POR ALONSO YUPANQUI DE LA CHIRA /
Desde 2020, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) tiene planes para una guerra psicológica que debe estar en pie de igualdad con las cinco áreas operativas anteriores de la alianza militar (tierra, agua, aire, espacio y ciberespacio). Este es el campo de batalla de la opinión pública. Los documentos de la OTAN hablan de “guerra cognitiva”, guerra mental.
La guerra cognitiva consiste en cambiar las creencias dentro del Ejército de un país, dentro de la población y dentro de una población extranjera.
Una de las transformaciones más sutiles y profundas en la doctrina militar contemporánea es sin duda la guerra cognitiva. Lejos de limitarse a los campos de batalla tradicionales (tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio), la OTAN ha comenzado a institucionalizar el dominio humano como el sexto teatro de operaciones.
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Las investigaciones del Innovation Hub de la OTAN buscan explotar las vulnerabilidades biológicas y psicológicas del cerebro humano. Mediante el uso masivo de tecnologías de la información, algoritmos y entornos virtuales, se pretende modular percepciones a escala masiva.
En el libro ‘Guerra cognitiva. Las últimas técnicas de manipulación de la OTAN como tipo de arma’ (Westend Verlag, Fráncfort del Meno, 2023), su autor, el investigador alemán Jonas Tögel, presenta esta modalidad de guerra como una mutación de la propaganda y de las operaciones psicológicas: el objetivo ya no es únicamente introducir mensajes falsos o favorables, sino intervenir sobre los procesos mediante los cuales las personas perciben, atienden, recuerdan, confían y deciden.
La mente aparece así como territorio, objetivo y, al mismo tiempo, medio de combate. En esta lectura, la digitalización permite actuar de forma continua y personalizada sobre militares, ciudadanos propios y poblaciones extranjeras, borrando las fronteras entre guerra y paz, exterior e interior, combatiente y civil.
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La obra avanza en ocho movimientos: reconstruye la cronología reciente del concepto; lo enlaza con la historia de la propaganda bélica; examina la manipulación digital y cultural; explora futuros desarrollos neurotecnológicos; resume el sistema; lo relaciona con la guerra de Ucrania; y concluye con un inventario de tácticas y posibles defensas.
Su hipótesis más polémica es que la militarización discursiva europea no es espontánea, sino resultado de una preparación prolongada mediante narrativas, miedo, repetición, control de la atención y normalización del rearme.
El “dominio humano” como un nuevo ámbito operacional
La base documental existe, pero exige precisión. Un estudio elaborado por François du Cluzel entre junio y noviembre de 2020, patrocinado por el Allied Command Transformation y difundido por su Innovation Hub, propuso considerar el “dominio humano” como un nuevo ámbito operacional y examinó emociones, atención, economía conductual, cyberpsychology, neurodatos y neurotecnología.
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El propio documento advierte, sin embargo, que sus opiniones no representan una declaración oficial de la OTAN ni de sus Estados miembros. Por tanto, demuestra una agenda de investigación y conceptualización, no la adopción automática de un “sexto dominio” con el mismo estatuto formal que tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio.
Los pasos posteriores sí muestran una institucionalización gradual: simposios y desafíos de innovación; tres talleres de investigación organizados por ACT en 2022; inclusión del concepto como línea de desarrollo dentro de la agenda de transformación bélica; y, en 2023, una hoja de ruta científica de la NATO Science and Technology Organization para mitigar y responder a amenazas cognitivas.
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La documentación pública más reciente de ACT habla de un concepto exploratorio y de “superioridad cognitiva”, resiliencia social, cooperación civil-militar y protección de la toma de decisiones.
El proyecto es, pues, concreto como programa de investigación, doctrina emergente, experimentación y desarrollo de capacidades.
Histeria bélica
Geopolíticamente, Tögel interpreta la guerra cognitiva como la respuesta occidental a una competencia de larga duración en la que la cohesión interna vale tanto como la capacidad de fuego.
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La rivalidad con Rusia y China se libra también por la definición de lo verdadero, lo legítimo y lo inevitable. En ese marco, el apoyo ciudadano a sanciones, ampliaciones de alianzas, presupuestos militares y sacrificios económicos se convierte en recurso estratégico.
La población deja de ser una retaguardia pasiva: su confianza, miedo, paciencia y disposición a aceptar costes integran el balance de poder.
La mayor virtud de esta lectura es revelar que la seguridad contemporánea se decide también en plataformas, medios, universidades, empresas tecnológicas y espacios culturales. Su límite es el riesgo de occidentalocentrismo inverso: al concentrarse en la OTAN, puede subestimar que la influencia cognitiva es una práctica competitiva y transnacional utilizada por Estados, corporaciones, movimientos políticos y redes no estatales.
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Además, se constata una propensión de la alianza militar transatlántica a una “histeria bélica” europea dada la coincidencia entre discursos, intereses y programas de investigación.
Producir efectos sin recurrir a la violencia cinética
En el plano bélico, el libro describe el tránsito desde operaciones psicológicas puntuales hacia campañas permanentes, integradas y multidominio. La finalidad es comprimir el ciclo de decisión propio, desorganizar el del adversario y producir efectos sin recurrir necesariamente a la violencia cinética.
La información funciona como munición; los datos, como inteligencia; los algoritmos, como sistemas de distribución; y la atención, como recurso escaso. La victoria se redefine: no basta ocupar terreno si no se consolida una interpretación duradera del conflicto.
