POR DAVID BAK GELER
Si bien es cierto que el fascismo y el colonialismo abiertos, frontales y rampantes son hoy los principales enemigos, sus aliados desde la trinchera de la tibieza les prestan un servicio valioso. Por eso deben ser desenmascarados.
“Es demasiado complicado como para tomar partido”. Esta frase resume la actitud de muchos expertos, académicos e intelectuales a nuestro alrededor que se rehúsan a pronunciarse claramente sobre lo que pasa en el mundo.
Ni las escuelas bombardeadas, ni los presidentes secuestrados ni el cerco a la isla los sacan de su neutral abstinencia. Como Bartleby, ese personaje de Hermann Melville que ante todo requerimiento para actuar responde con un “preferiría no hacerlo”, así ellos responden ante los genocidios, los apagones y las amenazas nucleares con un “preferiría no juzgarlo”. Sólo que a diferencia del modesto Bartleby (congruente con su inacción al grado de dejarse morir de hambre), nuestros letrados contemporáneos disfrazan su tibieza con discursos pomposos y doctas confusiones.
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«La discusión en torno a Cuba es mucho más compleja que eso».
«El caso de Venezuela no puede simplificarse así como así».
«Lo de Irán tiene demasiadas aristas geopolíticas como para tomar partido categóricamente».
Frases como éstas nos advierten que es un error rechazar rotundamente y sin condiciones el cerco a Cuba, el secuestro del Presidente venezolano o el bombardeo de escuelas en Irán. Nos sugieren que hasta el más sencillo de los conflictos tiene dos caras y que todo problema arrastra antecedentes, vericuetos e interpretaciones contradictorias. Dada la imposibilidad de resolver esa maraña de causas y consecuencias, se nos recomienda…no juzgar.
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A la actitud que deslegitima el compromiso político y moral oponiéndole una complejidad insoluble, la podemos llamar mistificación. Mistificar es una práctica comunicativa que consiste en volver confuso lo claro; enmarañar y embrollar lo que de otra forma podría expresarse sin demasiadas complicaciones.
La mistificación es una de las estrategias “cultas” del encubrimiento: nos atiborra con premisas, distinciones conceptuales, citas, acotaciones y antecedentes superfluos para confundirnos o distraernos de las cuestiones que realmente importan.
La política no es el único lugar donde las élites practican la mistificación. El artista y escritor John Berger denunció su uso en el terreno del arte. ¿Qué mejor manera de mantener a las masas alejadas de la “alta cultura” que a través de una muralla de infinitas categorías estéticas, especificaciones técnicas y datos biográficos superfluos?
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Si bien este aparato escolástico casi nunca sirve para enriquecer la experiencia estética de nadie, sí sirve para otra cosa: para alienar a las masas del arte. Para hacerle dudar a las mayorías de su propio sentido común y su capacidad de entender el mundo. Y, por último, para dejar bien claro que sólo una clase social es la legítima guardiana de la tradición cultural.
Por supuesto que hay maneras de usar el conocimiento técnico e histórico para iluminar la experiencia estética en lugar de obstruirla, como lo hace tan bien John Berger en sus propios libros y en esa fantástica serie que produjo para la BBC, ‘Modos de ver’. Es una fortuna encontrar guías así, que ponen su saber técnico al servicio de la experiencia de los otros y no lo usan como barrera. En lugar de distraernos de lo esencial, nos ayudan a verlo mejor. En vez de hacernos dudar de nuestra capacidad para entender las cosas, la refuerzan y enriquecen.
Ya sea en el arte o en la política, lo importante para juzgar y actuar correctamente no es tener información exhaustiva ni acumular conceptos o argumentos infinitos, sino tener una perspectiva clara y adecuada de la realidad. A esto se refería por ejemplo Andrés Manuel López Obrador cuando repetía que el pueblo mexicano es uno de los más “politizados” del mundo. El expresidente mexicano no sugería que la mayoría de mexicanas y mexicanos acumule información ilimitada antes de juzgar o que tenga a la mano citas del último politólogo italiano, sino a que tiene las cosas claras. Sus valores están bien puestos y es capaz de distinguir la información pertinente de la trivial. Ser una persona “politizada” no tiene que ver con complejizar y mistificar, sino todo lo contrario: significa ganar una perspectiva clara sobre los propios intereses, sobre la posición de los adversarios y las posibilidades de resistirles.
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Al advertirnos siempre que la cuestión es mucho más compleja, que debemos guardarnos de juzgar a la ligera y que es imposible pronunciarnos tajantemente en un mundo tan enredado, los mistificadores pretenden hacernos perder la perspectiva: despolitizarnos. Lo que buscan a fin de cuentas es lograr que dudemos de nuestra propia brújula política y moral.
El fin último de la mistificación es de hecho convencernos de que esas brújulas son cosas del pasado, herramientas burdas y engañosas. La mistificación busca suprimir la posibilidad misma de los principios políticos sólidos. Se trata de una forma de evangelización agresiva, el intento por hacer de la tibieza una marca de distinción.
Está claro que todo fenómeno puede ser analizado y discutido desde distintas perspectivas. Tomemos el caso de Cuba. Durante los casi setenta años transcurridos desde la revolución cubana han pasado muchas cosas. Si viniera al caso, podríamos mantener interminables discusiones sobre el impacto del bloqueo de los EE.UU. sobre la economía de la isla, o sobre la dependencia que durante dos décadas Cuba mantuvo hacia la Unión Soviética. Podríamos sopesar los éxitos del régimen cubano como su alfabetización, su sistema de salud y su expectativa de vida frente a la limitación de las libertades políticas, artística o culturales que han impuesto sus autoridades.
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Todas estas cuestiones y muchísimas más pueden ser exploradas a detalle por la sociología, la ciencia política y la historia para brindarnos pormenores, cifras y datos empíricos.
Pero mientras la isla está siendo asfixiada por el ejército más poderoso del mundo de manera brutal y cruel, esos detalles no tienen vela en el entierro. Lo único que importa es prepararse para la acción con ayuda de principios sólidos e inamovibles: “rechazo sin condición toda intervención colonial en el continente”. O “defiendo el derecho de los pueblos a su autodeterminación”. En esta hora de peligro resultan infinitamente más útiles las personas que traducen estos principios firmes en consignas, imágenes o memes que quienes se dedican a combatir las objeciones de la complejidad mistificadora.
La mistificación es una estrategia antiplebeya y antipopular que nos vende la tibieza como algo aceptable; de hecho, como la única opción racional y distinguida. “El mundo es tan complejo” nos dicen los mistificadores, “que es imposible juzgarlo sin acabar siendo ridículo, trivial o rústico”.
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En realidad, se trata del intento, por parte de un grupo social, de distinguirse de los demás y ponerse al amparo de los compromisos comunes: la solidaridad, la indignación y el horror.
Aunque es cierto que hoy los principales enemigos a combatir son el fascismo y el colonialismo frontales y rampantes, sus aliados desde la trinchera de la tibieza les prestan un servicio útil. Por eso deben ser desenmascarados allí donde aparecen con su característico “preferiría no juzgar”.
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