POR OMAR ROMERO DÍAZ
En esta Semana Santa tuve la oportunidad de vivir unos días de recogimiento con la naturaleza. No fue solo descanso. Fue volver a lo esencial: la tierra, las plantas, el silencio del campo y la vida que brota sin prisa.
Cuando uno pasa tiempo entre cultivos y árboles entiende algo muy simple: la tierra siempre responde cuando se le trata con respeto.
Y ahí nace una pregunta que hoy es urgente para Colombia: ¿por qué seguimos dependiendo de fertilizantes artificiales hechos con petróleo y gas, si el mundo ya está buscando otro camino?

Hoy el planeta está viviendo una crisis silenciosa que afecta directamente al campesino.
El estrecho de Ormuz por donde pasa una gran parte del petróleo mundial está en tensión. Pero el problema no es solo la gasolina. Por ese mismo corredor marítimo también se mueve gran parte del gas y los fertilizantes nitrogenados que usa la agricultura del mundo.
Cuando esa ruta se cierra o se encarece, pasa algo muy sencillo. Suben los fertilizantes. Suben los costos de producir. Suben los precios de los alimentos. Y quien termina pagando es el campesino… y luego el consumidor.

Hoy producir comida depende del petróleo. Y eso es una dependencia peligrosa.
El campesino está atrapado en una cadena costosa. El agricultor vive una realidad muy clara: el abono químico cada vez cuesta más. Los insumos dependen del dólar. El transporte depende del petróleo. Los precios del campo no suben al mismo ritmo
Resultado: trabajar la tierra cada vez deja menos. Es como sembrar con una cadena amarrada al cuello.

La India, uno de los países más poblados de mundo, está mostrando otro camino. Mientras el mundo entra en crisis por los fertilizantes, un país enorme está haciendo algo histórico: impulsa el cambio hacia fertilizantes orgánicos.
Allá el Gobierno entendió algo clave: no se puede depender del petróleo para producir comida. Por eso están promoviendo biofertilizantes. Abonos orgánicos. Agricultura natural. Producción local de insumos
La lógica es simple y poderosa: lo que sale de la tierra debe volver a la tierra. Menos dependencia externa. Más soberanía alimentaria.

Al estar en contacto con las plantas durante esta Semana Santa entendí algo que el campesino sabe desde siempre: la tierra no necesita químicos para vivir. Necesita materia orgánica, agua, sol y cuidado.
Las hojas que caen se vuelven abono. El estiércol nutre el suelo. La vida se recicla sola. El fertilizante nace en la finca. El cambio no es complicado ni costoso.
Se basa en algo sencillo: estiércol o compost, melaza de caña, harina de leguminosas, agua, suelo vivo. Se fermenta en un barril y se crea un fertilizante líquido lleno de microorganismos que nutren la tierra.
No hay patentes. No hay multinacionales. No hay importaciones. Cada finca se convierte en su propia fábrica de fertilidad.

Lo que ganaría Colombia
Si Colombia impulsa una transición hacia fertilizantes orgánicos el campesino gastaría menos, dependería menos del mercado internacional, tendría mayores ganancias.
La naturaleza no usa fertilizantes importados. La naturaleza se fertiliza a sí misma.
Este es el momento perfecto para dar un paso histórico. Si el mundo encarece los fertilizantes, Colombia tiene una oportunidad: convertirse en líder de fertilización orgánica en América Latina.
Imaginemos lo que significaría: producir abonos orgánicos en cada región. Reducir la dependencia del petróleo. Bajar costos al campesino. Cuidar el suelo y el agua. Garantizar comida más sana y fortalecer la soberanía alimentaria, Esto no es un sueño, Es una decisión política.

Se trata de sembrar futuro. El cambio verdadero empieza en la tierra por cuanto el campesino no puede seguir dependiendo de crisis internacionales para poder sembrar.
Hoy la reflexión es clara: Colombia debe sembrar sin cadenas. Sin depender del petróleo. Sin depender de fertilizantes importados.
Es hora de que el Gobierno del Cambio impulse con fuerza la transición hacia fertilizantes orgánicos. Porque quien controla los fertilizantes, controla la comida. Y quien controla la comida, controla el futuro.
Sembrar orgánico es sembrar soberanía.



