POR LEONARDO BOFF
Actualmente asistimos a una feroz competencia entre una visión unipolar del mundo, sostenida a sangre y fuego, a través de guerras comerciales e híbridas, por los Estados Unidos de Donald Trump y la Unión Europea (UE), y otra visión multipolar exigida por las dos grandes potencias, Rusia y China, junto con la mayoría de los países del Sur Global.
La raíz de esta disputa, entre muchas otras razones, es la inmensa arrogancia de Estados Unidos y los países europeos. La arrogancia es la famosa hybris griega, es decir, la pérdida de la proporción adecuada, la afirmación de una autoimportancia extrema, la sobreestimación de las propias cualidades, el desprecio por quienes no son como ellos o les son subordinados. Esto se manifiesta al considerarse los mejores del mundo, dotados de la mejor forma de gobierno —la democracia—, los creadores de los derechos humanos, la mejor tecnología, la economía más poderosa, la fuerza militar más destructiva (ahora rearmándose de nuevo) y la religión (o fe) revelada: el cristianismo. Según los griegos, la hybris era castigada por los dioses. ¿Y qué ocurre hoy?
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Esta arrogancia ha llevado a conflictos y guerras contra todos los demás, en todo el mundo, debido al proceso de colonización forzada del mundo desde la Europa del siglo XVI hasta las grandes guerras del siglo XX. El politólogo conservador estadounidense Samuel P. Huntington (1927-2008) afirmó acertadamente en su controvertido libro ‘The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order’ (Simon and Schuster, Nueva York 1993): “Es importante reconocer que la intervención occidental en los asuntos de otras civilizaciones ha constituido probablemente la fuente más peligrosa de inestabilidad y posible conflicto global en un mundo multicivilizacional” (p. 397). También vale la pena mencionar al historiador Arnold Toynbee, en su ‘A Study of History’ de doce volúmenes, en el que estudia el nacimiento, el auge y la decadencia de las civilizaciones y donde enfatiza la arrogancia como un signo de la decadencia de civilizaciones enteras.
Recientemente, el reconocido economista y ecologista Jeffrey Sachs, de la Universidad de Columbia, declaró a un periodista brasileño (Leonardo Sobreira, 6/9/25): «Estados Unidos ha padecido la ilusión de que puede liderar el mundo solo. Europa también padece la misma arrogancia … No solo está solo, sino que ya no lidera. Estamos presenciando el final de un largo proceso histórico. Y la arrogancia no solo se encuentra en Estados Unidos, sino también en Europa… La mentalidad es de arrogancia persistente».
Trump se considera «el emperador del mundo» (Lula), haciendo y deshaciendo a su antojo. Está destruyendo los hábitos democráticos tradicionales de Estados Unidos y, con su guerra comercial (que amenaza con una guerra real y definitiva), ha distanciado a casi todo el mundo, incluso a sus aliados más leales, como los europeos y los surcoreanos. Arrogante, no negocia ni discute, limitándose a imponer sus medidas, como hizo con Brasil.
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El hecho es que, como señalan los principales analistas geopolíticos del mundo, la era de la dominación estadounidense se está erosionando rápidamente. Peor aún, esto es evidente en la Unión Europea, que debería avergonzarse de actuar en contra de toda su tradición civilizadora y humanista al apoyar la guerra implacable que el Israel de Netanyahu libra contra la Franja de Gaza. Decenas de miles de personas han muerto, incluidos niños inocentes, asesinadas en un verdadero genocidio a cielo abierto.
Los europeos están acorralados porque Trump se da cuenta de la acelerada erosión de esa civilización envejecida y arrogante.
La principal potencia emergente que probablemente definirá el futuro cercano es China, con una propuesta —nada arrogante sino sensata— de un mundo con un destino común compartido, respetuoso del orden de las Naciones Unidas, basado en el libre comercio y la no intervención en los asuntos internos de otros países.
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En dos libros he abordado el tema de la arrogancia, que se enmarca en el término más genérico de «falta de justa medida», un valor presente en todas las éticas de las civilizaciones que conocemos. El exceso y la violación de la justa medida son el detonante que desencadena el proceso de decadencia de una cultura, un proyecto social o un comportamiento personal.
Lo que predomina en el mundo, llamémoslo así, es el sistema del capital, o como se prefiere, la economía de mercado (casi enteramente financiarizada), que delata una total falta de mesura, ejemplificada por las arrogantes Big Tech, una de las cuales ya sueña arrogantemente con una acumulación personal de un billón de dólares.
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En este camino de arrogancia desmedida, combinado con una inhumanidad abismal y una total falta de sensibilidad hacia los demás, nos acercaremos al abismo. Como advirtió Sigmunt Bauman poco antes de morir: «Nos uniremos a la procesión de quienes se dirigen a la tumba». Esto no puede suceder.
Nuestra confianza y esperanza nos animan a afirmar la supremacía del espíritu (con su espiritualidad natural) sobre la barbarie. Este tomará conciencia de sus desviaciones y extravíos. Podrá forjar un camino que nos mantenga en este maravilloso planeta. Y nos garantizará un futuro donde la arrogancia sea menos común, pero donde florezcan el cuidado de nuestra Casa Común y la solidaridad entre todos los seres humanos.



