POR DARÍO MARTÍNEZ BETANCOURT
La soberanía en su desarrollo histórico ha superado el concepto clásico. En la edad media se enfrentó a tres grandes poderes: la Iglesia católica, el imperio romano y los grandes señores. Una concepción política inicial, se convirtió en doctrina jurídica eminentemente teórica alejada de la realidad.
Surge el Estado liberal desde Hobbes, ubicando en el pueblo el fundamento de la soberanía, y aparecen los límites de distinto orden que han hecho de ella, una categoría no absoluta, limitada y falible, contrario sensu, de lo que inspiró Bodin y Rousseau, para quienes era absoluta, imprescriptible e inalienable.
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Los hechos tangibles desmarcan pueblos, Estados, hombres, leyes, Derecho, códigos y constituciones políticas, al traspasar el firmamento los misiles y aparecer los buques de guerra en cualquier mar, para no mencionar las armas nucleares. Se invaden territorios sin más fórmula de juicio que la voluntad poderosa y omnímoda de la nueva versión imperial, que somete y avasalla. Los principios de orden universal se inclinan frente al miedo y la destrucción y caen de rodillas, sometidos por la superioridad del dominio bélico que destruye el Derecho.
Este poder arbitrario mundial es una fuerza expansiva, por naturaleza destructora que establece dominación y otra modalidad de esclavitud. Estamos muy lejos de hacer realidad, la famosa afirmación de que la soberanía es el Derecho que tiene un pueblo de ser después de un dios, único árbitro de sus destinos. Incomprensible y lacerante que el futuro de un pueblo y de algunos jefes de Estado, no dependa de la voluntad general sino de la omnipresencia de los mandatarios más poderosos de la tierra.
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Los imperialismos de ojos azules y de ojos negros que, desde Occidente y Oriente dominan el mundo, haciendo prevalecer las armas por encima de la razón jurídica, desangran el planeta, sacrificando vidas inocentes que no cuentan en el tránsito macabro de las fosas comunes y sepultan la moral y el ordenamiento jurídico.
El Derecho Internacional en todas sus concepciones poco a poco fenece, sustituido por el poder desenfrenado de los cañones. La humanidad aún no despierta de este letargo insensible y doloroso. Se ensordece ante los clamores y lágrimas de niños inocentes en Gaza o ante la destrucción y muerte en Ucrania o las invasiones impunes a países que no superan sus contradicciones económicas, políticas e internas. Se rechazan obligaciones internacionales, de protección de los Derechos Humanos.
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Hay un hibridismo acomodaticio para hacer prevalecer el Derecho interno o externo, según las conveniencias e intereses económicos y seguridad nacional. Decae la civilización lograda con sudor y lágrimas y, la dignidad humana desaparece. El elemento brutal reduce la esencia de ciertos Estados, que aún mantienen formalmente el concepto de soberanía y Derecho.
No puede imponerse ni triunfar la versión moderna del arcabuz que, a través de las balas de plomo, desde la antigüedad determinaban el alcance del poder y la soberanía.



