julio 22, 2026 9:03 am
El Estado como arquitecto indispensable del desarrollo y la soberanía

El Estado como arquitecto indispensable del desarrollo y la soberanía

CLACSO /

Dentro del contexto capitalista el denominado ‘desarrollo’ solo es posible si el Estado recupera su rol protagónico en la promoción de áreas vitales respecto de la productividad. Es un aspecto fáctico que la competencia global se libra hoy en los campos de la energía, la tecnología y el conocimiento. La soberanía ya no se mide por el territorio ni por la moneda, sino por la capacidad de un país para dominar los procesos que definen su inserción en el mundo.

En un tiempo en que el mercado se ha vuelto ideología y la globalización neoliberal dogma, pensar la política industrial y la soberanía productiva es, una vez más, un ejercicio no solamente dialéctico sino emancipatorio.

El libro ‘Estado, dependencia e innovación en el siglo XXI’, publicado por CLACSO (Buenos Aires, junio de 2026), se inscribe en una tradición crítica latinoamericana que vuelve a interrogar la relación entre Estado, desarrollo, soberanía y conocimiento.

La obra sostiene una tesis nítida: el desarrollo contemporáneo solo es posible si el Estado recupera su papel como arquitecto del aprendizaje colectivo. Esta afirmación no equivale a una defensa nostálgica del proteccionismo clásico ni a una idealización de la autarquía, sino a una reformulación del problema de la soberanía en un mundo atravesado por cadenas globales de valor, disputas tecnológicas, transición energética y concentración corporativa del conocimiento.

El libro parte de una constatación histórica y política: ningún proceso sostenido de industrialización ha sido resultado espontáneo de los mercados. Desde Inglaterra en el siglo XIX hasta Corea del Sur y China en el siglo XX, la transformación productiva fue siempre un proyecto político, institucional y social. En esa línea, sus autores, los investigadores sociales mexicanos José Romero y Emilio Navarro, desplazan el debate desde la simple apertura comercial hacia la capacidad de los países para aprender, innovar, coordinar capacidades internas y participar en la economía mundial desde una posición de mayor autonomía.

El Estado como constructor de capacidades

Desde una perspectiva politológica, la obra reivindica al Estado no como aparato burocrático omnipotente, sino como instancia estratégica de coordinación. Su función central no consiste simplemente en intervenir, subsidiar o regular, sino en construir capacidades colectivas: orientar sectores productivos, articular ciencia e industria, disciplinar intereses privados, producir legitimidad y definir misiones nacionales de largo plazo. El desarrollo aparece así como una forma de poder organizado.

La tesis politológica más relevante es que la soberanía contemporánea ya no puede entenderse únicamente en términos territoriales, monetarios o jurídicos. En el siglo XXI, un país es soberano en la medida en que domina los procesos tecnológicos, energéticos, financieros e institucionales que definen su inserción internacional. La interdependencia es inevitable; la subordinación, en cambio, es una condición política que puede ser enfrentada mediante instituciones capaces de planificar, aprender y negociar desde una posición de fuerza.

 

Aprendizaje colectivo, élites y dependencia

En el plano sociológico, el libro propone comprender el desarrollo como un proceso de aprendizaje social acumulativo. No basta con atraer inversión extranjera, exportar manufacturas o integrarse a cadenas globales si esas actividades no generan conocimiento endógeno, capacidades empresariales nacionales, redes de proveedores, formación técnica y apropiación tecnológica. La dependencia se vuelve más compleja cuando un país produce bienes sofisticados, pero importa las ideas, patentes, diseños, plataformas y decisiones estratégicas que hacen posible esa producción.

Romero y Navarro también sugieren que la estructura social del desarrollo depende de la relación entre Estado, élites económicas, trabajadores, universidades y comunidades científicas.

Cuando las élites locales se limitan a actuar como intermediarias de capitales globales, la modernización se vuelve dependiente y fragmentaria. En cambio, cuando existe una coalición social capaz de sostener proyectos productivos de largo plazo, el conocimiento deja de ser un recurso disperso y se transforma en una capacidad nacional.

Del desarrollismo a la crisis de la apertura

Históricamente, la obra dialoga con las grandes tradiciones del pensamiento latinoamericano sobre la dependencia, el estructuralismo y el desarrollismo. Retoma la experiencia mexicana y latinoamericana del siglo XX para mostrar que la industrialización sustitutiva produjo avances importantes en crecimiento, urbanización, formación de capacidades estatales y expansión del mercado interno, pero no consolidó plenamente un sistema nacional de innovación. La región construyó fábricas, pero no siempre construyó los mecanismos institucionales para generar tecnología propia.

