febrero 12, 2026 4:53 am
La política no puede ser un campo de guerra emocional entre facciones que se desprecian mutuamente

La política no puede ser un campo de guerra emocional entre facciones que se desprecian mutuamente

EDITORIAL TSC /

El ejercicio político en Colombia sigue gravitando infortunadamente sobre el criterio que el filósofo alemán Carl Schmitt (1888-1985) definió como “amigo-enemigo”. La cultura premoderna continúa permeando a una sociedad influida históricamente por diversos tipos de violencia, lo cual impide reconocer al otro como legítimo antagonista y entender que la diferencia ideológica, por muy profunda que sea, no significa su negación y, por lo tanto, pretender su aniquilamiento moral y/o físico.

La sociedad colombiana tiene el gran desafío de seguir persistiendo en la búsqueda de la paz, pues su destino no puede ser ‘Como en tiempo de morir’ de García Márquez, a estar condenada a un círculo letal.

En ese contexto, la política en este país no puede constituirse en campo de una guerra emocional entre facciones que se desprecian mutuamente. Todas las expresiones políticas caben en Colombia, pero caben con respeto. El pluralismo no es una amenaza, es una riqueza. Y la democracia no se defiende solo con discursos: se defiende con hechos, con justicia, con memoria y con verdad.

Las muestras de tolerancia, respeto por las ideas del otro y por el pluralismo son valores que permiten cimentar un clima de paz que debe comenzar por cada uno de los ciudadanos: es cotidiana y generosa con los más débiles.

El reciente atentado contra el senador Uribe Turbay no solo es un hecho condenable desde todo punto de vista, sino que representa una amenaza directa contra la democracia. En una sociedad que aún no ha logrado restañar las heridas del pasado y lucha por construir un presente en paz, la violencia política no puede, en ninguna circunstancia, tener espacio alguno.

Rechazar la violencia, venga de donde venga, no puede ser solo un acto simbólico. Debe ser una convicción ética y democrática profunda. La violencia no puede convertirse en método de disuasión política ni en instrumento para sembrar terror entre quienes piensan diferente. Colombia necesita, más que nunca, reafirmar su apuesta por el diálogo, la paz y el respeto entre adversarios políticos para que el debate público sea dinámico, exigente en la controversia y enriquezca la batalla de las ideas.

El hecho de que el presunto autor del atentado sea un joven menor de edad revela la complejidad y la gravedad de lo que está enfrentando Colombia. No es solo un ataque aislado, es un síntoma de una sociedad donde estructuras oscuras todavía manipulan a los más vulnerables para sus propios fines. Este adolescente debe recibir todas las garantías procesales y humanas para que diga la verdad. Porque aquí no basta con capturar al que haló el gatillo. La sociedad exige saber quiénes lo indujeron, quiénes financiaron el intento de asesinato, quiénes movieron los hilos desde la sombra.

Y es aquí donde surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿cuál es el verdadero propósito de este atentado? ¿Se busca desestabilizar al Gobierno del Cambio, frustrar el avance de las reformas sociales y sembrar miedo entre quienes las promueven? ¿O acaso se está trazando desde algunos sectores reaccionarios una ruta violenta para reabrir el camino hacia el poder? En cualquier caso, lo que está en juego no es un nombre ni un partido: es la democracia misma.

El atentado contra Uribe Turbay no puede entenderse simplemente como un episodio trágico más. Es un intento por destruir el consenso básico de toda sociedad civilizada: que las diferencias se resuelven con argumentos, no con balas; en el Congreso, en las corporaciones de elección popular y en los medios de comunicación, no en las funerarias; con debates públicos serios y estructurados, no con planes macabros.

Al país le urge recuperar un sentido común democrático. A los familiares y partidarios del senador Uribe Turbay hay que rodearlos de solidaridad y respeto. La vida es inviolable, y nadie merece ser perseguido ni atacado por defender sus ideas. Pero esta defensa de la vida debe ser coherente y constante. No puede depender del color político de la víctima ni del perpetrador.

Hoy, más que nunca, defender la democracia significa rechazar toda forma de violencia y apostar sin titubeos por la vida, la justicia, la convivencia y el pluralismo democrático.

 

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