¿Cómo asimilar este duelo? ¿Cómo seguir adelante?
Estoy convencido de que es el momento de acogernos, de llorar por nosotros mismos, en la aceptación de lo que somos y en la apuesta por la reconciliación colectiva. Desde allí se puede construir. Y dejar atrás las lágrimas que nacen del odio, las que brotan porque todavía nos indigna que no hayamos acabado con el otro. Atrapados desde todos los lados en la misma mentira.
Revista Cambio, Bogotá.



