abril 16, 2026 1:42 am
“La acelerada producción del capitalismo provoca deshumanización y deterioro ambiental”: David Harvey en la UNAM

“La acelerada producción del capitalismo provoca deshumanización y deterioro ambiental”: David Harvey en la UNAM

RESUMEN AGENCIAS /

¿Te has puesto a pensar de dónde viene realmente lo que consumes cada mañana? Tu café, tu pan, la pantalla desde la que lees esta nota. No es una pregunta filosófica es una pregunta geográfica y también política.

El geógrafo británico David Harvey pasó años haciéndosela a sus estudiantes en la City University of New York. Les pedía que investigaran el origen de su desayuno. Al principio todos respondían lo mismo. “Lo compré en el supermercado”. Pero Harvey insistía. “No. De dónde viene de verdad”.

Semana tras semana, los alumnos terminaban rastreando el azúcar hasta los cañeros del Caribe y el café hasta plantaciones con condiciones de trabajo precarias. Algunos estresados dejaron de desayunar, pero entendieron la lección, sin importar si te gusta o no, tú estás conectado a la economía global en cada bocado.

Historia del capital

El pasado martes 14 de abril, el Foro Experimental de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se llenó antes de las cuatro de la tarde. No era para menos pues Harvey, el geógrafo más leído del mundo cuando se habla de capital, estaba frente al micrófono. Arrancó con una confesión. Dijo que días antes se había despertado pensando que había escrito el libro equivocado. La depresión le duró hasta el desayuno. Luego sonrió. «No importa», se dijo a sí mismo. «Puedo escribir otro libro». Esa anécdota, contada con la naturalidad de quien lleva cincuenta años enseñando lo mismo sin aburrirse, fue la puerta de entrada a una hora y media de análisis puro.

El profesor David Harvey invitado especial de la comunidad académica de la UNAM.

Harvey es profesor en la City University of New York y en la Universidad Johns Hopkins. Autor de títulos como ‘Los límites del capital’ y ‘La condición de la posmodernidad’, en esta ocasión llegó a contar una historia, ‘La historia del capital’.

La Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM recibió al reconocido geógrafo y teórico social inglés, quien realiza una visita académica del 13 al 20 de abril, con una agenda de actividades orientadas al diálogo con la comunidad universitaria y la presentación de su más reciente libro, ‘The Story of Capital’.

Harvey habló de la relación entre el valor de uso y el valor de cambio. Traduzcamos. Una cosa es usar una silla para sentarte. Otra muy distinta es venderla. Esas dos funciones, según Marx, son antagónicas. No puedes usar algo y venderlo al mismo tiempo. De esa contradicción tan pequeña, dijo Harvey, nace todo el movimiento del capital. Y entonces citó a Karl Marx con precisión de cirujano.

«Marx distingue entre lo concreto y lo abstracto. Su primer concepto en ‘El capital’ es la mercancía. Es sólida, Sabes lo que es. Puedes hablar de ella. Pero luego Marx dice que esa mercancía tiene dos facetas. Es un valor de uso y es un valor de cambio. Es más, esas dos funciones son antagónicas. No puedes usarla si la has vendido. No puedes venderla si la estás usando».

Con esa base, Harvey lanzó una invitación. «La próxima vez que comas un sándwich», dijo, «piensa de dónde viene. El azúcar, el café, la harina. Todo eso te conecta con cañeros, transportistas y trabajadores al otro lado del mundo. No puedes evitarlo. Ya estás dentro».

Dinámica del mercado debilita vínculos humanos

 

Durante la presentación de su nuevo libro, el teórico marxista sostuvo que la rapidez del mercado debilita vínculos humanos y transforma la organización del trabajo.

El capitalismo contemporáneo ha acelerado los tiempos de rotación mediante el consumo instantáneo de mercancías y experiencias, redefiniendo al proletario y desplazándolo hacia un sector de servicios que prioriza la inmediatez, afirmó en el desarrollo de su disertación.

Harvey explicó que esta aceleración ha derivado en la destrucción ambiental y la alienación, pues provoca la pérdida de conexión personal con quienes producen las mercancías.

