POR SERGIO VILLALOBOS-RUMINOTT
Los recientes procesos electorales en Brasil operan como un síntoma global: confirman el avance de una nueva derecha que ha roto con el horizonte liberal-democrático tradicional. Su legitimidad ya no se dirime en la promesa del orden institucional, sino en la gestión de una situación de emergencia permanente.
Esta narrativa se alimenta de la supuesta corrupción moral e institucional del progresismo, pero, sobre todo, capitaliza las frustraciones de amplias masas de la población que nunca fueron plenamente integradas al modelo de inclusión mediante el consumo. Sobre este asfalto agrietado, la nueva derecha monta un tono apocalíptico de fin de mundo, exacerbado por la eco-ansiedad climática y el vértigo de la disrupción tecnológica.
El terreno para este giro fue abonado por la desestructuración de los proyectos nacional-desarrollistas que definieron la lógica gubernamental del siglo XX. Aquella matriz colapsó ante una revolución capitalista precipitada por el despegue tecnológico y la automatización del valor, un vendaval al que el neoliberalismo clásico solo pudo darle una forma institucional precaria. El gran equívoco de los sectores progresistas ha sido no asumir a cabalidad las implicaciones de este nuevo escenario histórico. Al insistir en reflotar agendas puramente distribucionistas —estructuralmente necesarias, pero insuficientes ante las dinámicas contemporáneas de producción y consumo—, dejan un vacío analítico y político que la nueva derecha ha sabido capitalizar.
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En efecto, es en este vacío donde las nuevas derechas intervienen con una retórica anti-establishment: prometen completar el ciclo revolucionario del capital mediante la última desregulación, una que se subordina dócilmente a la propia automatización algorítmica y financiera del valor.
Sin embargo, el fenómeno brasileño obliga a desplazar la mirada desde las cúpulas tecnológicas hacia las bases territoriales. El rol de los movimientos neo-evangélicos en el disciplinamiento del voto y la proliferación de cultos laxamente cristianos es central. Estas estructuras debilitan las instancias clave de mediación entre sociedad y Estado —como los sindicatos o los partidos tradicionales— sobre las que se fundó la política moderna. Operan, en cambio, como una «reforma protestante tardía» capaz de dotar de coherencia narrativa al individualismo atomizante del neoliberalismo.
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Bajo la apelación a un mesianismo teológico y tecnológico, este fenómeno conecta la base popular con las narrativas hiper-capitalistas globales. Lo vemos tanto en los discursos de figuras como Marco Rubio —cuya retórica sobre la defensa civilizatoria de Occidente motivó la firme defensa humanista del Papa en resguardo de la comprensión católica oficial y clásica-imperial del orden del mundo— como en el ecosistema de Silicon Valley encarnado por Peter Thiel o Alexander Karp, o en la sintomática consigna del bolsonarismo: «Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos» (evocando el histórico e inquietante Über alles del nazismo). Esto demuestra que la acumulación capitalista supone, desde siempre, una dimensión de acumulación espiritual que organiza los cuerpos para hacerlos cómplices de su propio sometimiento.
Más allá de los efectos innegables de la mediarquía y los monopolios de plataformas, el rol de la iglesia de barrio merece una consideración detenida. Estamos cada vez más inmersos en un nuevo tipo de oscurantismo que se despliega desde abajo; un repliegue místico-tecnológico que, no por casualidad, las corrientes filosóficas reaccionarias han teorizado y celebrado bajo el nombre de Ilustración Oscura.



