marzo 18, 2026 6:51 pm
La extrema derecha en guerra contra las mujeres

La extrema derecha en guerra contra las mujeres

POR VIJAY PRASHAD

En los últimos años los sectores de la ultraderecha han desatado una cruzada contra los derechos de las mujeres y las disidencias sexo-genéricas, buscando aplastar algunos de los movimientos más activos contra el neoliberalismo en la región latinoamericana.

En toda América Latina se ha declarado una extraña guerra. Se libra no solo en los parlamentos y los tribunales, también en las aulas, las cocinas, las iglesias y los agitados espacios de Internet. Sus blancos son las mujeres, las personas queer y trans, y los movimientos que insisten en que la vida se puede vivir de otra manera. La extrema derecha actual dice defender la familia patriarcal, la moral y la tradición. Pero bajo estas palabras se esconde otro proyecto: la restauración de las viejas jerarquías en un momento en que el mundo que las sostenía tambalea.

Durante décadas, los movimientos feministas han desestabilizado los cimientos del poder en América Latina. Desde las luchas contra las dictaduras en las décadas de 1970 y 1980 hasta las masivas manifestaciones contra el femicidio y por los derechos reproductivos en el siglo XXI, las mujeres y las disidencias sexo-genéricas han ampliado el horizonte de lo posible. Han nombrado lo que antes era invisible. Han hablado de las largas horas de trabajo no remunerado que sostienen la sociedad. Han visibilizado la violencia que se oculta en el hogar. Han insistido en que los cuerpos, los deseos y las identidades no pueden ser disciplinados por el Estado ni la iglesia. Y lo han hecho en las calles, juntas.

Estos avances, sin embargo, se han desarrollado bajo la larga y mezquina sombra del neoliberalismo. En toda América Latina y en el resto del mundo, la carga de los cuidados todavía recae pesadamente sobre los hombros de las mujeres. Trabajan más horas por menos salario mientras millones aún carecen de ingresos propios. Esta realidad fue reconocida en agosto de 2025 en la XVI Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, celebrada en la Ciudad de México. Allí, los países de la región aprobaron el Compromiso de Tlatelolco, que estableció una Década de Acción (2025-2035) para alcanzar la igualdad sustantiva de género y construir lo que la conferencia denominó una “sociedad del cuidado”, en la que el trabajo de sostener la vida sea tratado como una responsabilidad colectiva y no como una carga privada impuesta a las mujeres.

Como señaló Citlalli Hernández Mora, secretaria de las Mujeres de México, en sus palabras de clausura, el compromiso es una “hoja de ruta” para los próximos años. Los países de la región, continuó Hernández Mora, “no aceptaremos retrocesos. No toleramos la impunidad, y construiremos a través de nuestro activismo y nuestras alianzas una sociedad del cuidado como base para la paz, la justicia, la equidad y el futuro”. Las delegadas en la conferencia reconocieron una verdad largamente sostenida por los movimientos feministas: que el sistema actual, el sistema capitalista, sobrevive gracias a una división sexual del trabajo, en la que el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, estimado entre el 15,9 % y el 25,3 % del PIB en América Latina y el Caribe, realizado en su gran mayoría por mujeres, sostiene los hogares, reproduce la fuerza de trabajo y mantiene a la sociedad en funcionamiento.

En 1975, también en la Ciudad de México, las Naciones Unidas convocaron la Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer. Al año siguiente, pusieron en marcha la Década de la Mujer (1976-1985), que culminó en la Conferencia Mundial sobre la Mujer en Nairobi, Kenia, en 1985. Muchas de las preocupaciones expresadas en agosto de 2025 se hicieron eco de las planteadas en Nairobi 40 años antes.

Más que marcar un progreso claro, la conferencia de 2025 se vio ensombrecida por una sensación de retroceso, visible no solo en las políticas públicas, sino también en el lenguaje utilizado para hablar sobre la igualdad de las mujeres.

En tiempos de crisis, las clases propietarias, muy complacidas con el statu quo, buscan enemigos para interrumpir el camino hacia el progreso. En las últimas décadas, la extrema derecha actual ha convertido lo que denomina “ideología de género” en uno de sus enemigos centrales, una frase repetida incesantemente en discursos y sermones, transformando la simple demanda de dignidad en una amenaza cósmica. Según este relato, el feminismo no es un movimiento por la justicia sino una conspiración contra la humanidad. La diversidad no es una realidad humana sino un peligro para la propia civilización.

En este teatro del miedo, la “familia”, definida únicamente como un padre y una madre con hijxs, se presenta como una fortaleza sitiada. Las causas del sufrimiento, austeridad, explotación y pobreza se ocultan cuidadosamente y, en cambio, se culpa de este sufrimiento a los mismos movimientos que buscan transformar la sociedad en algo mejor. Así, se redirige el resentimiento, se reformula la ira y la esperanza se sustituye por la sospecha.