“En una sociedad muy competitiva, el tiempo de rotación óptimo en el consumo es cero. Es decir, quieres ser capaz de fabricar un producto que tarde cero minutos en consumirse. Las cosas que tienen tiempos de rotación rápidos ya no son mercancías. Son experiencias”, afirmó frente a un auditorio lleno que dio cuenta del interés que aún despiertan sus interpretaciones del capitalismo contemporáneo.

A lo largo de su intervención, el académico señaló que este fenómeno transforma el tipo de trabajo que sostiene al sistema: subrayó que se trata de la consolidación de una economía donde lo efímero domina y donde los trabajadores quedan sujetos a ciclos veloces de demanda.

Según explicó, esta lógica termina configurando una sociedad en la que el valor se genera más por la velocidad que por la calidad o la utilidad real de lo producido.

Vertederos del capital

 

Por otra parte, abordó el papel del capital fijo en la dinámica contemporánea. Infraestructura, maquinaria, redes de transporte y edificaciones son inversiones que vuelven más rígido al sistema, pues al acumularse, quedan obsoletas o al no poder expandirse con la misma velocidad que exige el mercado, dificultan ajustes y terminan derivando en crisis.

En la misma línea, advirtió que las crisis de sobreacumulación, las cuales ocurren cuando el capital no encuentra dónde invertirse, encuentran un escape en grandes proyectos de infraestructura que a menudo funcionan como un «vertedero de capital con consecuencias horrendas».

Ante este panorama, el geógrafo hizo un llamado a recuperar la capacidad de ver la «totalidad» del sistema para enfrentar la deshumanización que impone el mercado y apuntó que, en el contexto actual, las relaciones personales empiezan a desaparecer y, en su lugar, «tenemos la abstracción».

Explicó que esta desconexión impide a los individuos comprender que, incluso en un acto tan cotidiano como comer un sándwich, se encuentran vinculados a la complejidad de la economía global y sus contradicciones sistémicas.

Asimismo, detalló que la presión por acortar los tiempos de producción y consumo impulsa dinámicas que intensifican el deterioro ecológico. Sobre este punto, Harvey recordó cómo, tras la Segunda Guerra Mundial, el sistema sobrevivió volcando el excedente de capital en el entorno construido, citando como ejemplo los suburbios estadounidenses, a los cuales calificó como «la forma de urbanización más desastrosa para el medio ambiente que puedas imaginar».

El profesor Harvey explicó que, al leer los manuscritos de Marx conocidos como los Grundrisse, encontró un pasaje que antes había pasado por alto. Marx escribió que, en ciertas situaciones, el capital mejora tanto la productividad del trabajo que ya no puede absorber toda la riqueza que genera. En otras palabras, produce más de lo que el mercado puede consumir y entonces surge un problema. ¿Qué hacer con el excedente? La respuesta, según Harvey, está en la historia urbana del siglo XX.

El profesor David Harvey interviene ante el Foro Experimental de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Después de la Segunda Guerra Mundial, el capital necesitaba un destino urgente para su capacidad productiva ociosa. La solución fue construir suburbios. Millas y millas de casas, autopistas y centros comerciales.

Harvey explicó:

«En un pasaje asombroso de los Grundrisse, Marx dice que muchas veces el capital fijo se produce simplemente porque a nadie se le ocurre nada mejor que hacer con el capital y yo pienso: ‘Dios, eso suena como la urbanización del siglo XX’. De repente me di cuenta de lo que Marx propone ahí. La urbanización es un vertedero para el capital excedente y es un vertedero con consecuencias horrendas. En 1945, el capital acababa de pasar por una gran crisis en los años treinta seguida de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuál iba a ser la expansión que absorbería toda esa nueva capacidad productiva construida durante la guerra? La respuesta fue construir suburbios. Los suburbios son la forma de urbanización más desastrosa para el medio ambiente que puedas imaginar. Tiene todo tipo de consecuencias sociales».

En ese contexto, su intuición central es tan sencilla como perturbadora: el capitalismo no sólo produce riqueza; produce mundo. Configura ciudades, infraestructuras y periferias; organiza desigualdades; impone ritmos de vida acelerados y fragmentados; define territorios de sacrificio. Y lo hace, sobre todo, ocultando su carácter histórico, presentándose como una condición natural.

En ‘La condición de la posmodernidad’, Harvey lo formula con una precisión que desarma cualquier ingenuidad: la idea aparentemente trivial de que “hay un tiempo y un lugar para todo” se convierte en una red de prescripciones que reproducen el orden social. Lo cotidiano, entonces, deja de ser inocente: está estructurado.

