POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /
La compleja realidad social y su alto nivel de pugnacidad en lo que va corrido el siglo XXI amerita una mirada política sobre las consecuencias de un sistema económico como el capitalismo que ha conducido a la humanidad a una crisis civilizatoria a través de un tema tan polémico como es el de la violencia, en un mundo abrumado por el fárrago de una intoxicación informativa masiva y envuelto en un torbellino interminable de conflictos y guerras de diversa intensidad, que nos deja aturdidos y con escaso margen para la reflexión con ojo crítico.
Se trata de abordar el tema del origen de la violencia política, su raigambre cultural profunda y matizada, que impregna de un modo u otro a todas las capas de la sociedad. Entendiendo por violencia política a aquella que se ejerce para defender o imponer un ideal, un modelo político y económico desde el poder hegemónico/Estado como la que se articula, a modo de réplica, desde diversos sectores de la sociedad. Para expresarlo de otra manera, es la violencia ejercida desde una posición dominante y la respuesta a ésta desplegada por aquellos sectores sociales sometidos.
El libro ‘Violencia estatal y violencia política. La guerra como principio de subsistencia del modelo capitalista, la violencia como herramienta política’ (IADE, Buenos Aires, 2025), de autoría del investigador social Martín Mujica, constituye una obra de referencia obligatoria para entender los mecanismos, raíces y persistencia de la violencia política. Mujica, reconocido por su rigurosidad analítica y su enfoque interdisciplinario, aborda un tema de honda actualidad y relevancia, no solo para académicos y estudiantes, sino también para el público general interesado en los procesos históricos y sociales que configuran la realidad latinoamericana. El autor propone una mirada crítica sobre la violencia, no solo como fenómeno aislado, sino como elemento estructural y funcional en la construcción del Estado y la sociedad.
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Según Mujica, la violencia política se manifiesta en múltiples formas y atraviesa todas las capas sociales. No se reduce únicamente a la represión estatal ni a la insurgencia de movimientos sociales, sino que debe ser comprendida como un instrumento político que opera tanto desde el poder hegemónico, principalmente representado por el Estado, como desde los sectores sociales sometidos.
Esta violencia, argumenta el autor, es empleada por el Estado para imponer y defender un modelo político-económico, el capitalismo, pero también surge como respuesta de aquellos grupos que padecen exclusión, marginación o represión. Mujica enfatiza que la violencia política está profundamente arraigada en la cultura capitalista, impregnando prácticas, discursos y representaciones colectivas.
El recorrido histórico propuesto por Mujica parte de la conquista española, momento fundacional en el que la violencia se convierte en mecanismo legitimador de dominación y expropiación. La imposición de estructuras coloniales y la destrucción de organizaciones indígenas marcaron el inicio de una lógica en la que la fuerza y la coacción fueron elementos centrales para la organización social y económica.
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El autor se refiere a un caso histórico concreto referido a la independencia y posterior formación del Estado-nación argentino, resaltando cómo la violencia continúa siendo un ingrediente central: desde las guerras civiles, pasando por la “Campaña del Desierto” y la consolidación oligárquica, hasta la represión de movimientos obreros y populares a lo largo del siglo XX. Mujica muestra que la violencia, lejos de ser un residuo del pasado, se adapta a los nuevos contextos y necesidades del poder, manteniéndose como herramienta privilegiada de control y disciplinamiento social.
Uno de los aportes más valiosos del libro radica en la diferenciación y el análisis articulado de la violencia estatal y la violencia social. Mujica documenta cómo el Estado argentino, por ejemplo, ha recurrido sistemáticamente a la violencia para sostener el orden establecido, desde la represión de huelgas y protestas hasta la implementación de dictaduras militares y la persecución de opositores políticos. Ejemplos emblemáticos, como la Semana Trágica, la masacre de obreros en la Patagonia, el terrorismo de Estado durante la última dictadura (1976-1983) y las represiones en democracia, ilustran la continuidad histórica de estas prácticas.
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Sin embargo, Mujica no reduce el análisis a la violencia ejercida “desde arriba”. También explora la violencia política de los sectores sociales, destacando cómo, en muchos casos, esta constituye una respuesta a la opresión, la injusticia estructural y la exclusión. El autor advierte sobre la tendencia a criminalizar selectivamente la violencia de los sectores populares, invisibilizando o justificando la violencia ejercida por el Estado o los grupos dominantes.
La violencia como herramienta política en el modelo capitalista
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Mujica sostiene que la violencia no es un simple accidente o desviación, sino un componente funcional del modelo capitalista. La guerra, la represión y el disciplinamiento social son mecanismos que garantizan la reproducción de las condiciones materiales y simbólicas necesarias para la subsistencia del sistema. Así, la violencia se convierte en principio organizador de la vida social, legitimando desigualdades y jerarquías, y asegurando la imposición de un determinado orden económico y político.
El autor reflexiona sobre la naturalización de la violencia en el discurso público y privado, y cómo esta permea las relaciones cotidianas, las instituciones y las prácticas políticas. En este sentido, Mujica invita a repensar el papel de la violencia en la historia latinoamericana, no solo como fenómeno excepcional, sino como elemento constitutivo de identidad y de dinámica social.
La criminalización de la protesta, los casos de gatillo fácil, la represión de comunidades originarias y la persistencia de prácticas autoritarias en las fuerzas de seguridad son ejemplos de la vigencia de la violencia como herramienta de gestión y control social.

El autor advierte sobre las consecuencias sociales, políticas y subjetivas de esta persistencia: la desconfianza hacia las instituciones, la fragmentación social, el miedo y la resignación, pero también la emergencia de nuevas formas de resistencia y organización colectiva. Mujica concluye que la violencia, lejos de haber sido superada, permanece como una herida abierta y un desafío central para la democratización plena de la sociedad argentina.
El libro de Martín Mujica se destaca por su profundidad analítica, su rigurosidad argumentativa y su capacidad para articular pasado y presente, teoría y empirismo, denuncia y reflexión. Su aporte al debate académico radica en la invitación a problematizar la violencia política no como anomalía, sino como parte constitutiva del devenir latinoamericano, ofreciendo herramientas conceptuales y ejemplos históricos que permiten comprender la complejidad del fenómeno y sus múltiples manifestaciones.
En suma, este sugerente aporte bibliográfico es de lectura imprescindible para entender los mecanismos de poder, las formas de resistencia y los desafíos de la sociedad contemporánea. Su enfoque crítico y multidimensional contribuye a enriquecer el debate sobre la violencia, la democracia y los caminos posibles hacia la construcción de una sociedad justa e inclusiva.
Acceso al libro
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