febrero 11, 2026 10:13 pm
La mafia que se disfraza de democracia

La mafia que se disfraza de democracia

En una decisión de tinte politiquera sin ningún rigor técnico ni probatorio los integrantes del Consejo Nacional Electoral (CNE) pertenecientes a los partidos de la ultraderecha que hacen oposición al Gobierno del Cambio sancionaron la campaña presidencial de Gustavo Petro de 2022 con el claro propósito de buscar atentar contra su legitimidad política.

POR OMAR ROMERO DÍAZ / EDITORIAL TSC /

En Colombia nos han enseñado que la democracia se defiende votando, participando y respetando las instituciones. Eso es cierto. Lo que nunca nos dijeron porque les convenía ocultarlo es que muchas de esas instituciones, especialmente las que deberían velar por la transparencia electoral, han sido capturadas por una mafia político-económica que no necesita pistolas: gobierna con sellos, resoluciones y sentencias supuestamente “técnicas” que esconden intereses oscuros.

El reciente fallo del Consejo Nacional Electoral (CNE) contra la campaña del presidente Gustavo Petro es la prueba perfecta. Una sanción sin pruebas de financiación ilegal, basada en hechos posteriores a la campaña, redactada por magistrados nombrados por los mismos partidos que perdieron las elecciones, y que hoy actúan como si fueran el último bastión de una democracia adulterada.

Mientras anuncian castigos contra el Gobierno del Cambio, su silencio histórico frente a los verdaderos escándalos Uribe, ‘Ñeñe’ Hernández con Duque, Odebrecht con Santos y Zuluaga, paramilitarismo financiando campañas locales, chequeras del narcotráfico haciendo fila en la política demuestra que no es justicia: es miedo. Miedo a que el pueblo siga despertando, miedo a que el país deje de ser botín de unos pocos, miedo a que la democracia deje de ser un adorno y se convierta en poder popular real.

El poder de la mafia es silencioso, pero letal

La mafia que controla instituciones como el CNE no necesita fusiles. Le basta con tres armas:

El prestigio técnico: se presentan como árbitros, expertos, guardianes del voto. Pero su verdadera lealtad no es al país, sino a quienes los pusieron ahí.

El miedo mediático: cuando fallan contra el Gobierno progresista, lo llaman “control electoral”. Cuando sus amigos reciben dinero oscuro, lo llaman “imprecisiones contables”.

La manipulación del imaginario público: quieren convencer al pueblo de que el culpable es siempre quien representa el cambio, mientras los verdaderos delincuentes políticos se camuflan como “estadistas” o “líderes naturales”.

Eso es mafia: un poder sin rostro que actúa bajo el amparo de la institucionalidad, pero que responde a intereses privados, clanes políticos y redes mafiosas y clientelares de impunidad construidas durante décadas.

El pueblo ya no es ingenuo

La vicepresidenta Francia Márquez lo dijo con claridad: el pueblo ya no tiene la venda en los ojos. Y es verdad. Los colombianos saben leer entre líneas, saben diferenciar entre una investigación y una persecución, entre un fallo jurídico y un golpe disfrazado.

Lo que está pasando con el CNE no es nuevo: es la misma oligarquía de siempre usando las mismas herramientas de siempre: manipular reglas, fabricar escándalos, sembrar miedo, y evitar que el país cambie.

Lo nuevo es algo que ellos jamás imaginaron: que el pueblo ya no les cree. Cuando la democracia es secuestrada, el pueblo debe liberarla.

Por eso la idea de una Asamblea Nacional Constituyente no nace de un capricho presidencial: nace de la necesidad histórica de romper con este secuestro institucional. Porque no puede haber democracia real si los órganos que la administran son manejados por una minoría que se aferra al poder como si fuera herencia familiar.

Colombia necesita que sus instituciones pertenezcan al país, no a los clanes politiqueros y mafiosos. Que sirvan al pueblo, no a las mafias. Que garanticen derechos, no que los bloqueen. Y esa transformación solo puede venir de un lugar: del pueblo organizado y consciente de su poder.

El mensaje es claro: o gobierna la democracia o gobierna la mafia

La decisión ahora no está en manos del CNE. Ni de los mismos que llevan décadas repartiéndose el Estado. Ni de los que creen que el pueblo solo sirve para votar y callar. La decisión está en manos de la ciudadanía.

Colombia debe escoger: acepta seguir viviendo bajo el poder de la mafia institucional, que sanciona al cambio y bendice al crimen político disfrazado de tradición, o decide avanzar hacia una democracia donde las reglas no sean armas, sino garantías.

Ha llegado la hora de mirar a los ojos a quienes nos han gobernado desde las sombras. Ha llegado la hora de decirles que su tiempo se acabó. Y ha llegado la hora de que el pueblo, por primera vez en la historia reciente, tome el lugar que siempre le correspondió: el de soberano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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