Nuestros trayectos, horarios y rutinas urbanas no son elecciones libres en sentido pleno; son formas de disciplina inscritas en el espacio. Allí se juega una de las dimensiones más sutiles del poder.

Modernización subordinada a la acumulación

 

Es en este punto donde emerge uno de sus giros más fecundos. Harvey vuelve a Marx, pero no para repetirlo, sino para reactivarlo. Lo desplaza hacia el presente y recupera una definición que debería bastar para incomodar cualquier certeza: el capital no es una cosa, sino un proceso; un flujo continuo de valorización.

Si el capital es proceso, no puede detenerse. Está condenado a expandirse. Y esa expansión ocurre, inevitablemente, en el territorio. De ahí que la ciudad se convierta en el centro de su crítica. En ‘Justicia social y la ciudad’, Harvey ya advertía que el espacio urbano no refleja la sociedad: la materializa.

Avenidas amplias para facilitar el control, desplazamiento sistemático de poblaciones pobres, reorganización del espacio para acelerar la circulación de mercancías. Modernización, sí, pero subordinada a la acumulación.

Luego añadió un ejemplo contemporáneo que provocó risas cómplices en el público.

«Una de las grandes absorbedoras de capital excedente son los partidos de la Copa Mundial de Fútbol. Construyes estadios nuevos, la gente viene y gasta mucho dinero. Es un gran negociado para el capital. La lógica es una competencia entre naciones. Es una forma de relación social que movilizan los grandes desarrolladores, las grandes finanzas y los grandes capitalistas, y la convierten en una ventaja de clase».

Harvey también habló de los tiempos de rotación del capital. ¿Qué significa eso? Es el tiempo que pasa desde que se produce algo hasta que se consume. Un automóvil puede tardar quince años en agotarse. Un helado, quince minutos. El capital, en su necesidad de acelerar, busca reducir ese tiempo al máximo. En un mundo perfecto para el capitalista, dijo Harvey, el tiempo de consumo óptimo es cero. Eso es imposible, claro. Pero la tendencia es clara. Ya no vendemos solo objetos, vendemos experiencias y ahí soltó una frase que resume el espíritu de la época.

«Las cosas que tienen tiempos de rotación rápidos ya no son mercancías. Son experiencias. El periodo neoliberal ha sido un período de tiempos de rotación cada vez más rápidos. Mencioné la industria de la moda. Antes cambiaba una vez al año. Luego cambió una vez por temporada. Ahora es moda flash, donde cambias cada semana. Estás viviendo en un mundo de tiempos de rotación cada vez más rápidos».

Puso el ejemplo de los cruceros turísticos. Un viaje de siete días se consume al instante, pero requiere una inversión enorme en barcos, puertos y servicios y mientras tanto, ese mismo turismo destruye las playas, los barrios y la vida local que lo hacen posible. Harvey no se anduvo con rodeos.

«El turismo es más importante que la manufactura y lo interesante del turismo es que se trata de consumo instantáneo. Pero necesita una cantidad enorme de inversión fija para que ocurra. Mi ejemplo favorito son los cruceros. Si me hubieras mostrado uno de esos barcos en 1980, habría dicho: ‘¿Qué diablos es eso?’. Y ahora están por todas partes. Puedes tomar un crucero a cualquier lugar, parece y es hermoso porque el tiempo de consumo es de unos diez días o siete días. Pero la cantidad de capital fijo involucrado en construir esas cosas es enorme».

Austeridad para las grandes mayorías y socialismo para los ricos

Luego vino el turno de las cifras. Harvey las soltó sin aspavientos. Cuando Marx escribía, la economía global movía menos de un billón de dólares al año. En 1950, la cifra llegó a nueve billones. Hoy supera los cien billones y luego lanzó una pregunta.

«¿Qué demonios vas a hacer con eso? ¿Por qué necesitamos todo eso? ¿Y por qué no podemos poner todo eso en hospitales y servicios sociales y todo lo demás? Porque sabes que algo anda mal y tenemos que corregirlo y la única ideología que los neoliberales pueden pensar es la austeridad, que empeora las cosas. Es austeridad para la masa de la población y socialismo para los ricos».

