febrero 12, 2026 12:04 am
Únete a la pelea: ¡cambiemos juntos esta vaina!

Únete a la pelea: ¡cambiemos juntos esta vaina!

POR RICARDO VILLA SÁNCHEZ

De cara a 2026, el reto es transformar avances en políticas irreversibles: cerrar brechas territoriales, mejorar la ejecución y superar bloqueos políticos. Impacto político: un llamado a la convergencia de fuerzas progresistas, sociales y democráticas para asegurar la continuidad del cambio como política de Estado. El futuro depende de que la agenda de derechos, paz y justicia social sea defendida por una mayoría ciudadana que vea en el proyecto progresista no un favor, sino una necesidad histórica.

Colombia es un país de gritos ahogados. Por décadas, los gritos del hambre, del despojo, del miedo, de las violencias, del racismo, de la segregación y pobreza, de la impunidad y la desigualdad, de la injusticia social, climática, estructural, se estrellaron contra los muros fríos de los palacios. Hasta que un día, en 2022, el grito se transformó en palabra, y la palabra en mandato. El pueblo dejó de gritar para comenzar a gobernar. La llegada de Gustavo Petro a la Presidencia no fue un simple relevo burocrático: fue una ruptura ética, política y cultural. Por primera vez en nuestra historia, los ‘nadies’ llegaron al poder no como convidados de piedra o la esquina de orinar, sino como protagonistas.

 

Entraron por la puerta ancha de la democracia las víctimas que antes solo entraban en ataúdes; los campesinos que sembraban para otros, pero se acostaban a dormir con hambre y se levantaban sin derechos y hoy son sujetos de derechos y actores políticos; los pueblos indígenas con sus bastones de mando y su gobierno propio; las comunidades afrocolombianas organizadas, con su dignidad intacta; las mujeres que sostienen nuestro mundo de la vida; los jóvenes que antes veían en la guerra su única salida; la población LGBTIQ+ que exigía respeto más allá del aplauso folclórico y que hoy ostentan el Ministerio de Igualdad, con el amigo y compañero Juan Carlos Florian. Todos ellos ocuparon por fin un espacio que les fue negado por siglos. Como escribió Gabriel García Márquez al recibir el Premio Nobel: “No estamos condenados al olvido”. Y eso fue lo que gritó el pueblo colombiano en 2022: nosotros también somos historia.

El cambio no era un eslogan de campaña, sino una deuda con los siglos. Justicia social, justicia ambiental, paz total, democracia real: no como consignas abstractas, sino como reparaciones urgentes. El Estado comenzó a mirar desde abajo. Desde la tierra. Desde la herida. Desde la olla comunitaria donde una madre cocina con lo que tiene para doce niños que no son suyos. Desde la vereda donde un viejo cortero o recogedor de café o vaquero, volvió a caminar con papeles de tierra en la mano. Desde la cárcel, donde una mujer trans recluida por sobrevivir empieza a escribir poesía en un taller de dignidad.

Gobernar desde abajo no ha sido fácil. En Colombia, el poder real no se disputa solo en las urnas: se defiende en los estrados, en las redacciones de los medios de comunicación, contra los clanes que heredan ministerios como fincas y hasta de los piratas, de quienes aún se creen conquistadores y hasta contra los lobos con piel de oveja, con su inconsecuencia y su fuego amigo, pescando en río revuelto, que aún no se han ido.

Pero en tres años, el Gobierno del Cambio ha movido placas tectónicas. Se aprobó la reforma pensional. Se blindó la matrícula cero. Se creó la Renta Ciudadana, que hoy es alivio real en la mesa de millones. Se formalizaron tierras. Se sustituyó la represión por diálogo social en los territorios. Se avanzó en la paz: no perfecta, pero viva. Se rompió el cordón umbilical con la guerra contra las drogas y se propuso ante el mundo una agenda de vida, no de muerte.