Una de las expresiones más visibles de esta reacción es la campaña Con Mis hijos No te metas. El eslogan apareció por primera vez en Colombia en 2016 durante las protestas contra los programas de educación sexual y se extendió rápidamente por América Latina, impulsado por iglesias evangélicas, ONG conservadoras y políticos de derecha. Detrás de esas simples palabras se esconde una compleja red de organizaciones que movilizan protestas, influyen en la legislación e inundan las redes sociales con narrativas alarmantes sobre los supuestos peligros de la igualdad de género, todo mientras afirman proteger la “inocencia infantil”. Sin embargo, lo que estas fuerzas esconden bajo la alfombra es la violencia que realmente estructura la vida de las mujeres.

Encuestas nacionales de toda América Latina muestran que entre el 63 % y el 76 % de las mujeres han sufrido algún tipo de violencia de género en algún ámbito de su vida, y una de cada cuatro mujeres en la región ha experimentado violencia física o sexual a manos de su pareja al menos una vez en su vida.

Llama la atención que, en 2023, de los 18 países latinoamericanos que reportaron datos de femicidio, 11 registraron una tasa superior a 1 víctima por cada 100.000 mujeres, una tendencia que sigue en aumento. En lugar de enfrentar estos problemas, los temores a la “ideología de género” son utilizados por la extrema derecha actual para socavar el conocimiento real que enseña a los jóvenes que el mundo puede ser un lugar más luminoso.

La agenda antifeminista de la extrema derecha latinoamericana muestra la cruzada anti-género de la extrema derecha. Se observa cómo este movimiento no opera de forma aislada. Forma parte de una constelación transnacional de fuerzas conservadoras que se extiende desde Washington hasta Budapest y Brasilia. En encuentros como la Conferencia de Acción Política Conservadora, políticos de extrema derecha, líderes evangélicos y poderosos financistas convergen para coordinar sus campañas. En estos espacios, el feminismo se convierte en un enemigo común y el lenguaje de la “libertad” se tergiversa para defender la privatización, la exclusión y la jerarquía. El dinero fluye a través de las fronteras, las estrategias circulan y los mensajes se refinan y repiten. Y, a través de plataformas digitales diseñadas para recompensar la indignación, el miedo y la desinformación viajan más rápido que la verdad.

A medida que la ofensiva anti-género se extendía por América Latina, chocó con uno de los ciclos feministas más poderosos de la historia reciente de la región (2015-2019). Las mujeres llenaron las calles con pañuelos verdes exigiendo el derecho al aborto. Las comunidades se organizaron contra la violencia de género.

Las huelgas feministas internacionales vincularon la explotación laboral con la violencia del patriarcado, el racismo y el extractivismo. Al hacerlo, revelaron algo fundamental: la lucha en torno al género no es solo sobre identidad o cultura, sino sobre la organización de la sociedad misma.

La extrema derecha busca un orden individualista y privatizado estructurado por la autoridad, la jerarquía y la obediencia. Un mundo donde la familia patriarcal absorba los impactos de la crisis económica obligando a las mujeres a dedicar aún más horas al trabajo de cuidados no remunerado e invisibilizado, sacrificando su libertad y sus opciones de vida mientras la desigualdad aparece como natural. Los movimientos feministas imaginan algo distinto. Imaginan una sociedad organizada en torno al cuidado en lugar de la ganancia, la solidaridad en lugar de la competencia, y la vida en lugar de la acumulación. Entre estas dos visiones yace la lucha de nuestro tiempo: la barbarie capitalista o la vida y la dignidad.

En toda América Latina, desde las calles de las ciudades hasta los barrios populares y los comedores comunitarios, millones de personas continúan insistiendo en construir un mundo mejor, no uno basado en el miedo y la jerarquía.

El otro día, después del bombardeo de Israel sobre Irán y Líbano, estaba leyendo una breve biografía de la poeta feminista mexicana Rosario Castellanos, quien se desempeñó como embajadora de México en Israel desde 1971 hasta su muerte en 1974. Falleció por una descarga eléctrica accidental en Tel Aviv a los 49 años.

Según diferentes versiones, luego de tocar una lámpara en su casa, encender la luz después de bañarse o enchufar una lámpara. Imagino que esta mujer sensible se vio profundamente afectada por la ocupación de Palestina y por la guerra de Yom Kipur de 1973. Aunque como embajadora hizo pocas declaraciones públicas sobre la situación del pueblo palestino, queda un testimonio interesante.

En 1972, en su columna habitual del diario mexicano Excélsior, publicó un poema titulado ‘Pasaporte’, que se hace eco del poema Jawaz al-Safar [‘Pasaporte’] de Mahmoud Darwish de 1964. En ambos poemas, los documentos no son neutrales. Disciplinan la vida, fijan la identidad y deciden qué humanidad cuenta:

¿Mujer de ideas? No, nunca he tenido una.

Jamás repetí otras (por pudor o por fallas

nemotécnicas).

¿Mujer de acción? Tampoco.

Basta mirar la talla de mis pies y mis manos.

Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no.

Pero sí de palabras,

muchas, contradictorias, ay, insignificantes,

sonido puro, vacuo cernido de arabescos,

juego de salón, chisme, espuma, olvido.

Pero si es necesaria una definición

para el papel de identidad, apunte

que soy mujer de buenas intenciones

que he pavimentado

un camino directo y fácil al infierno.

@vijayprashad

https://www.thetricontinental.org/es/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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