POR RICARDO VILLA SÁNCHEZ
A veces los pueblos no nacen una vez, sino muchas. A veces hay que luchar desde estos espacios contra el olvido y por un mejor futuro. No basta un acta ni una bandera para fundar la libertad. La historia oficial suele equivocarse de protagonistas, de escenario y de idioma. Y por eso, este 20 de julio, desde las voces que no se escucharon en 1810 pero siguen resistiendo, podemos afirmarlo con claridad: la independencia de Colombia no ha terminado. Apenas comienza de nuevo. “La historia la escriben los pueblos”, dijo Allende. La historia de resistencia, no la pueden escribir solo los vencedores.
Hace 215 años, mientras los criollos deliberaban en salones coloniales, fue el pueblo llano —artesanos, jornaleros, mujeres sin tierra— el que salió a las calles. José María Carbonell, el tipógrafo mestizo, el orador del descontento, descendientes de catalanes, agitó las plazas con la urgencia de los que no tenían nombre en el acta. Lo llamaron “el chispero de América” porque encendió la revuelta sin pedir permiso. Pagó con su vida, pero sembró una verdad que aún germina: la soberanía no es un favor, es una construcción colectiva, plural, viva.

El acto de independencia no fue unánime, ni fue inmediato. Fue una disputa. Y en muchos sentidos, sigue siéndolo. Porque aún hoy hay quienes tienen la tierra y quienes solo la caminan. Aún hay quienes toman decisiones desde arriba y otros que solo las padecen. Aún hay niños sin escuela, madres sin justicia, territorios sin Estado. La primera independencia rompió con un imperio. La segunda va a romper con la exclusión. Esa promesa si será cumplida.
Esta segunda independencia no se decreta con fusiles ni con arengas patrióticas. Se construye con agua potable, con acceso a la salud, con justicia restaurativa, con soberanía alimentaria, con educación pública, con reconocimiento étnico y de género, con economía productiva para la vida. Con paz con justicia social equitativa y ambiental.
El proyecto progresista del cambio en Colombia, más allá de coyunturas o ruidos mediáticos, propone precisamente eso: un nuevo pacto fundacional. No entre élites, sino entre pueblos. No desde la verticalidad de los poderes tradicionales, sino desde la horizontalidad de los derechos compartidos. Una nación no entendida como una bandera uniforme, sino como un tejido multicolor que reconoce su historia, sus heridas y su esperanza.

Las reformas sociales que se discuten —en salud, pensiones, trabajo digno, justicia ambiental— no son caprichos ideológicos. Son instrumentos para una independencia inconclusa. Son caminos para democratizar el bienestar, redistribuir la palabra y el poder, asegurar la vida digna para las mayorías. No son fáciles. Nunca lo han sido los procesos de emancipación. Pero son necesarias.
José María Carbonell, de quien llevamos su sangre, nos enseñó que la independencia no se espera: se enciende. Hoy, más de dos siglos después, esa chispa sigue viva. Arde en las calles, en los cabildos ciudadanos, en los movimientos sociales, en las redes de solidaridad, en las juventudes que no se resignan. Es una chispa que reclama justicia, que exige transformación y que convoca a todos a construir una Colombia distinta.

Una patria que no se funda desde la nostalgia ni desde el mármol, ni desde la codicia, sino desde la dignidad. Una independencia que no se conmemora con actos protocolares, sino que se vive en cada acto de reparación, de participación, de igualdad. Una nación que no excluye a nadie por su origen, su acento, su color de piel o su forma de amar.
Conmemorar los 500 años de Santa Marta, debería ser un acto de resistencia, de pensamiento crítico, de proyecto de ciudad justa, equitativa, más humana y en paz. Una ciudad que ocupe de nuevo su posición en la historia moderna del país y lidere el cambio.
La segunda independencia desde el Caribe es la construcción colectiva de la paz con justicia social, del derecho a vivir sin miedo y a que todos tengamos iguales oportunidades y condiciones en nuestra democracia. Es el sueño colectivo de que Colombia, por fin, se parezca a su gente.