Colombia por primera vez habla en voz alta. No por beligerancia, sino por dignidad. Se lideró la COP16 y, pronto, la CELAC. Se ingresó al Consejo de Seguridad de la ONU. Se alcanzó la Secretaría Adjunta de la OEA para Latinoamérica. Se defiende la vida en Gaza. En Santa Marta, el presidente Petro no celebró los 500 años como homenaje al conquistador, sino como un acto de resistencia. No se aplaudió el hierro del invasor, sino la terquedad del vencido que se negó a desaparecer.

Por supuesto, las élites no se quedaron de brazos cruzados. Las minorías que se resisten al cambio en sectores representativos del Congreso bloquearon reformas. El aparato judicial, activó su guerra jurídica. Los medios privados, convirtieron el miedo —y muchas veces la mentira— en titular. Pero el cambio siguió. No desde el escritorio, sino desde el territorio, desde las redes sociales y el periodismo alternativo, desde la resistencia ciudadana. No como espectáculo, sino como siembra. Y aunque este Gobierno no ha sido perfecto, ha sido profundamente humano. Y eso —en este país— ya es una revolución.

Ahora que entramos en el último año de gestión del Gobierno, la pregunta no es si Petro ha cumplido. La pregunta es si nosotros, como pueblo, estamos dispuestos a sostener y profundizar este proyecto moderno, democrático, progresista, civilizatorio. Porque lo que está en juego no es un cargo: es un camino.

El 2026 no debe ser el año del olvido. Debe ser el año de la memoria organizada. De la continuidad crítica. De las reformas estructurales: una reforma agraria con enfoque territorial, una tributación justa que no castigue al que trabaja, una paz total con justicia restaurativa, una democracia con rostro plurinacional y mucha más solidaridad e integración con el mundo y con nuestros países hermanos.

El cambio está incompleto, pero está vivo. Y lo que está vivo, puede crecer. Para eso necesitamos organización popular, agitación, unidad estratégica del campo progresista, pedagogía política y comunicación para la vida. No basta con votar: hay que cuidar lo sembrado. En cada comuna, en cada resguardo, en cada barrio, en cada aula, en cada sindicato. En cada organización popular, social y política. La esperanza no se decreta. Se construye.

Las élites ya han mostrado sus cartas: quieren volver. Quieren cerrar la puerta que se abrió en 2022. Quieren borrar lo sembrado. Nuestra respuesta no puede ser el silencio. Tiene que ser la esperanza activa. El amor organizado. El cambio como verbo colectivo.

Este camino que hoy seguimos no se abrió de la nada. Lo sembraron muchas manos. Una de ellas fue la de Ricardo Villa Salcedo, mi padre, político del Caribe y soñador de otra Colombia posible. En los años más oscuros, levantó la voz por la democracia plena, por la paz con justicia social, por la vida digna para todos. En 1992, lo asesinaron las mismas fuerzas que hoy siguen temiendo al pueblo organizado. Pero sus sueños no fueron promesas que se llevó el viento. Sus palabras, su causa y su consigna viven hoy en cada transformación que empuja el Gobierno del Cambio.

Ricardo Villa Salcedo (1942-1992).

“Únete a la pelea: cambiemos juntos esta vaina”. Ese fue su grito. Hoy es el mío.

Y puede ser el de todos.

Si tú también sueñas con una Colombia viva, justa, digna y diversa.

Si no te da miedo pelear por lo justo.

Si crees que la historia no está escrita en mármol, sino en lucha…

Únete a la pelea.

La historia no está condenada a repetirse. Está hecha para ser transformada.

La continuidad del proyecto progresista no es un favor al Gobierno, es una necesidad para la democracia.

Es el acuerdo nacional, una gran concertación entre diferentes, bajo argumentos de reconciliación y ciudadanía activa, con principios mínimos y propósitos comunes que generen esperanza; ético y humano, por una nueva Colombia:

Más justa. Más viva. Más nuestra.

¡Cambiemos juntos esta vaina!

@rvillasanchez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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