POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /
El concepto interseccionalidad se ha convertido en un tema candente tanto en los círculos académicos como en los espacios de activistas. Pero ¿qué significa exactamente y por qué ha surgido como una categoría analítica a través de la cual comprender la complejidad del mundo, la diversidad de las personas y experiencias; para explorar cómo surgen y cómo se interrelacionan y entrelazan las desigualdades sociales de raza, clase, género, sexualidad, edad, capacidad y etnia?
La interseccionalidad es un marco analítico que explica cómo las distintas identidades sociales y personales de un individuo (como el género, la raza, la clase social, la orientación sexual y la discapacidad) se superponen y entrelazan. En lugar de analizar cada factor de forma aislada, este enfoque examina cómo interactúan entre sí para generar experiencias únicas de discriminación, opresión o privilegio.
El término fue acuñado en 1989 por la profesora y abogada estadounidense Kimberlé Crenshaw. Inicialmente, lo utilizó para explicar cómo las mujeres afrodescendientes experimentaban una discriminación simultánea por motivos de raza y género, la cual no podía entenderse plenamente si ambos factores se trataban por separado.
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La interseccionalidad representa el punto donde se reúnen varias identidades sociales con un enfoque en la historia de poder y opresión que representan en las sociedades. Esto lleva a que estas investigaciones sean políticas a partir del análisis del poder y su capacidad de avanzar en justicia social para eliminar la inequidad.
Comprender la interseccionalidad es vital para diseñar políticas públicas, leyes y programas sociales verdaderamente inclusivos, ya que permite identificar que las necesidades o vulnerabilidades de una población no son homogéneas. Por ejemplo, las barreras para acceder a la salud o al empleo no son las mismas para una mujer de clase media que para una mujer que vive en condición de pobreza, pertenece a un grupo étnico minoritario y enfrenta una discapacidad.
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El concepto lo han trabajado las sociólogas norteamericanas Patricia Hill Collins y Sirma Bilge, quienes en su libro sobre el tema nos introducen de forma muy clara y rigurosa en el campo de la interseccionalidad y en su praxis. Analizan su origen, el crecimiento y los contornos del concepto; muestran cómo los marcos interseccionales hablan sobre temas tan diversos como los derechos humanos, el neoliberalismo, las políticas de identidad, la inmigración, el hip hop, la protesta social global, la diversidad, los medios digitales, el feminismo negro en Brasil, la violencia y los mundiales de fútbol organizados por la FIFA.
Su análisis sobre interseccionalidad constituye una valiosa herramienta analítica y organizativa en el ámbito de las ciencias sociales y de las humanidades para comprender la desigualdad, las injusticias sociales y protestar, plantear alternativas y resolver problemas políticos y sociales, para lograr cambios orientados a incrementar una mayor justicia social.
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De manera muy comprensible, las autoras recurren a una gran cantidad de ejemplos del mundo real para ilustrar sus argumentos. Es por tanto un recurso inestimable y un aporte intelectual para ampliar ideas, debates y las nuevas orientaciones en el campo de las desigualdades sociales de raza, clase, género, sexualidad, edad, capacidad y etnia. Permite comprender cómo funciona y cómo se disputa el poder en nuestra era neoliberal, neocolonialista y muy conservadora.
En ese contexto, la razón de ser de la interseccionalidad está en su atención a las relaciones de poder y a las desigualdades sociales. Y ahí está una de las grandes confusiones actuales. Porque muchas veces la interseccionalidad termina reducida a una lista de identidades o a una idea superficial de “diversidad”, cuando en realidad nació para cuestionar cómo operan conjuntamente estructuras como el racismo, el patriarcado, la clase, la sexualidad, la nación y la edad.
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En las últimas décadas, el estudio de las desigualdades sociales ha experimentado un giro paradigmático gracias a enfoques que reconocen la complejidad de las identidades humanas. La teoría de la interseccionalidad, desarrollada y enriquecida por la socióloga estadounidense Patricia Hill Collins, se erige como una herramienta analítica crucial para entender cómo diversas formas de opresión y privilegio se entrelazan y se reproducen en la vida cotidiana.
La interseccionalidad no se limita a analizar un único eje de desigualdad —como género, raza o clase social—, sino que examina la confluencia de múltiples factores que configuran experiencias sociales específicas.
Este enfoque permite desentrañar cómo las estructuras de poder afectan de manera distinta a individuos y grupos, evitando explicaciones simplistas y homogéneas sobre la discriminación.
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