La crisis de la deuda y las reformas neoliberales de los años ochenta marcaron, en esta interpretación, una ruptura decisiva. La liberalización comercial, la privatización y la apertura financiera prometieron de manera demagógica modernización, productividad e integración virtuosa al mercado mundial.

Sin embargo, cuatro décadas después, la promesa aparece incompleta: la productividad permanece estancada en buena parte de la región, la industria se extranjeriza, la inversión en ciencia y tecnología resulta insuficiente y la inserción global suele reproducir jerarquías de conocimiento.

Manufactura, innovación y soberanía productiva

En términos económicos, el argumento central puede resumirse en una fórmula: sin manufactura no hay aprendizaje, y sin aprendizaje no hay soberanía.

La manufactura no se valora aquí por nostalgia industrialista, sino porque concentra procesos de innovación, encadenamientos productivos, calificación laboral, ingeniería, diseño, logística y mejora continua. El problema no es exportar más, sino determinar qué se aprende al exportar y quién controla las capacidades que permiten producir.

La obra cuestiona la idea de que el PIB sea el indicador suficiente del desarrollo. En su lugar, propone pensar la densidad institucional del conocimiento: la calidad de las universidades, la articulación entre investigación y empresa, la existencia de bancos de desarrollo, la política energética, la infraestructura tecnológica, la capacidad regulatoria y la orientación de la inversión pública y privada.

El desarrollo, en esta perspectiva, no es solo crecimiento económico; es acumulación de capacidades para decidir el propio lugar en la economía mundial.

Aportes principales de la obra

  • Actualiza la teoría de la dependencia al desplazar el énfasis desde la subordinación comercial clásica hacia la dependencia tecnológica, energética y cognitiva.

  • Reivindica la política industrial como instrumento democrático de planificación, no como simple protección arancelaria.

  • Redefine la soberanía como capacidad de dominar procesos estratégicos y no solo como control formal del territorio.

  • Critica la apertura pasiva y propone una integración internacional basada en aprendizaje nacional, innovación y coordinación estatal.

  • Vincula desarrollo y conocimiento al mostrar que la competitividad contemporánea depende de instituciones capaces de producir, absorber y difundir saber técnico y científico.

 

Promoción de la soberanía productiva sin confundirla con aislamiento

Uno de los mayores méritos del libro es que evita dos reduccionismos frecuentes. Por un lado, no cae en la nostalgia de un Estado desarrollista idealizado, ajeno a conflictos, ineficiencias o capturas corporativas. Por otro, tampoco acepta la visión neoliberal según la cual el mercado global asigna automáticamente oportunidades de desarrollo.

Su propuesta se sitúa en una zona más exigente: reconstruir capacidades estatales sin negar la interdependencia, y promover soberanía productiva sin confundirla con aislamiento.

La principal tensión de la obra reside en el desafío institucional de su propia propuesta. Si el Estado debe planificar, coordinar y aprender, entonces la pregunta decisiva es qué tipo de Estado puede hacerlo.

No basta con invocar la intervención pública: se requieren burocracias competentes, sistemas de evaluación, pactos productivos, control democrático, autonomía frente a intereses rentistas y capacidad de corregir errores. La política industrial puede ser emancipadora, pero también puede ser capturada si no existen mecanismos de rendición de cuentas y deliberación social.

Estrategia de emancipación intelectual y productiva

Este aporte editorial constituye una intervención intelectual oportuna en un momento en que la globalización ya no puede ser pensada como destino inevitable ni el mercado como principio suficiente de organización social. La disputa mundial por semiconductores, energía, inteligencia artificial, infraestructura digital y capacidades científicas confirma que las naciones compiten, ante todo, por controlar procesos de aprendizaje.

La obra de José Romero y Emilio Navarro propone, en suma, una estrategia de emancipación intelectual y productiva. Su mensaje central es que la soberanía del siglo XXI no consiste en retirarse del mundo, sino en ingresar a él con capacidades propias.

Pensar la política industrial, la innovación y el Estado como arquitecto del aprendizaje colectivo vuelve a ser, como sugieren los autores, un acto de independencia.

Acceso al libro

 

Para acceder al libro en archivo PDF, ingresar al siguiente enlace:

Estado, dependencia e innovación en el siglo XXI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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