POR ESTEBAN CRUZ RODRÍGUEZ*
El pasado domingo 1 de junio presencié en vivo a Lacrimosa, la banda alemana que me acompañó durante los días más grises de mi adolescencia. No era un simple concierto. Era, más bien, un reencuentro con las sombras que me formaron, con las estéticas que moldearon una sensibilidad política, una forma de entender el mundo desde los márgenes. Entre esas canciones, Memoria resonó como una elegía íntima a todo lo perdido, pero también como una promesa de que incluso en el duelo más hondo puede insinuarse la luz.
Esa canción –como muchas de las obras de Lacrimosa– no es otra cosa que un ejercicio de resistencia. Una forma de arte que se rehúsa a ser complaciente. Que nos devuelve la densidad del dolor y la dignidad de las emociones profundas. En ella, como en gran parte de la cultura dark, se inscribe una advertencia: el alma humana no puede ser colonizada por la prisa.

La historia de su vocalista, Tilo Wolff, da testimonio de esa lucha contracorriente. Antes de fundar Lacrimosa, trabajó en fábricas para reunir el dinero necesario con el que grabó su primera demo en 1990. Dormía de día, trabajaba de noche y leía a Kafka –su autor favorito– en los escasos momentos de respiro. De hecho, ha dicho que El Castillo fue el libro que le cambió la vida. Esa imagen –la del joven obrero que carga cajas, sueña canciones y subraya a Kafka en un rincón industrial– condensa una verdad que incomoda a la lógica actual: el arte también nace del agotamiento, del trabajo no idealizado, de los márgenes. Y por eso duele, porque es honesto.
Mark Fisher lo advirtió con lucidez: no es que el arte haya desaparecido, sino que ha sido absorbido por completo por el capital. En la cultura contemporánea no hay exterior: todo, incluso la tristeza, ha sido mercantilizado. Las emociones se producen, se distribuyen y se venden como mercancía. La melancolía se ha transformado en producto curado por algoritmos. Ya ni siquiera el duelo es libre: debe ser breve, rentable, fotogénico.
Frente a ello, la cultura dark –como antes el romanticismo trágico de Schubert o la épica atormentada de Rachmaninoff– ha insistido en la necesidad de otra temporalidad: una que no huya del dolor, que lo asuma como experiencia fundante, como espacio de elaboración colectiva y subjetiva. Desde los años noventa, bandas como Lacrimosa anunciaban lo que vendría: una era donde lo inmediato reinaría, y lo profundo sería sospechoso por improductivo.

Pero esto no es solo una reflexión estética. Es, ante todo, política. Porque un pueblo que no puede demorarse, que no puede recordar ni dolerse, tampoco puede rebelarse. La política sin duelo es gestión. Y el arte sin sombra es propaganda.
Asistir a un concierto de Lacrimosa, entonces, no fue un acto nostálgico. Fue un acto de memoria y de militancia emocional. Fue reencontrarse con un tipo de sensibilidad que hoy es más urgente que nunca: aquella que no le teme al abismo, porque sabe que sólo quien ha descendido a lo más profundo puede nombrar la esperanza con propiedad.

Frente a los discursos que quieren reducir la vida a métricas, y a las formas de poder que patologizan la tristeza para convertirla en disfunción, el arte oscuro, lento y doliente sigue siendo un gesto radical. No por pesimista, sino por verdadero. Porque nos recuerda que incluso en las ruinas –como en la letra de Memoria– hay una puerta entreabierta. Y a veces, por ahí, entra la luz.
*Abogado, asesor legislativo.