Puso un ejemplo que sonó a denuncia. Los 8 mil millones de dólares anunciados para Ucrania, dijo, no se fueron a Ucrania. Se quedaron en los fabricantes de armas de Estados Unidos. Fabricantes que producen cohetes poco eficaces frente a los drones de bajo costo. El capital, resumió, prefiere quemar riqueza antes que invertirla en hospitales o en escuelas.

En ‘Breve historia del neoliberalismo’, Harvey desmonta otro de los pilares del imaginario contemporáneo: la idea de que la libertad de mercado garantiza la libertad individual. Lo que se presenta como emancipación es, en realidad, una reorganización del poder. El mercado no libera: ordena.

Y en ese orden, algunos acceden a la movilidad, la velocidad y la acumulación; otros quedan fijados en la precariedad, desplazados o expulsados. La geografía del capitalismo es, en última instancia, una geografía de la desigualdad.

La crítica se vuelve aún más incisiva cuando Harvey se aproxima a uno de los consensos más intocables de la modernidad. Al analizar la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, advierte que su fundamento individualista, profundamente ligado al mercado, limita su capacidad para cuestionar de raíz al capitalismo.

No se trata de negar los derechos, sino de reconocer su inscripción histórica: incluso nuestras herramientas críticas pueden operar dentro del sistema que pretenden impugnar.

Desigualdad social convertida en paisaje

Harvey no ofrece consuelo. Ofrece claridad. Y la claridad, en este caso, inquieta.

Implica reconocer que el capitalismo no colapsa ante sus crisis: las metaboliza. Las reorganiza. Las convierte en nuevas oportunidades de expansión. La crisis de 2008 no fue una anomalía, sino un ejemplo paradigmático: una crisis financiera que era, en el fondo, una crisis espacial.

Viviendas convertidas en activos especulativos, territorios reconfigurados, ciudades reorganizadas para absorber pérdidas. El resultado fue una mayor concentración de riqueza, un incremento de la desigualdad y una intensificación del control. Harvey lo nombra sin ambigüedad: “acumulación por desposesión”.

Nuestras ciudades, nuestras periferias y nuestras desigualdades territoriales forman parte de esa misma lógica. El crecimiento urbano no corrige la desigualdad: la distribuye en el espacio, la fija, la convierte en paisaje.

Harvey señala a América Latina como el patio de juegos de uno de los ensayos más exitosos del modelo económico neoliberal, cuando las dinámicas de la democracia dieron un giro sin retorno a partir del golpe de Estado en Chile en 1973, respaldado por los Estados Unidos, y la posterior inserción de los Chicago Boys al territorio latinoamericano, como una respuesta beligerante al ascenso del presidente socialista Salvador Allende.

La dictadura férrea del capital y el falso discurso de la derecha

En la lectura de Harvey, el crecimiento que tuvieron los sindicatos de trabajadores en los años setenta fue la antesala de una respuesta neoconservadora que legitimó su popularidad por medio de un discurso donde la “libertad individual” fue colocada como el bien supremo a defender. La economía neoliberal consiguió, por medio de su alianza con discursos nacionalistas e identitarios, afianzar escaños públicos y extender medidas para proteger a los dueños del gran capital. Pero con el paso de las décadas el sistema mostró grandes fallas, por ejemplo, cuando el Gobierno estadounidense decidió proteger Wall Street frente a la crisis de la burbuja inmobiliaria en 2007-2008, que dejó a miles de personas en la calle.

Harvey identifica en esos años la fractura del proyecto neoliberal como una vía segura para instaurar la dictadura férrea del capital. Lo que vino después tiene que ver con la habilidad que la derecha ha tenido para ofrecer falsos espacios de pertenencia a una mayoría empobrecida a la que mediante falacias ha convencido de que si le va mal es por su culpa (“los pobres son pobres porque quieren”) o por la de esos otros (los migrantes, las comunidades racializadas, las disidencias de género, etcétera) que se están quedando con lo que no es suyo por derecho.

América Latina, retaguardia del capital

Pensar con Harvey exige abandonar cualquier inocencia geopolítica. El territorio latinoamericano es estratégico. En un mundo atravesado por guerras que reconfiguran el orden global —de Ucrania a Medio Oriente— y por una política exterior estadounidense que combina presión económica, control logístico y presencia militar indirecta, América Latina reaparece como espacio disponible, como reserva, como retaguardia del capital. La guerra ya no es únicamente destrucción: es reorganización. Redibuja rutas energéticas, redefine cadenas de suministro, reposiciona territorios.

