EDITORIAL TSC /
El mundo vuelve a estar en máxima tensión bélica tras el ataque estadounidense-israelí el pasado sábado 28 de febrero a Irán. El asesinato del líder iraní, el ayatollah Alí Jamenei, como consecuencia del ataque mediante bombardeos masivos sobre Teherán ya generó una reacción militar inmediata de la nación agredida, el cierre del estrecho de Ormuz y un aumento inmediato en los precios de los hidrocarburos en un 10 %.
Esta agresión militar cuando Washington negociaba con el Gobierno de iraní no solo constituye un acto de perfidia sino una ruptura radical en las reglas de la diplomacia internacional. Este tipo de acciones tienden a subir el grado de pugnacidad en el tablero geopolítico global, forzando a potencias como Rusia y China a posicionarse, y generando una reacción en cadena en el escenario internacional.

La narrativa oficial de Occidente se apoya en argumentos poco sólidos respecto de la fabricación de armas nucleares por parte de Irán (como la famosa mentira de las armas de destrucción masiva por parte de Irak), lo que debilita cualquier tipo de justificación por parte de Washington y Tel Aviv sobre la intervención militar, aislando aún más a Estados Unidos y sus aliados.
El cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita una parte significativa del petróleo mundial, y el alza inmediata de los precios de los hidrocarburos, tienen repercusiones directas en la economía global. Europa y Asia, altamente dependientes del crudo de la región, enfrentarían presiones inflacionarias y posibles crisis energéticas, lo que podría desestabilizar gobiernos y aumentar la conflictividad social en otras regiones.

La intervención militar de Estados Unidos e Israel en Irán tiende a perpetuar ciclos de violencia, radicalización y desplazamiento de poblaciones. Además, la percepción de que el conflicto es utilizado con fines electorales por parte de Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu sugiere una instrumentalización política de la guerra. Esto puede sentar un precedente peligroso, donde la política interna de potencias nucleares influye directamente en la estabilidad global, aumentando el riesgo de acciones unilaterales y desestabilizadoras. Ello además erosiona la confianza en los mecanismos internacionales de resolución de conflictos y debilita la arquitectura de seguridad colectiva.
A la gravedad de la agresión desplegada contra la República Islámica de Irán es recurrente la mentira y la manipulación de información sobre el programa nuclear iraní y la instrumentalización del conflicto por parte de Occidente.

Este conflicto en la región del Medio Oriente tiene el potencial de desencadenar una crisis geopolítica de gran escala, con efectos inmediatos en la seguridad energética, la estabilidad mundial y la legitimidad de las instituciones internacionales.
La paz mundial se torna seriamente amenazada no solo por la violencia directa, sino por la erosión de normas y mecanismos multilaterales que han sostenido el orden internacional desde la Segunda Guerra Mundial.