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Esta ampliación doctrinal entraña tres riesgos. Primero, normaliza un continuo de competencia sin umbral claro de guerra, con dificultades para atribuir ataques y exigir responsabilidades. Segundo, mezcla defensa legítima frente a la desinformación con capacidades ofensivas de influencia. Tercero, convierte a civiles y sociedades aliadas en objetos de análisis militar, lo cual exige barreras jurídicas, supervisión parlamentaria, trazabilidad de campañas y una prohibición explícita de manipulación encubierta de audiencias domésticas.
El problema no es solo qué puede hacerse, sino quién autoriza, audita y limita esos efectos.
La importancia de las redes digitales
Sociológicamente, la tesis de Tögel se apoya en una transformación decisiva: la propaganda ya no desciende de un emisor único hacia una masa homogénea. Circula en redes donde los usuarios comentan, recombinan y legitiman mensajes. La influencia se vuelve participativa.
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La segmentación algorítmica crea públicos distintos, expuestos a estímulos diseñados para sus temores, valores o agravios; las cámaras de eco refuerzan identidades; y la repetición social otorga apariencia de consenso.
El resultado potencial es una sociedad más movilizable y, a la vez, más fragmentada. La construcción de amenazas exteriores puede producir cohesión temporal, pero también estigmatizar el disenso, reducir la complejidad a lealtades binarias y degradar la confianza horizontal.
La obra acierta al situar la infraestructura comunicativa —plataformas, métricas de interacción, vigilancia comercial y concentración mediática— como condición social de la manipulación.
“Hackear” el cerebro
El núcleo psicológico del libro es convincente cuando vincula propaganda y limitaciones ordinarias de la cognición. Entre los mecanismos relevantes figuran el sesgo de confirmación, la obediencia a la autoridad, el efecto de arrastre, la aversión a la pérdida, el mantenimiento del statu quo, la disponibilidad de imágenes vívidas, la repetición y el control de la atención.
El miedo estrecha el foco cognitivo y favorece respuestas rápidas; la sobrecarga informativa aumenta la dependencia de atajos; y la personalización digital permite ajustar el estímulo al perfil del receptor.
Hablar de “hackear” el cerebro es una metáfora poderosa, no una descripción literal de control mental fiable. Los efectos psicológicos dependen del contexto, la identidad, la credibilidad de la fuente y la exposición acumulada; son probabilísticos, no mecánicos.
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Pluralismo mediático y alfabetización informacional
Políticamente, la guerra cognitiva problematiza la frontera entre comunicación pública, persuasión estratégica y propaganda. Un gobierno democrático puede informar sobre amenazas y promover resiliencia; deja de hacerlo cuando oculta al emisor, fabrica consenso, explota vulnerabilidades personales o trata toda discrepancia como interferencia enemiga.
Si la defensa de la democracia adopta técnicas incompatibles con autonomía, pluralismo y deliberación, corre el riesgo de vaciar el objeto que pretende proteger.
La obra resulta especialmente pertinente para examinar la justificación de presupuestos militares récord y políticas de alineamiento. La respuesta democrática apropiada combina transparencia institucional, control judicial y parlamentario, protección de datos, auditoría de algoritmos, pluralismo mediático, investigación independiente y alfabetización informacional.
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Preservar contextos históricos y voces plurales
La dimensión cultural muestra que el poder no opera solo corrigiendo opiniones, sino configurando los marcos desde los cuales algo parece sensato. Metáforas como “fortaleza”, “escudo”, “agresor”, “valores” o “mundo basado en reglas” ordenan afectos y distribuyen legitimidad. Series, videojuegos, rituales conmemorativos, periodismo, entretenimiento y lenguaje burocrático pueden volver familiar una determinada visión de la guerra, del enemigo y del sacrificio.
Tögel señala una paradoja europea: la memoria del desastre bélico puede sostener el pacifismo, pero también utilizarse para legitimar nuevas intervenciones bajo la fórmula de impedir “otro” totalitarismo.
La cultura es, por ello, un archivo de analogías en disputa. El antídoto no consiste en sustituir una narrativa total por otra, sino en preservar contextos históricos, voces plurales, humor crítico, arte independiente y espacios donde la ambivalencia no se castigue como deslealtad.
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La tecnología digital no es un canal neutral
El libro de Tögel ofrece una genealogía accesible de la propaganda moderna; conecta psicología, tecnología, cultura y estrategia; lee críticamente documentos militares abiertos; y plantea una pregunta democrática ineludible: ¿puede una población deliberar libremente cuando su entorno informativo está diseñado para captar atención, predecir conducta y modular emociones? Su catálogo final favorece la alfabetización frente a tácticas de influencia.
El autor acierta al mostrar que la tecnología digital no es un canal neutral y que la cognición humana ha entrado explícitamente en la reflexión estratégica militar. Los materiales públicos confirman investigación, talleres, hojas de ruta y un concepto exploratorio orientado a la ventaja y la resiliencia cognitivas.
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La relevancia del libro reside precisamente en la zona gris que ilumina: cuando la defensa geoestratégica se mezcla con la gestión de percepciones internas, la seguridad puede transformarse en tutela.
Su lectura es valiosa si conduce no a la sospecha indiscriminada, sino a exigir evidencia, transparencia, proporcionalidad y control democrático. La mejor defensa frente a la guerra cognitiva no es una contrapropaganda más eficaz, sino una ciudadanía capaz de contrastar fuentes, tolerar la complejidad y preservar su autonomía de juicio.
Acceso al libro
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Para acceder al libro en archivo PDF, ingresar al siguiente enlace:
Guerra cognitiva. Las últimas técnicas de manipulación de la OTAN como tipo de arma