El denominado ‘nearshoring’ (estrategia de externalización en la que una empresa traslada sus procesos productivos o servicios a un país geográficamente cercano, por lo general en la misma zona horaria y con afinidad cultural) no es sólo una oportunidad económica: es una reconfiguración geográfica del capital. La militarización no es sólo seguridad: es control territorial. La migración no es únicamente una crisis humanitaria: es la gestión de flujos en una economía profundamente desigual.

Pensar todo esto desde Harvey implica asumir una incomodidad radical: no estamos ante fenómenos aislados, sino frente a una reorganización profunda del capitalismo a escala global. Y América Latina no es espectadora. Es territorio en disputa.

El ambiente en el Foro Experimental era de atención sostenida. Nadie tosía. Nadie miraba el celular. Harvey no es un orador grandilocuente. Es un profesor que ha dado la misma clase durante décadas y que, sin embargo, encuentra algo nuevo cada vez. Confesó que no lee a otros marxistas porque prefiere ir directo a los textos de Marx. Eso le ha costado críticas. Lo asume. También confesó que sus clases en internet, grabadas hace años, tienen millones de reproducciones. Nunca imaginó que pasaría.

Creación y destrucción 

Antes de cerrar, Harvey advirtió sobre la doble cara de la tecnología y citó a Marx para mostrar que esta ambivalencia no es nueva.

«En el centro de los Grundrisse hay dos pasajes que destaqué en mi libro complementario. El primero habla de la brillantez de la burguesía para inventar cosas nuevas, para liberarnos de los sentimientos religiosos y la adoración de la naturaleza, y permitirnos una comprensión de cómo funciona realmente el mundo a través de la ciencia creativa. Lees este pasaje de unas dos páginas y dices: ‘¿Esto lo escribió Marx?’. Es un relato positivo fantástico de lo que ha hecho la burguesía. Unas páginas después, habla de la toxicidad del mercado y del capital, de cómo las relaciones tóxicas predominan. Todo es destrucción creativa. Todo es reconfiguración violenta. Así que tienes estas dos imágenes de lo que es el capital».

La legendaria casona de Wall Street, sede de la Bolsa de Valores de Nueva York, es el centro mundial de la especulación, la codicia y la opacidad en el manejo bursátil, factores de artimaña y pillaje en los que se sustenta el capitalismo, denunciados en su prolífica obra por el filósofo de Tréveris, Karl Marx.

La Inteligencia Artificial (IA), dijo, entra en ese mismo juego. Puede hacer cosas brillantes. Él mismo la usó para definir un concepto difícil. El problema no es la herramienta. Es el sistema en el que se inserta. Internet llegó en los años noventa con la promesa de una comunicación horizontal y sin dueños. El resultado fue Netflix, plataformas de pago y la extracción masiva de datos personales. No hubo liberación. Hubo un cambio de modelo de negocio.

La última imagen que dejó Harvey fue la de Manchester y Birmingham. Marx tomó Manchester como el modelo del futuro industrial y acertó en parte. Pero no miró a Birmingham, donde operaban pequeños talleres artesanales de armas y joyería. Esa ceguera, dijo Harvey, te invita a hacerte una pregunta más amplia.

«Una de las preguntas que podríamos hacernos es: ¿qué tipo de sociedad queremos para nuestro futuro? ¿Qué tipo de aparato productivo querríamos? ¿Cómo lo conseguiríamos? Y creo que este es uno de esos momentos históricos en los que tenemos todo tipo de oportunidades, pero también todo tipo de razones sociales que no se están atendiendo. La urbanización sigue siendo un vertedero. La guerra también. El complejo militar-industrial lo está pasando muy bien en este momento».

La conferencia terminó entre aplausos. La gente se quedó un rato más, comentando en grupos. Afuera, el sol de la tarde caía sobre Ciudad Universitaria y en la cabeza de muchos quedó dando vueltas esa imagen. La ciudad como un gran vertedero de dinero que sobra y una pregunta.

¿Cuántas cosas de las que ves cada día en tu barrio o en tu ciudad son realmente necesarias y cuántas son solo formas de enterrar capital que no sabía dónde más meterse?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Scroll al inicio