POR STELLA RAMÍREZ G. /
La reforma pensional que fue aprobada en el Congreso entre piedras y zancadillas es como una pequeña conquista para dignificar la vejez. Pero en Colombia, donde el poder real se juega en las urnas y también en los salones cerrados de la oligarquía, la tecnocracia y los tribunales, la jugada no ha terminado.
El reconocido economista neoliberal Leonardo Villar, gerente del Banco de la República, pidió a la Corte Constitucional que, si declara exequible la reforma, aplace su entrada en vigencia al menos tres meses.
¿Por qué esa súbita cautela? ¿Por qué tanto interés en frenar una ley que busca beneficiar a millones de adultos mayores?

¿Qué pasa?
¿El Banco de la República ha decidido actuar como escudero de los fondos privados?
¿Se alinea con su estrategia, les gana tiempo, los protege? Será porque esta reforma rompe —aunque sea parcialmente— el negocio que han montado durante décadas con el ahorro de los trabajadores, prometiendo pensiones que rara vez cumplen.
El Banco no está defendiendo la estabilidad económica. Está defendiendo un modelo de acumulación basado en la desigualdad. Con lenguaje técnico, disfrazado de prudencia institucional, dice lo que los fondos privados no se atreven a declarar abiertamente: no quieren perder el control ni el lucro.

Y entonces entra en escena la Corte Constitucional, ese poder que no elegimos y que, sin embargo, tiene la capacidad de frenar o moldear lo que el Congreso aprueba. ¿Se plegará también a la presión? ¿Aplastará la voluntad popular bajo el manto del “ajuste técnico”?
Aplazar no es prudencia: es sabotaje. Un sabotaje elegante, revestido de procedimiento, que busca lo de siempre: confundir a la opinión, maniobrar desde las sombras, y desgastar el cambio.
En Colombia, cada avance social enfrenta un ejército invisible de tecnócratas, magistrados y banqueros dispuestos a enterrar lo que el pueblo levanta con esfuerzo. La pensión, ese derecho básico, se ha convertido en botín. Y hoy, mientras los corporativos medios de comunicación callan y los viejos siguen esperando, los poderosos juegan su última carta.



