junio 18, 2026 3:37 pm
Avanzamos en hacer realidad la dignidad

Avanzamos en hacer realidad la dignidad

POR RICARDO VILLA SÁNCHEZ

Crecí viendo dos Colombias. Parecía que la historia oficial mirara a cada una, desde un solo ojo y no la viera en su integridad y perspectiva. Una donde las oportunidades parecían estar al alcance de la mano y otra donde millones de personas luchaban cada día por salir adelante. Mientras unos podían proyectar su futuro con relativa tranquilidad, otros enfrentaban barreras que limitaban el acceso a la justicia social, a la educación, la salud, el empleo y, en muchos casos, a la esperanza misma.

Durante años se instaló la idea de que esa realidad era inmodificable. Se nos dijo que la pobreza era una condición inevitable, que la desigualdad formaba parte del orden natural de las cosas y que ciertas regiones estaban condenadas al rezago. Alguna vez hasta le escuché a los que tenían el ojo que da al corazón vendado, que se necesitaba que hubiera pobres para que haya ricos. Mi padre también decía que había que derrotar a la pobreza porque en Colombia había riqueza absoluta porque había pobreza absoluta. Crecí asumiendo esta disyuntiva como una promesa de cambio que aún no había sido cumplida.

Esa narrativa terminó convirtiéndose en una forma de resignación colectiva, funcional a estructuras históricas de exclusión que encontraban estabilidad en la concentración de privilegios y oportunidades. Sin embargo, la experiencia demuestra que las sociedades pueden transformarse cuando existe voluntad política, inversión social y una visión de desarrollo centrada en la dignidad de las personas.

La justicia social desde esa perspectiva se parece a una semilla. Cuando un campesino la deposita en la tierra no obtiene resultados inmediatos. Primero crecen las raíces, en medio de un avatar de hongos. Nadie las ve, debajo de la tierra que genera vida. Después aparecen el tallo, las hojas y finalmente los frutos. No hay milagros. No hay magia. Hay trabajo, paciencia y perseverancia. Las transformaciones sociales suelen seguir ese mismo camino.

Las cifras recientes reflejan algunos de esos frutos. Entre 2022 y 2025, cerca de cuatro millones de colombianos salieron de la pobreza monetaria y alrededor de un millón superó la pobreza extrema. Al mismo tiempo, la pobreza multidimensional descendió hasta el 9,9 %, el nivel más bajo registrado desde que comenzó su medición. La desigualdad también disminuyó y la clase media volvió a crecer.

 

Detrás de esos números hay historias concretas. Son familias que mejoraron sus condiciones de vida, jóvenes que encontraron oportunidades de formación, trabajadores con mayores ingresos y comunidades que comenzaron a acceder a servicios que durante años les fueron negados. Aumentaron sus ingresos, su desarrollo humano y la economía no colapsó.

Estos resultados obedecen a decisiones políticas consecuentes. Responden a una estrategia que reconoce que la pobreza tiene múltiples causas y, por tanto, exige respuestas integrales.

En educación, la ampliación de la cobertura y la gratuidad permitió que más de 954.000 estudiantes accedieran a la educación superior sin costo y que cientos de miles de jóvenes ingresaran a universidades e instituciones tecnológicas.

Además, pensando en la calidad de la educación y en construir unidades operativas, donde la gente no tenía oportunidades, más allá, al parecer, de las que creaba, como únicas, en una ficción perversa de la vida, las raíces del conflicto armado. Allí en esos territorios segregados pero bellos, también en salud más de 10.050 equipos básicos de salud, llevaron atención preventiva a su población y contribuyeron a preservar la vida de más de 5.300 niños menores de un año.

En el campo, nuestro mayor espacio público, más de 2,1 millones de hectáreas fueron formalizadas, 764.000 adquiridas para la reforma agraria y 384.000 restituidas. A muchos que, como doña Barbara, corrieron las cercas, con total descaro, los obligaron a devolver las tierras baldías, que habían ocupado.

El Banco Agrario desembolsó más de 44 billones de pesos en crédito productivo. No se trata solamente de tierra. Se trata de arraigo, soberanía alimentaria, identidad, producción y reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos y actor político. Se trata de cerrar las brechas entre el campo y la ciudad y de que nuestra gente vuelva a vivir y a trabajar la tierra, la matria.

A esto se suman avances en vivienda, agua potable, saneamiento básico, conectividad rural, cultura y transición energética. También se consolidó la idea del salario vital. Y contra muchos pronósticos, el desempleo descendió mientras la inflación retrocedió, fortaleciendo el poder adquisitivo de millones de hogares.

A primera vista parecen políticas distintas: educación, salud, tierra, vivienda, trabajo, cultura y energías limpias. Pero todas responden a una misma pregunta: ¿cómo garantizar que cada persona pueda desarrollar plenamente sus capacidades y construir un proyecto de vida digno?

La respuesta tiene un nombre: dignidad humana. Hace más de dos siglos, Immanuel Kant escribió que cada persona debe ser tratada siempre como un fin en sí mismo y nunca como un medio para los intereses de otros. Esa idea sigue siendo revolucionaria. Significa que nadie nació para ser invisible. Nadie nació para ser descartable. Nadie nació para quedarse atrás.

También significa que la democracia no consiste sólo en votar. Consiste en pensar por nosotros mismos, escuchar antes de juzgar, ponernos en los zapatos de los demás y reconocer, con empatía, al otro como sujeto de derechos y actor político.

Por supuesto, Colombia aún enfrenta desafíos profundos. Persisten brechas sociales, desigualdades territoriales y problemas de seguridad que exigen respuestas sostenidas. Pero reconocer lo que falta no debería impedir valorar lo que se ha conseguido y lo que se debe continuar y consolidar.

Cuando una joven accede a la educación superior, cuando un campesino obtiene acceso a la tierra, cuando una familia recupera la confianza en el futuro o cuando una comunidad logra ampliar sus oportunidades, el país avanza. Sobre todo, cuando un bebé en riesgo sobrevive con su derecho a la salud garantizado.

La dignidad humana no es una consigna. Es la medida real del progreso.

Porque cuando se avanza en hacer realidad la dignidad, avanza Colombia. Avanza nuestro país. Avanza nuestra patria. Avanza nuestra nación. Y las mayorías viviremos bien, en nuestro país de la belleza, para todos.

@rvillasanchez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Scroll al inicio